Ahora bien, justo después del mes de mayo de 1968, el general Charles de Gaulle, fundador y presidente de la V república, quien encarnaba el poder, tomó la decisión de disolver la Asamblea Nacional con el fin de provocar nuevas elecciones que le permitiesen obtener una mayoría superior a la que poseía antes de los acontecimientos. Así pues, si se habla debidamente, no hubo revolución.

El escritor André Malraux, fiel gaullista, entonces ministro de la cultura, veía otra prueba, según él, para rechazar la palabra revolución: no hubo muertos en mayo del ’68, por tanto no hubo revolución. El autor de La condición humana, naturalmente inclinado a la solemnidad, contemplaba la Historia como una tragedia sangrienta que arrastraba el destino de las sociedades.

Revolución y poder

¿Mayo del ’68 inventó un objeto no identificado, una especie de ovni político, es decir: una revolución sin revolución? Esto sería un verdadero evento histórico inédito, pero es quizás también la cuestión que plantea las interrogantes más radicales. Este movimiento insurreccional, imprevisible e inesperado, sorprendió tanto a los observadores de la época como a los responsables políticos, lo mismo De Gaulle que Mitterrand, quienes no comprendieron de entrada el sentido de lo que sucedía y se perdieron en el análisis de comportamientos improvisados y contradictorios.

¿Querían tomar el poder los estudiantes insurrectos? No. Ellos afirmaban lo contrario. El poder no les interesaba. En sus manifestaciones, seguían con atención itinerarios que los desviasen tanto del Palacio del Eliseo como del edificio de la Asamblea Nacional, lugares representativos del poder que parecían haber olvidado o al menos preferían ignorar. Entonces, ¿qué deseaban? ¿Qué podía significar una revolución sin toma del poder? –pregunta que, dicho entre paréntesis, hice a José Revueltas durante el movimiento estudiantil de 1968 en México. Era ahí, precisamente, donde residía la novedad del movimiento de mayo en Francia.

Un pensamiento naciente se formaba y se abría camino esparciéndose por todos lados durante esa primavera del ’68. Los insurgentes, más allá de todas sus diferencias, compartían una opinión común: si, en parte, todo poder es amenazador, por otra parte se ve amenazado por su propio abuso: abuso del poder como avatar final e ineluctable. Sin duda, no hay poder legítimo. “Ni Dios, ni amo”.

Entre los manifestantes, la ideología libertaria y anarquista choca de manera frontal tanto con la antigua teoría marxista, como con las prácticas revolucionarias de la toma del poder leninista. Los muros de la Sorbona, ocupada por los estudiantes insurrectos, se encuentran por completo cubiertos con los retratos de figuras reconocidas y célebres; el póster del Che Guevara se vuelve poco a poco un icono. Al mismo tiempo, la impugnación de todas las formas de poder, e incluso las formas de poderes que se reivindican emanadas de la revolución, eran sometidas a la crítica más radical. Los manifestantes se sublevaban contra toda forma de culto, incluso revolucionario. “Todo poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”: el pensamiento de Lord Acton, conocido por haberse opuesto a la infalibilidad pontifical, realizó un sorprendente retorno al reaparecer en el espíritu de los herederos más inesperados: los estudiantes insurrectos.

Así, los más resueltos adversarios del movimiento de mayo no fueron solamente los ministros del poder gaullista, sino también los dirigentes del Partido Comunista Francés, acostumbrados a la disciplina de un partido que aún no había renunciado al programa de la dictadura del proletariado. Georges Marchais, secretario general del Partido Comunista, no encontró palabras demasiado duras para denunciar a quienes designaba como “aventuristas”: esos estudiantes que hacían correr el riesgo de arrastrar a la clase obrera a acciones que iban contra sus intereses de clase. Los sindicatos afiliados a este partido político temían una alianza entre los estudiantes rebeldes y la clase obrera.

Caída (y levantamiento) de las divisiones

Empero, no era cuestión de salirse del concepto de la lucha de clases, motor absoluto de todas las luchas llevadas a cabo por los proletarios y sus dirigentes. Es ahí donde se produce el acontecimiento más imprevisible e inesperado cuando, en pleno mes de mayo, después de algunos días de motines, ocho millones de obreros entraron en huelga por solidaridad con los estudiantes que habían osado levantar barricadas y lanzar adoquines en el Barrio Latino. La represión siguió de inmediato: gases lacrimógenos, matracas, detenciones, procesos judiciales. La clase obrera, sin olvidar sus propias reivindicaciones, se solidarizó con los pequeñoburgueses aventuristas denunciados por los dirigentes del Partido Comunista. Este fenómeno cambiaba toda la configuración de las relaciones de fuerza y daba una dimensión gigantesca al movimiento.

A pesar de la separación de clases sociales, un momento de unidad de todo el pueblo triunfó sobre las divisiones. No obstante, éstas no iban a desaparecer: la magia del aceleramiento de la Historia no siempre produce milagros. Bastaría, por ejemplo, detenerse un instante en el precipicio abismal que separaba a quienes tenían la reputación de ser intelectuales y quienes se autoproclamaron los “katangais”, un grupo más bien violento y orgullosamente analfabeto, para ver que las diferencias de origen y cultura no se borran de golpe. Los ingenuos katangais se habían instalado en la Sorbona. Los estudiantes los expulsaron. La igualdad y la fraternidad pueden inscribirse más fácilmente en lo alto de las fachadas de los monumentos republicanos que en la realidad de la vida diaria.

El cineasta Pier Paolo Pasolini compartió este punto de vista cuando dijo: “Hay más hijos de obreros entre los policías que entre los estudiantes pequeñoburgueses”.

El principio general que se impuso, más allá de las reivindicaciones particulares, fue la puesta en cuestión de cualquier forma de poder o de autoridad. En la Universidad, el curso magistral fue considerado un abuso autoritario de poder, y a veces con la insolente ironía de los jóvenes que escribían, en los muros de la Sor-bona, leyendas como: “¡Profesores, ustedes nos hacen envejecer!” Este movimiento de impugnación de la autoridad de los profesores podía conducir hasta el resquebrajamiento de toda posibilidad de enseñanza. Los maestros se veían tildados con motes del tipo “sujetos supuestos saber”, lo cual generaba una sos-pecha sobre cualquier forma del conocimiento.

El muy antiguo debate entre las corrientes opuestas del pensamiento sobre los mejores principios de educación y formación por el trabajo y los estudios, Montaigne-Rabelais (cabeza bien hecha, más bien que cabeza bien llena) y Rousseau-Voltaire (el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe), encontraron una nueva ilustración que inquietaba a los partidarios más preocupados por las transmisión del saber que por las utopías libertarias de la tabla rasa.

De espíritu surrealista

Si el escritor surrealista André Breton había muerto en 1966, poco antes de los acontecimientos de mayo del ’68 que no pudo conocer, había sin embargo numerosos acentos surrealistas en el oleaje agitado de esta primavera. Como hubo también numerosas consignas venidas del grupo de los situacionistas. Esto enlazaba el movimiento con la más antigua tradición literaria francesa: el espíritu de rebelión, de subversión, la sospecha suscitada por cualquier autoridad.

En 1968, Charles de Gaulle representaba una encarnación, incluso física, de la autoridad. Figura paternal y patriarcal, los múltiples afiches impresos por los estudiantes y los artistas de la Escuela de Bellas Artes caricaturizaban con ingenio, originalidad y talento esta figura tan representativa del orden establecido. Imagen del padre, del jefe de familia, era el blanco ideal para los disparos de los estudiantes. Esta revolución que no era revolución, logró quizás algo más perturbador que la conquista del poder: sometió a un terremoto devastador las reglas del poder, sus principios y el sentido mismo de este concepto oscuro.

Sólo la imaginación debía estar en el poder; igual da decir que el poder no debía ser de este mundo.

(Tomado de: La Jornada)

Por c0rc3ll

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