2018: el dedazo manda en el PRI, Morena y el Frente

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CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El desprecio de los políticos por la democracia se patenta hoy, en estos días que preceden a las definiciones de la sucesión presidencial: vuelta al “tapadismo”; una plataforma unipersonal; cooptación de militancia y aprovechamiento de cargos para la indebida construcción de respaldo.

La intromisión del presidente Enrique Peña Nieto en el período preelectoral –con el antecedente de lo ocurrido en el Estado de México— deja claro que en el PRI pueden seguir olvidándose de la democracia interna y los ciudadanos de condiciones equitativas de contienda.

Inició en agosto con el slogan “lo bueno cuenta y queremos que siga contando”, sutileza publicitaria que el 2 de septiembre, durante el carrusel de entrevistas que suele realizarse en torno a los informes de gobierno, se amplió en entrevista con Ciro Gómez Leyva, donde Peña dijo que no cree en Andrés Manuel López Obrador y lo equiparó con Nicolás Maduro, identificándolo con los vocablos riesgo y retroceso.

El autoritarismo como religión: el 16 de octubre Peña Nieto defendió la “liturgia” sucesoria, abiertamente admitió que tiene voz en la designación y que siempre, en ese partido, ha funcionado así.

Dos días antes de esa declaración, el 14 de octubre, se cumplieron 30 años desde que la demanda de democracia interna, el repudio al “dedazo” y al “tapadismo” devino en la primera gran escisión del PRI como partido de Estado, con la postulación de Cuauhtémoc Cárdenas y el origen de la primera oposición en décadas que pudo ganar las presidenciales de 1988. El “dedazo” desde entonces hizo crisis, pero el derecho sucesorio en el canon priista se reivindica y en las próximas dos semanas se actualizará en la reedición del “destape”.

Pero la resistencia a la democracia no es exclusiva del PRI, dado que sus dos principales opositores para 2018 ya están evidenciados en prácticas internas viciosas.

Morena no es partido, es una plataforma de campaña para López Obrador, que este fin de semana criticó la democracia interna del PRI y del Frente Ciudadano por México, anunciando que, para evitar imposiciones, realizaría encuestas. Como si alguien le disputara la tercera postulación, la declaración es cínica y el encuestismo con pretensiones demócratas desconfiable, por el desaseo con que se manejó la imposición, prácticamente irremisible, de Claudia Sheinbuam como candidata a la jefatura del gobierno capitalino, en franco atropello a la aspiración de Ricardo Monreal quien paradójicamente abandonó el PRI en 1998 acusando falta de democracia interna.

Finalmente queda el llamado Frente Ciudadano por México, la coalición del PAN-PRD-MC, cuya sola conformación provocó sangría: en el PAN, de Margarita Zavala y cierto sector calderonista, sin menoscabo de rupturas locales que se acomodan en Morena –opción a la que también se fueron cuadros perredistas importantes–, inconformes por la construcción de la candidatura de Ricardo Anaya desde la dirigencia, cuyo papel se supondría arbitral.

El exgobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, y el jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera –cuya aspiración se construyó también ilegítima, al amparo de sus respectivos cargos públicos– no se han resignado y acusan la antidemocracia, reeditando la antigua mensajería sólo para iniciados que el viernes se patentó en la fotografía de ambos con Zavala.

En síntesis, no hay partido político o coalición que vaya a presentar candidato presidencial seleccionado mediante procedimientos democráticos y, por lo tanto, queda en entredicho su legitimidad, un asunto que desde hace al menos tres décadas resulta en perniciosas consecuencias para el sistema de partidos, los resultados electorales y el desarrollo político de la sociedad.

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