El Tlatoani y su pepenado

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CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como en la época del imperio azteca, Enrique Peña Nieto ha pepenado a quien decidió imponer como su sucesor (el verbo pepenar proviene del vocablo náhuatl tlapepenaliztli, que significa escoger).

En la tradición inmutable del priismo, el destape de José Antonio Meade evoca el proceso de selección de los tlatoanis mexicas descrito por Fray Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino, glosado por Miguel León Portilla: “Con el nombre de varios candidatos en los labios, y posiblemente con el de uno solo en el pensamiento, comenzaba a entrevistarse con el señor de Tacuba, y con el más importante de Tetzcoco… Sondeaba opiniones.

Veía después al jefe de los pochtecas o mercaderes, hombre de gran poder económico y consiguientemente de gran fuerza política. Tal vez éste pedía sólo que el futuro tlatoani diera facilidades al libre ejercicio y desarrollo del comercio y de las industrias o artesanías o, como diríamos ahora, a la iniciativa privada” (Vuelta, 130, septiembre de 1987). Después de las consultas, “se hacía una la palabra”. Todos aceptaban la selección hecha por el tlatoani, de quien habría de sucederlo como “gobernante supremo”. Así fueron elegidos Moctecuhzoma Ilhuicamina y Axayácatl.

Así también, el seleccionado del presidente logró la aprobación unánime del corporativismo priista, lo cual, por si hiciera falta, confirma el carácter predemocrático de ese partido. El ritual del destape hace indistinguible al PRI de Carlos Salinas de Gortari del de Peña Nieto. Y si recordamos el trágico final de Luis Donaldo Colosio, más le vale al virtual candidato tricolor no criticar a quien lo escogió para sucederlo, ni mucho menos ofrecer acabar con la impunidad que protege la corrupción del clan peñanietista.

Ipso facto, Meade se ha convertido en cómplice de su pepenador. Su condición de destapado lo obliga a ser tapadera o encubridor de los delitos ocultos cometidos por su elector, así como secuaz de la podredumbre del PRI.

“Háganme suyo”, rogó el recién destapado a los líderes de la CTM, CNC y CNOP, quienes de inmediato acogieron a un simpatizante externo de su partido como representante para la elección presidencial de 2018. El hecho sin precedente en la historia del antaño partido hegemónico no sólo se explica por la disciplina partidaria sino, sobre todo, por las condiciones explícitas e implícitas que el abanderado tricolor estará obligado a acatar. La exigencia es clara e inamovible: “Hazte como nosotros”.

A juzgar por sus declaraciones recientes, Meade se muestra más que dispuesto a fundirse con el legado autoritario del PRI, aunque niegue que vaya afiliarse a ese partido. Ya se ha erigido en su defensor: “El país le debe mucho al PRI”. En su opinión, todas las instituciones y los “paquetes económicos” son creación priista. Olvida mencionar, claro, las crisis y devaluaciones sucesivas, el Fobaproa, la “Estafa maestra” o los casos de corrupción de OHL, Odebrecht o el Grupo Higa.

El hecho de haber pertenecido a los gabinetes del panista Felipe Calderón y del priista Peña Nieto revela que Meade, además de su pragmatismo, tiene la capacidad de guardar secretos y de mostrar lealtad a dos mandatarios de distintos partidos, quienes a su vez establecieron una alianza secreta para favorecerse mutuamente en el ámbito electoral, así como para protegerse mediante un pacto de opacidad e impunidad (Peña-Calderón, historia de un amasiato, Proceso 7/V/16).

A la par de la cargada política y mediática en favor de Meade, han salido a la luz investigaciones periodísticas que muestran el lado oscuro del aspirante presidencial tricolor. Entre otras cosas, se le vincula con el Fobaproa cuando fue secretario ejecutivo del Instituto para la Protección del Ahorro Bancario (IPAB) –institución concebida por su padre, Dionisio Meade, para legalizar el “rescate bancario” del Fobaproa– y de haber guardado los secretos del expresidente Ernesto Zedillo respecto a lo que se ha llamado “El fraude más grande de las últimas décadas”, por haber convertido la deuda bancaria en deuda pública: decisión a raíz de la cual los contribuyentes seguimos pagando, del 2000 a la fecha, entre 700 y 800 mil millones de pesos anuales (Meade: El guardián de los secretos, Proceso 10/IX/16, actualizado por Jesusa Cervantes en ProcesoTV).

¿Cuáles fueron las razones del Tlatoani para inclinarse por su exsecretario de Hacienda, en lugar de otras opciones de colaboradores más cercanos a él o mejor posicionados en las encuestas?  Además de su sólida formación académica y su experiencia al frente de cinco secretarías, Meade es quien menos aspectos negativos tenía ante la opinión pública, además de gozar de fama de funcionario honesto, sin filiación partidaria, lo cual podría darle a su candidatura una imagen “ciudadana” capaz de atraer a votantes panistas, perredistas o independientes decepcionados con el Frente Ciudadano por México, para situarse en segundo lugar en las encuestas y así poder enfrentar al candidato de Morena.

Será difícil que el candidato del PRI, cuyo carisma y popularidad son escasos, pueda sobreponerse al repudio de 65% de los ciudadanos hacia ese partido (Buendía y Laredo, nov. 2017) y al rechazo de 71% a la gestión del presidente (Mitofsky, nov. 2017), sobre todo si pretende defenderlos.

Durante sus reuniones con empresarios y representantes de otros sectores, previas al destape, Peña Nieto se ufanaba: “Si hay algo que sí sé hacer es ganar elecciones”. Hay que creerle, porque así ganó en 2012 y este año en el Estado de México. Su arrogancia muestra la determinación de hacer triunfar a su candidato a la presidencia a como dé lugar, echando mano de las trampas y delitos electorales que ha practicado con cinismo e impunidad: Exceder los gastos de campaña, compra del voto, intimidar y erosionar a las instituciones comiciales y de justicia vinculadas con los delitos electorales y de combate a la corrupción, compra ilegal de espacios en medios de comunicación, así como de voluntades periodísticas, entre muchos otros atracos.

¡Calmad vuestros ímpetus, Tlatoani!

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