“Algo en Fuenteovejuna” o lo que no se quiere mirar

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CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Una versión libre de Fuenteovejuna de Lope de Vega, o más bien una inspiración para plantear la problemática de un pueblo asolado por las bandas de narcotraficantes y el crimen organizado, es lo que se presenta ahora en el Teatro Sor Juana Inés de la Cruz de la UNAM. Algo de Fuenteovejuna, versión y dirección de Fernando Bonilla, coloca en nuestras narices lo que día a día está sucediendo en nuestro país, arrasado por estos poderes. Unos sustituyen a otros, y cada vez que llega alguno, mata, roba y viola, para demostrar su autoridad.

Algo de Fuenteovejuna es una interpretación contemporánea de una situación del siglo XVII, con una perspectiva crítica y atrevida, que no escatima en burlarse de los poderes institucionales y utilizar el humor negro en pasajes violentos. Aquí, el comendador es el gañán que con su gente hace “lo que se les da la gana” sin que el gobierno ponga un freno, ordene una investigación o solucione el problema.

Algo de Fuenteovejuna realza y muestra cómo es que surgen las autodefensas y las policías comunitarias frente a una situación desesperada. Recrea, ficcionando los hechos, lo que sucedió en Michoacán en el 2014 –vigente en muchas otras ciudades y pueblos–, y pone como protagonista a un personaje inspirado en el doctor José Manuel Mireles. Lo interpreta de maravilla Héctor Bonilla, sin querer hacer una copia. Está ahí Mireles, con personalidades diferentes, pero en pie de lucha.

Desde lo personal, alza su voz para convertirse en la voz de su comunidad. El actor lo interpreta con justeza; es sereno y altivo a la vez, débil por el dolor y violento ante la injusticia. Su contraparte, el comendador encarnado por Carlos Corona, llena el escenario con su fuerza actoral; no hay excesos interpretativos, sólo la intención de un hombre prepotente pero que sólo exhibe lo necesario, que intenta conmover a su contrincante, pero que los espectadores no lo perdonan ni tantito.

Este duelo actoral se ve acompañado por un equipo sólido de actores, aunque desigual, que hacen un sin fin de personajes y logran darle a cada uno un carácter y un lugar en la trama sin confundir al espectador. El director crea hábilmente la sinergia para que el movimiento se dé fluidamente, y que salgan, entren, colapsen y mantengan la quietud necesaria para la escena.

La propuesta dramatúrgica de Fernando Bonilla contrapuntea la historia del pueblo con lo que sucede en las altas esferas del poder, poniéndolos también en las alturas del teatro, con máscaras muy bien ideadas por Giselle Gutiérrez y Tajiana Jandova. Aunque las escenas resultan ser demasiado largas, aflojando la tensión dramática que a lo largo de la obra está bien lograda, el tono festivo y burlón refresca la historia.

La escenografía e iluminación de Tensing Ortega es funcional y ambienta el espacio. El frente de un carro destartalado cuyos faros iluminan, subrayan y acosan; y el centro como lugar con múltiples significados. Uno se lamenta de la oscuridad intencional del arranque de la obra, esa noche en donde la tragedia inicia y se congratula del ir y venir de los personajes que, cuando menos lo espera uno, ya están en otro lugar y en otra situación.

Con esta dramaturgia bien estructurada, pero dispar en el uso del verso y la prosa insertados campechanamente, Algo de Fuenteovejuna no deja de dolernos. Difícil asimilar y aceptar lo que presenciamos. Un teatro que muestra lo que no se quiere mirar, subraya lo que requiere una pronta solución sin que lleve a más violencia, que no reprima la legítima autodefensa de las comunidades, y que sea en beneficio de los habitantes de los pueblos y no de las autoridades y los grupos de poder, como viene sucediendo.

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