El día en que terminó la ‘beatlemanía’

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El 29 de agosto de 1966, cuatro músicos ingleses se subieron a un escenario en el Candlestick Park de San Francisco, y actuaron durante media hora para unas 25.000 personas. Al terminar nadie sabía, tal vez ni siquiera ellos mismos, que nunca más ofrecerían un concierto de paga en vivo, al menos bajo el nombre que los inmortalizaría: The Beatles.

Tras la decisión de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr de alejarse de los escenarios había razones de índole musical y personal. Sí, la creciente complejidad de las canciones de The Beatles impedía que muchas de ellas se pudieran tocar en vivo al no poder replicarse el sonido logrado en el disco (el álbum ‘Revólver’, de 1966, es un buen ejemplo de ello), pero también los impulsaba el hastío de una fama que había llegado a ser insoportable, una notoriedad imprevista y desbordada que transformaba todo lo que decían o hacían en un circo mediático que no podían controlar. Y el concierto en el Candlestick Park no estuvo ajeno a ello, con un escenario que más bien parecía una jaula y en el que tocaron mientras la policía se dedicaba a atrapar a los fanáticos que buscaban acercarse a sus ídolos a cualquier precio. Si alguna duda les quedaba, aquella era otra muestra de que ser un Beatle significaba algo más que componer y tocar buena música: se le veía como dioses y se esperaba de ellos hasta milagros de sanación, que les devolvieran la vista a los ciegos e hicieran caminar a los tullidos.

En ese ambiente enrarecido, el detonante para decidir poner fin a las giras de conciertos fue una declaración de Lennon: “Nosotros ahora somos más populares que Jesús, no sé qué se irá primero, si el rock and roll o el cristianismo”, que si bien había pasado desapercibida en Inglaterra cuando la periodista Maureen Cleave lo entrevistó en marzo de 1966 para el London Evening Standard, en Estados Unidos desató un rechazo de proporciones inimaginables, que incluyó la quema de discos y amenazas de muerte de los supremacistas blancos del Ku Klux Klan, al ser publicada en Datebook, una revista dirigida al público juvenil. Ese rechazo explica por qué tan solo 25.000 personas, de las 42.000 que cabían en el Candlestick Park, hubiesen asistido al último concierto de The Beatles, del que Tony Barrow, agente de prensa del grupo, hizo un registro fonográfico pero del que apenas hay imágenes filmadas.

Para Marco Feliciano, un pastor evangélico brasileño, esto explica, además, el asesinato de Lennon a manos de un loco armado con un revólver el 8 de diciembre de 1980. “John Lennon murió por haber enfrentado a Dios cuando afirmó que The Beatles eran más famosos que Jesucristo”, expresó en un vídeo grabado en el año 2005. “La Biblia dice que nadie que ofende a Dios, permanece impune”. Twists and shouts El 13 de octubre de 1963, una muchedumbre de casi 1.000 fanáticos de The Beatles se congregó en las afueras del teatro Palladium, en Londres. Querían ver a sus ídolos cuando terminaran de actuar en el ‘Sunday Night at the London Palladium’, un programa de televisión que ese día los tuvo como invitados junto a otras figuras.

Aparentemente a nadie le importó que el tráfico se hubiese detenido en la calle Argyll pese a los esfuerzos de un centenar de policías por evitarlo. Sin embargo, esa muestra de exaltación no pasaría inadvertida y merecería un espacio en un noticiario televisivo dominical y titulares en los periódicos del lunes en los que se intentaba definir con un nombre hasta entonces inexistente la histeria colectiva que provocaba el grupo en cada una de sus presentaciones y que los acompañaría durante otros tres años: ‘beatlemanía’.

Pero no fue solo la ‘beatlemanía’ lo que llegó a su fin el 29 de agosto de 1966 en el Candlestick Park. Otro fenómeno generado por The Beatles comenzó a declinar tras aquella fecha.

Si el éxito del cuarteto de Liverpool en los Estados Unidos de América a partir de 1964 le abrió las puertas a otros grupos ingleses, en lo que se conoce como ‘la invasión británica’, el cese de sus giras obró el efecto contrario: la consolidación de bandas estadounidenses en tierra propia con propuestas musicales ajenas al estilo impuesto por los conjuntos anglosajones ante la ausencia de Elvis Presley (en el Ejército) y de Chuck Berry (en prisión), la reconquista de la primacía como ombligo musical del mundo que ostentaban desde los días en que Elvis era el indiscutible rey del rock, escoltado por Berry, Little Richard y Jerry Lee Lewis. Tras ello sobrevino la psicodelia y los reclamos de ‘amor y paz’ del movimiento ‘hippie’ que The Beatles habrían de retomar en muchas de sus canciones a partir de 1967.

El fin de las giras, la reclusión de The Beatles en los estudios, tuvo asimismo una secuela inesperada. El 12 de octubre de 1969, una llamada anónima a una emisora radial de Michigan alertó sobre un hecho que el mundo debía conocer: la muerte de Paul McCartney el 9 de noviembre de 1966 en un accidente automovilístico y su reemplazo por un doble llamado William Campbell, a quien aparentemente se le presenta como tal bajo el nombre de ‘Billy (diminutivo de William) Shears’ en un verso de la primera canción del álbum de 1967 ‘Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band’: “so let me introduce to you, the one and only Billy Shears” (así que déjame presentarle, al único y auténtico Billy Shears).

El rumor cayó en tierra fértil. Nuevamente el interés por The Beatles se asentó por razones extramusicales y el encontrar evidencias del complot se convirtió en el sucedáneo de la ‘beatlemanía’. No tardaron en florecer las pruebas que lo sustentaban, las cuales podían encontrarse en temas del grupo como ‘Revolution # 9’, que reproducido normalmente dejaba oír a Lennon con su letanía de ‘number nine’, pero en sentido contrario permitía escuchar la frase ‘Turn me on, dead man’ (préndeme, hombre muerto), o en los mensajes presuntamente encriptados por los Beatles ‘sobrevivientes’ en la famosa portada del ‘Abbey Road’ (1969) que los devotos de la conspiración consideran la imagen de un cortejo fúnebre: Lennon, vestido de blanco, es el sacerdote; Ringo, de negro, el empresario de pompas fúnebres; McCartney, descalzo y a marcha cambiada, el muerto; y Harrison, de mezclilla, el enterrador.

Incluso en fecha tan relativamente reciente como el 2010, a cuarenta años de la desintegración del cuarteto de Liverpool, presuntas pruebas forenses de la suplantación intentaron confirmar a partir de fotos que el Paul McCartney de 1967 tenía un rostro diferente al del que apenas un año antes había cantado en un estadio de béisbol de San Francisco en medio de los gritos estridentes de miles de fanáticos, los mismos que solo muchos años después supieron que ese lunes de 1966, tras media hora de un concierto iniciado con ‘Rock and roll music’ —un viejo éxito de Chuck Berry que The Beatles había hecho suyo desde los días de vértigo de Hamburgo— y concluido luego de repasar una lista de once canciones con los acordes postreros de ‘Long Tall Sally’, terminaba también la ‘beatlemanía’.

Tomado de Sputnik

 

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