BRUSELAS (apro).- Resulta paradójico: mientras en un importante segmento de la población europea progresa el repudio a la llegada de inmigrantes pobres, principalmente musulmanes –lo que ha llevado a los partidos de extrema derecha a escalar posiciones y en algunos casos alcanzar el gobierno–, los expertos alertan sobre el advenimiento de una “catástrofe” socio-económica derivada del llamado “suicidio demográfico de Europa”.

El miedo a los inmigrantes externos a la Unión Europea (UE) está carcomiendo el tejido social y político de las democracias europeas.

En Francia, el partido extremista de Marinne Le Pen, el Frente Nacional –cuyo nuevo nombre sería Agrupación Nacional–, pasó a la segunda vuelta de las presidenciales y, aunque la perdió en mayo de 2017 y entró en una crisis interna, se mantiene amenazante al acecho de nuevos cotos de poder.

En Alemania, el rechazo a la migración permitió a la extrema derecha de Alternativa por Alemania alcanzar el tercer lugar en las elecciones de septiembre último y por primera vez ganar representación en el parlamento federal. Los poderosos socios de Angela Merkel, la Unión Social Cristiana de Baviera, estuvieron entre quienes más se opusieron a su política migratoria de puertas abiertas.

En Reino Unido, el miedo a la migración jugó definitivamente a favor del triunfo del Brexit, el referéndum por la salida de la UE, en junio de 2016.

En las elecciones de Holanda, en marzo de 2017, el partido del controvertido islamófobo Geert Wilders quedó en segundo lugar, aunque durante mucho tiempo ocupó la delantera en los sondeos.

En octubre pasado, la ultraderecha austriaca del Partido de la Libertad formó un gobierno de coalición con los conservadores, que impuso una línea dura contra los refugiados.

En Hungría, el autoritario primer ministro Viktor Orbán acaba de ganar su reelección con un discurso xenófobo y populista, en tanto que en Italia gobernarán dos partidos radicales de derecha, la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas, cuya prioridad, ya advirtieron, será controlar el flujo migratorio.

Y parece una broma, pero en Bélgica el ministerio dedicado a la migración y el asilo cayó desde 2014 en manos del xenófobo Theo Francken, un político miembro de un partido separatista, la Nueva Alianza Flamenca, que apenas entró en funciones endureció las políticas de acogida de extranjeros.

Reflejo de su política intransigente es el escandaloso caso de la pequeña Mawda, una inmigrante kurda de dos años de edad que hace apenas unos días recibió en la cara el disparo de un policía durante la persecución –en una carretera al sur del país– de la camioneta donde la niña viajaba con sus padres y su hermano y otros 30 inmigrantes sin papeles.

La policía trató de ocultar primero la información que la incriminaba en los hechos, y los padres de la víctima, quienes no dejaron acompañar a su hija después de lo sucedido, recibieron posteriormente de las autoridades belgas una orden para dejar el territorio, lo que ha atizado enormemente la indignación de la opinión pública, que exige que sean regularizados.

La extrema derecha campea por toda Europa ampliando su deplorable aportación de historias de abusos, vejaciones y tratos denigrantes contra los inmigrantes y refugiados que huyen de la pobreza y la violencia.

Pero esa aversión y desprecio contra ellos resulta por lo menos irracional frente a la cruda realidad: Europa pierde población a un ritmo fugaz, y son los inmigrantes quienes están salvando al relevo generacional y aportando la fuerza laboral que mantendrá en pie el sistema de protección social y las jubilaciones.

La xenofobia europea la encamina a su propio “suicidio demográfico”.

Las estadísticas no engañan. El pasado 15 de mayo el Instituto de Política Familiar presentó en el Parlamento Europeo su reporte ‘Evolución de la Familia en Europa 2018’, sustentado en estadísticas de Eurostat.

Más allá de que el reporte culpa del declive demográfico europeo al abandono de la familia tradicional y de los valores católicos de la sociedad, los datos que aporta en la primera parte de su reporte esa organización ultraconservadora –dedicada a “la promoción y defensa de la institución familiar ante la opinión pública y los poderes públicos”– son sumamente alarmantes como se vean.

Actualmente, la población total de los 28 países que componen la UE es de 511.8 millones de habitantes.

En los últimos 43 años la población europea ha crecido en 60 millones. La principal causa de tal crecimiento: la migración, señala el reporte.

En las últimas dos décadas el crecimiento fue de 28.6 millones, pero 82% de esa cifra (23.5 millones) corresponde principalmente a tres países: Francia, Reino Unido y España, con 8.9, 7.5 y 7 millones, respectivamente.

En ese mismo periodo, los países que más población han perdido son: Estonia (90 mil), Croacia (378 mil), Letonia (494 mil), Hungría (503 mil), Polonia (666 mil), Lituania (740 mil), Bulgaria (un millón 239 mil) y Rumania (dos millones 943 mil).

Ahora bien, en 2016 hubo una inmigración neta de un millón 200 mil personas.

Ese y el año anterior, todo el crecimiento demográfico se debió a la migración, ya que el cambio natural de población fue negativo (de menos 15 mil 854 personas).

Como comparación, en 1980 el cambio natural de población fue positivo con más de un millón y medio de personas, con una llegada migratoria de 575 mil personas. En 1995 esa relación se invirtió por primera vez con un cambio natural de población positivo de 179 mil personas y una migración de 598 mil.

La mitad de los 28 países de la UE experimentaron en 2016 un cambio natural negativo de población. Esos países fueron Alemania, Italia, Rumania, Bulgaria, Hungría, Grecia, Portugal, Croacia, Lituania, Letonia, Polonia, Estonia, Finlandia y España.

En este sentido, el estudio resalta que Alemania es el país donde la inmigración más ha contribuido a aliviar ese decline natural de población con la llegada en 2016 de 464 mil nuevos inmigrantes.

¿Y cómo ha sido el crecimiento de la migración más allá de la crisis que comenzó en 2015 y qué peso tiene en la población europea actual?

El Instituto de Política Familiar expone que, desde 2006, la población inmigrante ha crecido de 27.3 millones a 38.5 millones, es decir 41%. Hoy en día, los inmigrantes representan 8% de la población total de la UE.

La radiografía de edad europea es sobrecogedora. Hay casi 20 millones más de personas por encima de los 65 años que bajo los 15 años de edad. Esa población joven no alcanza ni 80 millones de personas (15.6% de la población), pero los mayores de 65 llegan casi a 100 millones (19.2%).

Alemania es el país con la menor proporción de gente más joven: uno de cada ocho ciudadanos; le siguen muy cerca Italia y Bulgaria. Irlanda es el país con más jovencitos: uno de cada cinco habitantes, quedando atrás Francia y Reino Unido.

Por otro lado, Irlanda es el país con menor proporción de gente mayor de 65 años: una de cada ocho personas, siguiéndole Luxemburgo y Eslovaquia, mientras que el país con el porcentaje más alto de personas de esa edad es Italia: una de cada cuatro personas, seguido de Grecia y Alemania.

Hay otros factores que explican el envejecimiento de Europa.

En los últimos 35 años la esperanza de vida ha crecido entre los hombres europeos casi ocho años para llegar a 78.2, y entre las mujeres 6.4 años hasta alcanzar 83.6 años de existencia, lo que da un promedio de 81 años, cifra mayor a la de Estados Unidos (79 años), China (76) o Rusia (71).

Todos los países europeos tienen una mayor esperanza de vida que la media mundial, que fue de 71.9 años en 2015. España e Italia son los dos países con mayor esperanza: 83.5 y 83.4 años, respectivamente. (En México es de 75.3 años, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía).

La edad promedio de los europeos es de 42.8 años, mayor que la de los chinos (37.4), estadunidenses (38.1) y rusos (39.6). Alemanes e italianos cuentan con el promedio de mayor edad, 45.9 años; Irlanda tiene el promedio más bajo, 36.9 años (la edad promedio de los mexicanos es de 30 años).

El otro factor es la baja tasa de natalidad de los europeos, que con el incremento de la esperanza de vida han transformado la pirámide de población, señala el estudio.

Italia, Portugal, Grecia y España atraviesan “un invierno demográfico”: su tasa de fertilidad es inferior a 1.4 y cuentan con una muy amplia población mayor a los 65 años: una de cada cinco personas.

La advertencia es inequívoca: “Este escenario no tiene precedente histórico. Y si esta tendencia continúa, para 2050 las consecuencias del invierno demográfico europeo serán catastróficas”.

Para esa fecha, la población anciana será mucho más grande que la joven: sólo una de cada siete personas tendrá menos de 15 años (78.2 millones, 14.8%), mientras que una de cada tres personas tendrá más de 65 años (150.6 millones, 28.5%). Más aún: la población mayor de 80 años representará 11.1% de la población total (58.7 millones).

Y el escenario podría empeorar: en 2080, la pirámide se revertirá completamente. La población mayor de 65 años será de 151 millones (29.1%) y la mayor de 80 años será incluso más cuantiosa que la población menor de 15 años: 78 millones contra 66.

Y es que, como en las novelas de ciencia ficción, la sociedad europea se está quedando sin niños.

En Europa nacieron en 2016 apenas 5.1 millones de bebés, lo que representó un millón y medio menos que hace 40 años. En 1975, cada hora nacían 760 niños europeos; hoy nacen sólo 587. En los últimos 35 años la fertilidad en la UE ha estado por debajo del nivel del relevo generacional, que tendría que ser de 2.1 niños por mujer en promedio (el mundial es de 2.45). Sin embargo, en Europa ese número es de 1.60.

Ese bajo nivel toca a todos los países de la UE, pero especialmente a España e Italia, que experimentan una “tasa crítica de fertilidad” de 1.34 niños por mujer. Y Francia, Suecia e Irlanda están saliendo de una “crisis de nacimientos” con, respectivamente, tasas de 1.92, 1.85 y 1.81 niños por mujer.

Esas estadísticas se traducen en una realidad dramática: ningún país de la UE alcanza un promedio de tres personas por hogar. En Suecia, Finlandia, Alemania y Dinamarca sólo habitan dos personas por vivienda en promedio.

Lo más grave es que uno de cada tres hogares está compuesto únicamente por una sola persona (32.5%), y cuatro de cada diez de éstos corresponde a personas mayores de 65 años.

Europa, constata el estudio, “se está convirtiendo en una sociedad de individuos solitarios”.

Tomado de Revista Proceso

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