Anatomía de la trampa (mexicana)

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GABRIELA WARKENTIN DE LA MORA

Tampoco es que los mexicanos tengamos la exclusiva de la trampa o del chanchullo, ¿eh? Sería un poco arrogante atribuirnos tal jerarquía. Porque así como tramposos tramposos pues los hay en cada rincón del mundo, eso que ni qué. Pero digamos que en fechas recientes, los mexicanos estamos sacando nuestros peores trapitos al sol, y una ya no sabe si reír o llorar ante tal descaro de impunidad retorcida que no por ser universal carece de rasgos endémicos.

Comencemos en esta entrega por la trampa en la que el tramposo acusa al trampeado de estarle haciendo trampa porque este no le dejó otra opción.

O algo así. Año de elecciones en México, competidas y reñidas como debe ser. Para esta temporada electoral se estrena en pasarela la figura de la candidatura independiente también para la presidencia de la República. Que si ya no soportamos a los partidos, que si en todo el mundo se impone el voto antisistema, que vamos a sacar a los de siempre, y así, el espíritu de los tiempos. Como a los partidos no les gusta la competencia desde narrativas que no dominan, se la pusieron difícil en la legislación a los independientes en potencia: o consiguen firmas de mínimo el 1% de la lista nominal de electores y con una dispersión de por lo menos 17 entidades federativas, o nada de nada y cada quien a su casa. En síntesis: muchas firmas y de muchos Estados para que demuestren que cientos de miles de mexicanos de todo el país los quieren en la boleta electoral (algo que los propios partidos no tienen por qué demostrar, pero bueno, así las reglas del juego).

Imposible lograrlo, se peleó. La candidata de los pueblos indígenas, por ejemplo, María de Jesús Patricio Martínez Marichuy, apenas consiguió una cuarta parte de las firmas requeridas, eso sí, con amplia validación por parte de las autoridades electorales. Al final del periodo establecido solo tres aspirantes lograron el número de firmas: Jaime Rodríguez Calderón, el Bronco; Armando Ríos Pitter, el Jaguar; Margarita Zavala, sin apodo oficial. Que si sí se pudo, que si la estrategia, que si los ciudadanos, que si nosotros los nobles de la política, hasta que el Instituto Nacional Electoral les espetó un estense quietos: los dos primeros quedarían fuera de la boleta por haber presentado entre un 50% y casi un 90% de firmas inválidas, inexistentes, trucadas, diseñadas o fabricadas.

La aspirante Zavala la libra apenas, aunque también tiene más de un 40% de firmas hechizas. Los señalados patalean y dicen que no es cierto, que si la aplicación fallaba, que si solo son errores de buena fe, que si la conspiración de los dioses, que si a Chuchita la bolsearon, y aún está en el aire la resolución final porque tienen derecho a impugnar. Al Bronco le salió lo ídem y amenaza con despertar al México… bronco. Al Jaguar le salió un zarpazo y defiende firma por firma porque “las suyas sí son de carne y hueso” (las otras serán de piedra y lodo, o no sé). A la aspirante Zavala le quedó mejor el silencio tras un breve festejo, que esto de las firmas apenas fue el primer paso: aún faltan por fiscalizarse recursos y otros pormenores antes de aparecer en boleta alguna.

Sea como fuere, y salvo que se demuestre lo contrario, esos independientes, los que querían llegar a la presidencia para cambiar las cosas, hoy están señalados por tramposos. ¿Se podían conseguir los cientos de miles, los millones de firmas sin hacer trampa? ¿La legislación electoral debería bajar la cuota de entrada para los candidatos independientes? ¿La aplicación que diseñó el Instituto Nacional Electoral para capturar las firmas fue ineficiente, fallida y excluía a los desamparados de la tecnología? Tantas preguntas y demasiadas tentativas de respuesta. Tantas dudas y demasiadas tentativas de trampa para sortearlas.

No, definitivamente no tenemos la exclusiva mundial de la trampa, pero sí sabemos pintarla de colores propios. Y ya habrá momento de diseccionar aquí las otras dimensiones de nuestra trampa nacional, pero ésta de esos independientes hoy me tiene patidifusa, por decir lo menos.México lindo y querido.

(Tomado de: El País)

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