El 5 de octubre de 2014, el cineasta Enrique García Meza llegó a Ayotzinapa con la intención “de hacer algo, un posible documental pequeño”, sobre los violentos acontecimientos que habían tenido lugar en Iguala la noche del 26 de septiembre y la madrugada del 27, los cuales se saldaron con 9 muertos, 27 heridos y 43 personas desaparecidas.

Estuvo dos días. El 9 de octubre, Enrique García Meza —hijo del también cineasta Sergio García Michel— participó en una marcha en México junto a aquellos jóvenes estudiantes de magisterio que pedían justicia por la desaparición de 43 de sus compañeros de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, estudiantes que le recordaban a otros muchos jóvenes del México rural a los que por catorce años había impartido talleres de cine. En una segunda visita a Ayotzinapa, ese mismo octubre, el realizador empezó a relacionarse con los alumnos “de otras normales rurales que estaban ahí haciendo guardia” y de regreso a México logró que la productora Bertha Navarro, con quien ya había trabajado antes, y el reconocido director Guillermo del Toro, se interesaran en un proyecto que le llevaría tres años de su vida. El resultado es ‘Ayotzinapa, el paso de la tortuga’, un documental de una hora y treinta y nueve minutos de duración en el cual, sin eludir la denuncia de lo sucedido en Iguala, García Meza centra su interés en el lado humano de la tragedia y da voz a los padres, familiares, amigos y condiscípulos de los 43 alumnos desaparecidos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.

¿Cómo se transformó un proyecto nacido, digamos, de un impulso, en un documental que empieza a recibir el apoyo de productores?

Bertha Navarro es una productora muy conocida en México y el mundo. Yo acababa de terminar un proyecto con ella y le dije que me iba para Ayotzinapa. Pensé que no iba a tener interés en el tema, pero me ayudó mucho. Bertha me empezó a apoyar y comenzó a hacer redes para ver quién más podía hacerlo. Fue ella quien me habló de Foprocine, el Fondo para la Producción Cinematográfica, y me pidió que preparara una carpeta para solicitar apoyo. Hice la carpeta, se entregó y nos lo dieron. Fue un apoyo que nos ha ayudado en la postproducción y parte de la producción. Gracias a él pude contar con Leo Heiblum, uno de los mejores compositores de música para cine de México, y con el editor Felipe Gómez.

¿En Ayotzinapa con quién contabas para grabar?

Estaba solo. Andaba con una cámara fotográfica, una de cine de alta definición, una GoPro y mi celular, un IPhone. De repente tenía que usar lo que se pudiera, porque me pedían que grabara con discreción. Creo que haber estado solo me ayudó a llegar más fácil con los padres de los desaparecidos, inclusive con los estudiantes. Cuando llegaba un equipo de tres o cuatro personas la gente los rechazaba. Muchos que llegaban a realizar reportajes se acercaban a mí angustiados porque me veían muy involucrado con los alumnos de la escuela. Llegaban, se pasaban una semana a lo máximo y se iban. Incluso siento que los estudiantes por proteger toda la historia de las cuestiones políticas que había detrás hacían que la información no fluyera correctamente. Esos reporteros se fueron con una versión no mala, pero sí incompleta, de lo sucedido. A mí el estar solo me ayudó a relacionarme con todos con una facilidad muy grande.

Pero sé que por trechos contaste con un equipo.

Al principio sí se armó un equipo, pero algunas personas que se querían involucrar se fueron rajando.

¿Por miedo o por tener que quedarse mucho tiempo en Ayotzinapa?

Por miedo. Sí, daba miedo. Hubo una persona que la tercera noche ya no la pasó ahí. Era un poco la cuestión de la policía y el Ejército lo que daba miedo. Porque eran muy violentos. Los peores meses fueron octubre, noviembre y diciembre de 2014. Se sentía la tensión y había rumores de que querían parar todo eso. Les ofrecieron dinero a los papás, y lo rechazaron; a los estudiantes también les ofrecieron dinero, y que se fueran de la escuela, y también lo rechazaron. En enero o febrero del 2015 me dejaron un recado en el hotel donde a veces me quedaba en Chilpancingo, una “invitación” —así dijeron— por parte de la Gendarmería “para que dejara de jugar con la cámara”. Sabían mi nombre completo y sabían mi habitación. El chavo de la recepción en la noche me lo dijo muy asustado, estaba muy nervioso. Esa noche dormí ahí, pero en la mañana me fui para Ayotzinapa.

¿Cuánto tiempo pasaste en Ayotzinapa antes de regresarte a Guanajuato para el proceso de edición y postproducción?

En total estuve como dos años… Hace un año justamente estaba en Colombia donde entrevisté a Ángela Buitrago, del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes. Cuando regresé, entrevisté a Maritza, la esposa de Julio César Mondragón, el normalista al que desollaron. La había grabado la primera vez que la conocí, pero no me gustó como me hablaba. Hablaba muy mecánicamente. También todos los chavos así hablaban.Ya tenían como un discurso. Después de esa ocasión Maritza siempre me decía “ya no quiero hablar, ya no quiero hablar”, pero cuando llegué de Colombia me dijo: “ya estoy lista”. La última vez que grabé algo fue con Anabel y eso fue hace seis meses [se refiere a la periodista Anabel Hernández, autora de ‘La verdadera noche de Iguala’].

¿Cuántas horas de grabación fueron en total?

No las tengo contabilizadas, pero por los terabytes que tengo deben ser unas 2.500 o 3.000 horas de grabación.

Eso da para una serie documental.

Sí, pero si hacer el documental fue una locura, una serie sería más loco. Y no sólo por los recursos. Yo hubiera querido presentar el documental en octubre, pero no va a poder ser. Eso a mí me pega emocionalmente, porque yo quería llegar al tercer año de los hechos con el documental ya terminado. Fue complejo editar todo el material, a pesar de que hice una selección previa de lo grabado y se la di a los editores, unas mil horas.
Por lo que cuentas parece que el documental no ha sido exhibido, pero sé que estuvo en el Festival de Cannes este año.

Me mandaron un correo de IMCINE, Instituto Mexicano de Cinematografía, diciéndome que habían seleccionado el documental para llevarlo a Cannes, a la sección de Corner. Me pidieron un corte de 12 minutos para que lo vieran distribuidores de cine. Si querían verlo completo se les habilitaría una sala. No sé cuánta gente entró, pero sí sé que se abrió una vez una sala para que se viera el documental completo. A Cannes fue como el corte 38 del documental y el corte 40 es el bueno, por decirlo de alguna forma.

¿Qué sigue ahora, tras el corte definitivo, para ‘Ayotzinapa, el paso de la tortuga’?

El 24 y el 25 de octubre estaremos en el Festival de Cine de Morelia. Nos invitaron junto a otras cuatro películas a una sección que se llama Impulso Morelia. Lo interesante para nosotros es que hay cuatro premios: uno lo da Estudios Churubusco, otro lo da el propio Festival, otro lo da Cinépolis Distribución y otro lo da el Tribecca Film Institute. Tenemos la intención de que asistan los padres de los desaparecidos. Una de mis prisas es que ya se vea la película para que le dé como un respiro a ellos mismos.

Más allá del Festival, ¿qué posibilidades reales de distribución tiene el documental?

El documental se va a mover primero como en cinco o diez festivales. Sé que se quiere que se pase por TVUNAM, pero exhibirlo en salas de cine pienso que va a ser muy difícil, aunque a lo mejor sí se distribuye porque el IMCINE es uno de los coproductores. La gente en México no va mucho al cine a ver películas mexicanas y creo que documentales menos.

Explícame, por favor, el título del documental.

‘Ayotzinapa’ quiere decir en náhuatl ‘río de tortugas’. El ‘paso de la tortuga’ es el paso de ellos, los de Ayotzinapa, durante todo este tiempo. Y también me gusta porque las mujeres de otras normales rurales cuando llegan los de Ayotzinapa a las marchas les dicen “pacitos”, “pacitos”, “pacitos”, que quiere decir “papacitos”, “papacitos”, “papacitos”, porque los de Ayotzinapa tienen fama de ser guapos. Un día descubrí, y me asusté, que la ‘g’ de ‘tortuga’ la puedes cambiar por una ‘r’ y te da ‘tortura’, pero procuré no jugar con eso porque, ya de por sí, es una tortura la historia de ellos. También el paso de la tortuga es lento pero seguro y en ese sentido estoy seguro de lo que estamos contando. Con el tiempo te das cuenta de todo y puedes contar una historia sustentada, más que en rumores, en hechos.

¿A tres años de los hechos de Iguala, crees que ha disminuido en México el interés por conocer lo que sucedió con los desparecidos de Ayotzinapa?

Creo que los padres de los muchachos han hecho una labor titánica que es lo que hace que no se olvide. Creo que va a haber mucha gente en la marcha por el tercer aniversario, aunque no se va a parecer a la del primer año. Va a haber mucha gente porque no se olvida. Los papás no bajan la guardia. Si el tema todavía sigue vivo, y se sigue oyendo, básicamente es por ellos. Por ellos y por ellas: los papás y las mamás de los 43.

Tomado de SputnikNews

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