Letras en las paredes: leve vindicación del grafiti

Si algo caracteriza hoy en día a cualquier urbe moderna son esos “gestos culturales” que suponen los grafitis. Si algo se ha vuelto costumbre hoy en día es la supresión de tales “gestos” como parte de proyectos de restauración que buscan devolver a las ciudades “afectadas” esa magnificencia del pasado que señala un conocido refrán

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.

Walter Ego

Sin pretender legitimar el irrespeto hacia los espacios ocupados por grafitis, sin pretender alentar acciones similares en otros lugares, estas breves líneas quieren defender la autenticidad de ese modo de ocupación de ciertos ámbitos citadinos como expresión de una cultura popular eminentemente urbana.

Si dejamos a un lado los reales o supuestos valores artísticos de los emplazamientos ocupados, si se asumen estos como bienes patrimoniales que merecen respeto, vale decir también que ello no puede ser reducido a la asunción acrítica de lo que la historia fija. Si el rostro del Coliseo romano es el que las mutilaciones del tiempo y de los hombres han legado, ejercicio estéril sería el devolverle el aspecto de la época de los gladiadores; la Bodeguita del Medio, en Cuba, por citar un ejemplo más cercano en el tiempo y la esencia, es prueba suficiente de que los grafitis pueden llegar a ser el rostro inmejorable de un espacio nacido sin ellos.

No obstante, la pertinencia de los ejemplos anteriores, prefiero vindicar la validez de los grafitis como memorias singulares de una época. “Hay un país distinto (en alguna parte)”, expresa más sobre el desencanto social que cualquier tratado de sociología. De ahí que se les pueda ver como ese musgo que “la pátina del tiempo” ha dejado en obras que la mano del hombre respeta al ser sometidas a un proceso restaurador. Los grafitis, como huellas que se apropian y marcan un espacio, merecen en ocasiones parejo trato como expresión de un momento de la cultura citadina, cuando el arte se vuelve grito para no ser voz que clama en el desierto. “Cuando los de abajo se mueven, caen los de arriba”, anunciaba una pared en Misiones, Argentina.

Todo vestigio humano que responda a la sensibilidad de una época es una evidencia de la cultura. De ahí, se insiste que los grafitis no merezcan el rechazo que significan los afeites con que se les borra u oculta en los espacios que habitan, sino el detenerse a pensar las causas que expliquen esa apropiación cuando no se la pueda reducir al mero vandalismo. Si el arte, en ocasiones, se quiere ajeno a la sacralización que suponen galerías y museos y se lanza a la calle, los grafitis pueden verse como objetos que obran en inversa y singular operación igualmente desacralizadora: suelen ganar espacios que participan de un doble carácter, el de objeto escultórico, vale decir para la contemplación, y el de objeto arquitectónico, vale decir para la ocupación.

Por ello, antes de asumir el borrado de los grafitis como el destino inevitable de los mismos, vale el que se reflexione antes con detenimiento para saber realmente lo que se tiene desparramado en tanta pared citadina a fin de evitar más tarde el estéril ejercicio de la nostalgia por lo perdido. Después de todo —y reformulo la sentencia que a manera de pórtico elemental encabezan estos párrafos-, “nadie pierde lo que tiene hasta que lo sabe”.

Por demás, si los argumentos expresados no han sido elocuentes para vindicar al grafiti, permítaseme referir un viejo chiste que expresa perfectamente todo lo que estas líneas no han podido, o no han sabido, decir:

Un coleccionista de libros antiguos le pregunta a un amigo suyo si tiene algún libro viejo en su casa.

— Pues no, precisamente la semana pasada tiré una Biblia que había pertenecido a mi familia desde ni se sabe cuándo… Creo que era una edición de un tal Guten… Guten…

— ¿Gutenberg? ¿Tiraste una Biblia de Gutenberg? ¡Pero si ese es el primer libro que se imprimió! ¡Una maravilla! ¡Hace poco se han llegado a pagar cuatro millones de dólares por un ejemplar de esa edición!

— Bueno, no creo que este valiese ni veinte, porque estaba todo lleno de anotaciones en los márgenes de un tal… Martín Lutero, creo que se llamaba.

Tomado de Sputniknews

 

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