La pasión por el detalle del cronista Gabo

Luzangela Arteaga, la periodista que colaboró con el Nobel en la reportería de ‘Noticia de un secuestro’, recuerda el proceso del libro a los 20 años de su publicación.

Darío Arizmendi, por aquel entonces y todavía hoy director de 6AM, de Caracol Radio, cogió a una ni siquiera treintañera Luzangela Arteaga, la retiró de la cabina del programa y le soltó sin más miramientos: “Yo soy muy amigo de Gabo, está preparando algo especial, no sé qué, pero me pidió a una persona detallista, reservada, alguien especial. He pensado en ti. Te vas mañana para Cartagena”.

-Así, con un golpe seco, entró en mi vida el maestro.

Arteaga recuerda, en una tarde del eterno otoño bogotano, ya con 51 años, cómo llegó a la ciudad del Caribe colombiano, marcó al teléfono que le había dado Arizmendi y se dirigió a la casa “absolutamente blanca” de García Márquez. Aquel día se encontró con alguien “muy serio, analítico, enteramente diferente a lo que fue en adelante”. El Nobel colombiano le invitó a seguir y directamente se sentaron en una mesa de trabajo: “Mira, en esto estoy trabajando”, le vino a decir antes de leerle lo que sería el esbozo del primer capítulo de su próxima obra, Noticia de un secuestro, de cuya publicación este año se cumplen 20 años. En los siguientes dos años, Arteaga sería la sombra en la reportería con la que Gabo regresaba al periodismo.

En octubre de 2013, Maruja Pachón y su marido, Alberto Villamizar, le habían propuesto a García Márquez escribir un libro a partir de la experiencia de ella durante su secuestro de seis meses dos años atrás. El escritor tenía bien avanzado el primer borrador cuando se percató, como cuenta en la introducción de la crónica, que no tenía sentido desvincular aquel rapto de otros nueve que ocurrieron por aquel entonces en una Colombia azotada por el narcotráfico y supeditada a los desmanes de Pablo Escobar, personaje implícito en toda la obra.

Es en ese instante cuando el papel de Arteaga, muy cauta a la hora de hablar del libro en estos 20 años, adquiere un papel fundamental. “Aquel día en su casa me contó los detalles interminables que quería corroborar”, recuerda la periodista. “Para él, fue un regalo maravilloso que todos los protagonistas de algo tan espantoso abriesen su corazón y se lo entregaran”. Pero no era suficiente. Gabo quería más. “Necesitaba ambientar lo que le contaban, lo de afuera, confirmar hasta el último detalle, saber cuánto frío hacía, los semáforos que había, las balas que disparaban, quería saberlo absolutamente todo. Esa fue mi tarea durante los dos años siguientes”.

Después de hacer interminables entrevistas, donde Gabo, como recuerda Maruja Pachón, iba y venía para sonsacar cada uno de los detalles a los personajes, su prima hermana y secretaria privada, Margarita, transcribía las horas de grabación. Después, se reunía con Arteaga: “Un encuentro con el maestro era sinónimo de tarea para dos meses”. Ambos se sentaban a revisar los apuntes sobre la transcripción, a hablar de los escenarios. De los detalles. Siempre los detalles. Fue ahí cuando Arteaga se percató de la grandeza del Nobel. “No había espacio para la duda y si la había, seguíamos hasta verificarlo. Si no lo conseguíamos, no se incluía”.

La minuciosidad de Gabo no tenía límites. “Quería ir a la casita donde llevaron a Maruja y a Beatriz, quería entrar al baño… O meterse en el carro donde las sacaron para trasladarlas al lugar en el que se encontraron con Marina. Le habían contado, como refleja en el libro, que podían respirar y ver un poquito. Él quería saber hasta dónde. Busqué durante dos años el carro pero fue imposible”, rememora Arteaga. Aunque ahora ríe, fue un trabajo exhaustivo de comprobación, de empeñarse a fondo. “Vivía con la angustia de no tener ninguna imprecisión, tuve el cuidado de que todo lo que le enseñaba lo acompañaba con un documento”, relata, mientras enseña una muestra de los papeles que aún conserva: recortes de periódicos, de revistas, documentos, derechos de petición… No todas se usarían. Algunas eran por mera curiosidad, como los resúmenes que le tuvo que hacer de las novelas que veía Pacho Santos, exvicepresidente de Colombia, durante su cautiverio.

Durante esos dos años, la joven Arteaga no podía contar nada a sus compañeros de profesión, a los que escudriñaba con algunos detalles como si se trataran de inocentes preguntas de periodista inquieta.

Las jornadas de trabajo presenciales con Gabo tenían hora de inicio, pero nunca se sabía cuándo acababan. A medida que el libro se concretaba y la confianza entre ambos iba a más, los sobresaltos podían llegar en cualquier momento. Arteaga dejaba todo lo que estaba haciendo, como aquel domingo que se pasó pegada al teléfono después de dar de almorzar a sus hijas hasta bien entrada la noche. “Me llamó desde México, había estado hablando con Beatriz y le había contado el detalle del perfume que le había regalado uno de sus secuestrados y que le había dicho ‘mi amor’. Estaba completamente indignado. Vivió tan intensamente lo que escuchó de sus protagonistas, lo llevó tan adentro que sintió la misma ira y frustración”.

Han pasado dos décadas y Arteaga ha vuelto a desempolvar la ingente documentación que guarda de entonces. Hablará de ello el próximo jueves en Medellín, durante los premios que organiza la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por el escritor. Será una forma de celebrar el vigésimo aniversario de la crónica que leyó por primera vez ante un grupo de estudiantes de la Escuela de EL PAÍS, en Madrid. Aquellos dos años fueron una lección de periodismo que Arteaga nunca olvidará. Como tampoco lo hará uno de sus últimos encuentros con Gabo. Al poco de publicarse Noticia de un secuestro, Darío Arizmendi supo que el escritor y periodista se encontraba a punto de coger un vuelo. “Ve al aeropuerto y le haces una entrevista”. Arteaga llegó, se saludó cariñosamente con Gabo y le contó la encomienda:

—Uy, yo no le voy a contestar a usted más preguntas, le dijo entre risas.

—Maestro, al menos no me puede culpar por intentarlo.

—No, le hubiese culpado si no lo hubieses hecho.

Tomado de EL PAÍS

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