Farsa tóxica o civismo zen

Por Jorge Zepeda Patterson

Son largas, tóxicas y abrumadoras. ¿Cómo seguir de cerca una campaña electoral presidencial sin terminar resentido con la especie humana, o al menos esa que vive del espectáculo de morbo y circo en que se ha convertido el mercadeo de votos? No es sólo que la competencia dejó hace tiempo de ser un debate de ideas y plataformas, si es que alguna vez lo fue, para dar paso a un bombardeo de propaganda y manipulación descarada. Una puesta en escena fársica que hace recordar el show de la lucha libre, en el que los disfraces, los aspavientos y la narrativa resultan cada vez más surreales y carnavalescos. Con la diferencia de que la lucha es un espectáculo efímero y puntual que algunos disfrutan, mientras que las elecciones son procesos carísimos que todos pagamos y de consecuencias decisivas para los siguientes seis años.

Todos juegan a ser Macron a ratos, Trump a veces, Nelson Mandela casi siempre (por desgracia terminan siendo Enrique Peña Nieto). Unos usan a sus esposas; otros, imágenes de sus hijos. Nada es demasiado indigno si el asesor de campaña cree que puede hacernos ganar algunos votos. Ninguna alianza es descartable así sea el enemigo de ayer, el ex traidor o el impresentable. Y todos estarían dispuestos a vender su alma al diablo si no la tuvieran ya tres veces hipotecada. Todos los cuartos de guerra están dispuestos a tirar armas químicas al campo de batalla aun cuando sepan que la nube tóxica puede venir de regreso. El triunfo del haiga sido como haiga sido en versión extrema.

El candidato que quiso convencernos de que es un ser humano medianamente sensible y solidario, cinco minutos más tarde reta a un contrincante con diatribas propias de un matón de barrio. El ministro de Hacienda de la Administración más corrupta de la que se tenga memoria, convertido en ejemplo de probidad. Promesas de subsidios inverosímiles e invocaciones de un paraíso económico imposible de cumplir salvo que un 2+2 sume 200.

Tratar de dilucidar quién ganó el round de cada día pierde sentido en una pelea a la que le faltan más de cien episodios y en ring en que en lugar de un réferi hay varias docenas de jueces que desde sus columnas de opinión y sus micrófonos intentan convencernos de que su campeón ya tomó una ventaja decisiva. Un asunto que compete más a la clase política profesional y a los periodistas que viven de la exégesis, que al ciudadano que habrá de sufragar dentro de tres meses.

Seguir con la lupa los avances y retrocesos de una campaña es como monitorear dos veces al día las evoluciones de una inversión en acciones en la bolsa. Es decir, una fuente de angustias e incertidumbres tan absurdas como innecesarias. O tan ocioso como medir a un hijo con cinta métrica contra el marco de la puerta tres veces a la semana. A las campañas electorales, como a las acciones o el crecimiento de los hijos no conviene micro administrarlas, a menos que seamos un poco masoquistas o nos guste coleccionar anécdotas que muestren el fondo ilimitado de los hombres para incurrir en la infamia en aras de la ambición.

Imposible escapar al bombardeo visual y auditivo de las campañas. Postes y bardas quedarán inundados por rostros convertidos en máscaras a fuerza de Photoshop; eslóganes y promesas transformados en estribillos más gastados que el Despacito, de Luis Fonsi. Contaminación ad náuseam del espacio auditivo y visual. Una farsa que financiamos todos. Ningún candidato es tan execrable como lo pintan sus adversarios pero aún se parece menos al héroe que describen sus comerciales. La única defensa que tiene el ciudadano es refugiarse en una suerte de civismo zen. Ignorar el escándalo del día (puedo garantizarle que está inflado) y procurar enterarse a fondo de los programas de gobierno de los candidatos un par de semanas antes de la elección. Todo lo demás sale sobrando.

@jorgezepedap

Tomado de el País

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