Sociedad y ladrones

Luis Linares Zapata
Entre los grandes beneficiarios de contratos otorgados para la obra y los servicios del sector público abundan los paladines de la gente decente. Casi todos gozan del buen trato otorgado por la élite social que sin remilgos los admira. Las deferencias a su presencia son generalizadas y dilectas. Aparecen, con regularidad, casi metódica, en las revistas y secciones de sociales especializadas.
Diarios y otras publicaciones se disputan los favores de sus presencia, egregio desplante y atildada imagen. Se les conoce como personas de respeto y sólo algunos de ellos, en efecto, se lo han ganado con acciones como creadores de riqueza. Marchan, con la cabeza en alto, al frente de empresas de prestigio y gran tamaño. Han llegado a ser indispensables capitanes de industria o comercio y servicios. Se les elige, con frecuencia, como recipientes de premios por su incansable labor al frente de agrupaciones de corte filantrópico. Caritativos, en su naturaleza externa, emplean tiempo y recursos para distinguirse de la comunidad que los rodea.
Pero en esta concurrencia hay poca miel sobre hojuelas. Aunque, siempre hay que decirlo, algunos de ellos se han hecho merecedores, en buena ley, del aprecio ciudadano. En efecto, los hay diferentes. Los hay que lidian, de manera incansable, para hacer crecer y prosperar a sus empresas u organismos de variada textura y pretensión.
Otros observan con celo envidiable no sólo las reglas de urbanidad, sino que se apegan a estrictas normas éticas en sus negociaciones. Aunque, más común que normal, pululan numerosos hombres que se catalogan a sí mismos como de negocios que buscan, con ahínco notable, el favor del poderoso en turno. Poseedores de destacable instinto y ambiciones, clavan sus afilados intereses ahí donde pueden obtener réditos inmediatos. Si estos últimos son mayúsculos, qué mejor. Han acompañado, por inclementes décadas, para el deshonor de la República, a todos aquellos que tienen capacidad de otorgar dádivas, ayudas o, más directamente, favores y contratos públicos.
Vastas áreas de riqueza han sido cercenadas del bien colectivo para regocijo de particulares: minas, vías férreas, carreteras, aguas, hidrocarburos, casinos, medios de comunicación, playas, calles, selvas y demás.
Dentro de toda esta masa de seudocreadores de empleo, crecimiento económico o progreso y modernización habitan otros parásitos llamados, con simpleza peyorativa, traficantes de influencias. Ahí mismo, en ese renglón ocupacional, se cuelan otros de ralea por demás dañina. Son personas que habiendo sido funcionarios en algunas empresas del Estado, por avatares circunstanciales, al dejar de serlo, no se resignan, buscan y encuentran, la manera de quedar enchufados con ellas. Lo hacen con astucia nada despreciable y, de cualquiera de los modos posibles, encuentran rutas redituables para sus ambiciones de lustre y trapo. Los hay, por fortuna, que con claridad y honestas actitudes e ingenio apreciable, se proponen subsanar cortedades y defectos que plagan a variados organismos públicos. Desafortunadamente son los menos, pero hay que reconocerles su labor que, bien puede ser, incluso, catalogada de necesaria y hasta patriótica.
En tal revoltijo de clases y aventureros se desarrollan empresas y organismos públicos. Pemex en especial ha sido botín por excelencia de saqueadores. Es casi imposible detectar áreas o funciones de dicha empresa que no sufran adherencias que trastocan sus operaciones. Detrás de cada lápiz, pantalla, pozo, ducto, funcionario, obrero, pipa, pared, reja o maquinaria, hay conductos alternos que engrosan costos y alimentan parásitos. Fenómeno similar padece la Comisión Federal de Electricidad. Sus historiales no dejan la menor duda de tales pesares.
Tras los largos años de cohabitar con un neoliberalismo rampante, el individualismo más rapaz y depredador satura el ámbito colectivo. La trama que se ha enseñoreado hasta en aspectos inesperados de la nación, la ética y la respetabilidad social se viene depositando en entidades e individuos poco solidarios que sólo pretenden engrosar sus cuentas bancarias. El desprecio que desprenden hacia los demás es notorio y dañino para la salud de la Republica.
El trabajo de limpieza emprendido por el gobierno y por muchos morenos no tendrá descanso. Se requerirá, eso sí, de destrezas y decisión para enfrentar deshonestidades y crímenes. La sociedad, por su parte, tiene que revisar sus prioridades y ética para distinguir a los ladrones, los simuladores y los abundantes defensores del orden establecido, cuyo afán, por lo general, es conservar sus nichos, nichitos y nichotes.
(Tomado de: La Jornada)

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