La premonición de Victor Hugo

PARÍS (Proceso).- Al revelar en su novela un París medieval, la idea talentosa de Víctor Hugo se trasluce en los testimonios de su época.

Efectivamente, el autor de Nuestra Señora de París (1831) fue testigo ocular de las modificaciones profundas de esa ciudad en el siglo XIX. La pieza maestra de la novela gravita alrededor del corazón de la Isla de la Cité en la imagen intemporal de la catedral de Notre Dame, testimonio silencioso de más de ocho siglos de su majestuosa presencia.

Víctor Hugo va trazando un recorrido en el que describe cada una de las entrañas de los faubourgs (arrabales) de París, de tal manera que el lector reconoce con gran facilidad cada uno de sus rincones. El recorrido visual es sorprendente y tiene como punto de difusión el atrio de las torres. Por más lejos que viaje su mirada, el lector siente a través de su mente el lugar a donde el autor lo quiere inducir. Lo sugestivo es tan fuerte que se percibe el cruce de cuervos que giran en torno a la catedral.

El punto de referencia de la narración es el nacimiento de la Cité, y su descripción destaca por su dinamismo fuera de lo común. La imaginación de Víctor Hugo es fenomenal, sobrecogedora. Todo está a nuestro alcance:   tejados, agujas, La Sainte-Chapelle, Carlos V, Felipe Augusto… A lo lejos se divisa La Basílica de Saint-Denis, albergue de los reyes de Francia. Riquezas de siglos se van empilando, página tras página. ¿Cómo olvidar el amor de Victor Hugo por la arquitectura gótica? Su deslumbramiento persiste a lo largo de la narración, a tal grado que nos sentimos en el centro de una gigantesca reproducción pictórica.

Ante el asombro del mundo entero frente a este lugar, surgió el grito ensordecedor de quienes contemplaban con ojos desorbitados. Nadie quería creer. La espléndida aguja de Notre Dame en brasas se cayó en medio de una espantosa y rugiente sucesión de vómitos de llamaradas frente a un cielo violeta, anaranjado y azul pálido. Lenguas de fuego iban devorando inexorablemente los robles que se plantaron antes de que Carlomagno hubiera nacido. Ocho siglos de historia en directo fueron sublimados a la vista del mundo entero.

Lo que Víctor Hugo logró salvar gracias a su novela, al hacer que sus contemporáneos cobraran conciencia de la necesidad de conservar la catedral y, sobre todo, al influir de manera definitiva al notable arquitecto Viollet-le-Duc, permaneció en peligro gran parte de la noche del pasado 15 de abril.

Y como una premonición sacada de su obra, aparecieron estas palabras de Victor Hugo, pronunciadas durante el incendio provocado por Cuasimodo:

Todas las miradas se dirigían a la parte superior de la catedral y era algo extraordinario lo que estaban viendo: en la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que subía entre los campanarios con remolinos de chispas, una gran llama revuelta y furiosa, de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda.

Se puede afirmar que la novela de Víctor Hugo fue el inicio del impulso y el fin de los ultrajes de los que fue víctima la catedral de Notre Dame, llamando la atención sobre el estado del monumento. Viollet-le Duc ganó el concurso que la ley de julio de 1845 consolidó.

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