Columna Contraportada

Víctor Fonseca J.

El oficio político en Guaymas está muy bien protegido. Tanto, que nadie tiene la llave para abrir la puerta, sacarlo y darle uso. Lo malo de eso, es que semejante encierro está provocando que hoy Guaymas –insisto– esté pasando por una de las peores de todas sus crisis políticas, quizá tanto como las de 1991 y 1999. Y mire que aquí vivimos en la crisis constante en ese renglón.

Con lo que pasó ayer en el salón de cabildo, no me queda duda de que falta solamente un empujón para que, en cualquier momento, se empiecen a tundir a golpes todos quienes forman parte de uno de los cabildos más convulsivos de las últimas administraciones. Si los anteriores nos habían preocupado, estos nos tienen al borde del desastre. Y este último está a un tris de dejarse venir de la peor forma.

Olvidaron todos que la política es de negociación, de acuerdos, de conveniencias ciudadanas, de respeto, de inteligencia y hábil manejo. Hoy, la forma de hacer política ahí adentro es de mentadas de madre, de amenazas, de gritos estentóreos y de querer imponerse argumentando todo mundo tener fundamentos legales para tratar de imponerse. Ya hubo ayer una escaramuza. Creo que en la siguiente sesión ya habrá golpes. Quedó advertido este miércoles.

No hay oficio político. La autoridad no ha sabido conciliar con la oposición y esta no ha sido responsable. Mucho menos respetuosa. Aunque unos y otros se acusen mutuamente de irrespetuosos. Figuras que antes de este ayuntamiento ofrecían una imagen de atentos, educados y tolerantes, hoy se ensucian con la estela de la intransigencia, y forman parte de una autoridad que no encuentra el camino de la avenencia, los acuerdos armónicos, el punto de común acuerdo.

Hoy la oposición pretende imponerse bajo el argumento del amparo de la ley, pero no ofrece un diálogo serio y responsable, mientras que la contraparte los aplasta bajo la contundencia de la mayoría. Y lejos, muy lejos de incursionar en un debate responsable y sensato, todo mundo termina profiriendo chillidos histéricos, entre los que resurgen las ofensas, las amenazas y ahora ya, el evidente intento de liarse a golpes. Casi me atrevo a asegurar que en la siguiente sesión seremos testigos del primer round.

Y todo esto ocurre mientras nuestra ciudad mantiene sus caóticos niveles de inseguridad, deficiente alumbrado público, múltiples derrames de aguas negras y fugas de agua y un todavía lento avance en materia de obra pública. Temas que, curiosamente, nunca son abordados en el lugar donde se toman las decisiones para el desaroollo de Guaymas.

Señoras y señores regidores, miembros todos del Ayuntamiento: ante la vista de los ciudadanos comunes, se están exhibiendo como gente totalmente impreparada para estar en esos importantes cargos públicos. Nadie puede, evidentemente, ponerle fin a este asunto. Y lo que están haciendo, aparte de ofrecer un espectáculo tan deprimente, es condenar a Guaymas a otro período de retraso político. Gran parte de la ciudadanía cree ahora que se cometió un grave error en julio del año pasado.

¿Saben qué haría cualquier otra persona ante semejantes muestras de ignorancia política? Renunciar. Sí. Renunciar al cargo. No entiendo cómo pueden vivir en medio de esta espantosa situación que, al final de cuentas, nos sigue manteniendo en esa triste posición a la que nos condenó don Plutarco: sólo una aldea de pescadores.

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