El gran reto para una generación afortunada

La visión de un escritor italiano

A diferencia de nuestros padres y abuelos, no hemos conocido la guerra ni la política como sentimiento de pertenencia a un destino común. Con la crisis del coronavirus ha llegado nuestro momento.

Hemos sido la generación más afortunada de la historia de la humanidad. Nacidos en la maravillosa península italiana, reclinada sobre un mar “bueno” en medio del periodo de paz más largo y de mayor bienestar del que jamás ha disfrutado el Occidente europeo, hemos sido la jeunesse dorée de la historia universal. Ahora, al entrar en la edad que debería otorgarnos la madurez, una vez alcanzado el “punto más alto” de nuestra existencia, nos vemos llamados a la prueba. ¿Estaremos a la altura?

Para aclarar a qué me refiero, no estoy hablando de la felicidad. Es posible que otras generaciones, más atormentadas, menos prósperas, más desesperadamente vitales que la nuestra, también hayan sido más felices. De lo que hablo es de la suerte. Como tuve ocasión de escribir cuando empezó esta maldita epidemia, el haber nacido en Italia a principios de los años setenta entregó a nuestra generación, por pura casualidad, a la fracción de la humanidad más próspera, sana, segura, protegida y longeva, mejor vestida, alimentada y cuidada que jamás ha pisado la faz de la tierra.

Como es obvio, no estoy afirmando que este privilegio absoluto del que hemos gozado nos haya preservado en el ámbito individual del sufrimiento, de la adversidad ni de la enfermedad. Estoy hablando de algo que atañe a la dimensión de la vida común, de los horizontes históricos colectivos, de los destinos generales que compartimos. En esa esfera no puede negarse que la suerte nos ha sonreído.

Para empezar, hemos de partir del hecho de que nuestra carne nunca ha conocido las tenazas de la guerra. Admitamos, eso sí, que teníamos 20 años la noche del 17 de enero de 1991, cuando los aviones de la coalición agrupada contra Sadam Husein bombardearon Bagdad en nuestro nombre y todo aquello fue retransmitido en directo por la televisión. Pero en realidad se trató de una “inexperiencia”, es decir, de una experiencia despojada de los rasgos característicos de la experiencia vivida: continuidad, irreversibilidad, fatalidad. Después de asistir a aquel programa de muerte y destrucción, lo que nos tocó fue apagar el televisor e irnos a la cama. De hecho, no había mucho más que hacer, no había alternativa al absurdo que vivíamos: por muy real, devastadora y letal que fuera, la guerra no pasaba de ser para nosotros una velada que habíamos pasado frente a la pequeña pantalla.

Admitamos, eso también, que teníamos 30 años en la mañana del 11 de septiembre de 2001, y que lo que vimos nos dejó trastornados, pero la maldad destructiva de aquel histórico acto terrorista consistió precisamente en alcanzar un objetivo cargado de simbolismo para multiplicar sus efectos mediáticos a escala planetaria.

Es indudable que a nuestras vidas no les han faltado sus propias dosis de preocupación, angustia y desasosiego; la mayoría de ellas, sin embargo, proceden de realidades ajenas a nosotros y, si nos han embestido, ha sido como plagas del imaginario colectivo más que otra cosa. Qué duda cabe de que a nosotros también nos ha tocado vivir en una época de grandes cambios, que han sido profundos y vertiginosos, pero, paradójicamente, en los tiempos que nos han correspondido las rupturas excepcionales no se han manifestado en forma de guerras, revoluciones y migraciones de pueblos, como sí les ocurrió a nuestros padres y abuelos.

Han sido todas ellas cosas que siempre, de una forma u otra, atañían a los “demás”. De esta forma, hemos sido guerreros de salón, bañistas en las playas de los migrantes, y cabría decir, en conclusión, que nuestros dramas han adquirido siempre forma de psicodrama, y que el síndrome del ataque de pánico ha sido la patología psiquiátrica más típica de nuestra psique colectiva. Cuando nos entra un ataque de pánico, el cuerpo reacciona activando un proceso psicosensorial que está en consonancia con la presencia de una amenaza mortal (hiperlucidez, descargas de adrenalina, aumento de la frecuencia respiratoria). Una reacción muy útil si uno se topa con un león en la sabana. Lo que ocurre es que, en el caso del ataque de pánico, no hay león alguno en las cercanías.

Ahora, por desgracia, el león sí que está aquí. Y, como en una suerte de sarcástica némesis histórica, ha asumido la forma impalpable, microscópica, casi fantasmagórica, pero terriblemente real, y potencialmente ubicua, de la epidemia. La amenaza mortal existe y puede hallarse en cualquier parte. La crisis que se ha generado con el coronavirus nos recuerda en algunos aspectos a un escenario de guerra: calles desiertas, personas encerradas en sus casas, unidades de cuidados intensivos desbordadas en los excelentes hospitales lombardos, hasta el extremo de que los médicos se ven obligados a escoger a qué pacientes atender y a cuáles dejar morir.

A juzgar por ciertas situaciones vergonzosas, uno diría que nuestra afortunadísima generación, cuando ha llegado a su prueba de madurez, no parece ser capaz más que de reaccionar con actos de pánico (fugas precipitadas en trenes nocturnos desde las poblaciones afectadas del norte hacia el sur de Italia, nada más decretarse las medidas de aislamiento) o de irresponsabilidad (colas en las cercanas estaciones de esquí de muchos habitantes de Lombardía a pesar de haber sido invitados a permanecer en sus hogares). No puedo resignarme a creer que es así. Debemos admitir que hemos llegado hasta aquí sin experiencia de lo que siempre ha definido la condición humana: la plena conciencia de nuestra mortalidad, la lúcida y madura conciencia de que la vida y la muerte serpentean una junto a otra como caminos coplanarios, contiguos y de igual importancia.

En otras palabras, hemos sido una generación impolítica. Transeúntes solitarios por los senderos de la búsqueda de la felicidad individual, no hemos conocido la política como sentimiento de pertenencia a un destino común. Pues bien, no nos queda más remedio que descubrirla ahora. Y debemos aprender a toda prisa. Hemos de poner remedio al lento aprendizaje que no hemos tenido. Pertenecer a una comunidad de destino, a una comunidad política, significa también elevarse a la altura de un sentimiento trágico de la vida, luchar por la vida, desear la vida sabiendo que “flotamos en un medio vago entre estos dos extremos, como entre el ser y la nada”.

Por todas estas razones, considero que ha llegado el momento de la política, en su más alto significado, y bendigo, por lo tanto, la decisión política que ha transformado toda Italia en una zona roja contra la arbitrariedad de las personas, su pánico y su irresponsabilidad.

Antonio Scurati es escritor. Su último libro, M. El hijo del siglo, ha sido publicado en España por Alfaguara.
© Antonio Scurati: 2020, Corriere della Sera.
Traducción de Carlos Gumpert.

(Periódico: El País)

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