LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN, UNA VOZ PARA LOS JÓVENES

Francesc X. Beneyto Ibáñez

Max Weber, capaz de pronosticar tanto el triunfo del estalinismo, que corrompería la utopía bolchevique, como la llegada de Hitler al poder en 1933, pronunciaba el día 28 de enero de 1919 su segunda conferencia: La política como profesión ante los estudiantes de Munich, invitado por la asociación Freistudentischer Bund. Max weber no se ocupará de los acontecimientos políticos del momento (especialmente problemáticos en Alemania y particularmente en Baviera) ni tampoco pretende indicarles a los estudiantes que le escuchaban en ese momento, qué línea política habría que seguir en esa coyuntura, sino que analiza el contenido y especificidad de la actividad política de modo que ese análisis pueda servir de elemento de juicio para determinar cuándo alguien tiene realmente vocación para la política.

Desde el comienzo de la conferencia, Weber ya advierte a los estudiantes de que no deben esperar ningún pronunciamiento concreto sobre la situación política del momento. Su tarea es reflexionar, no adoctrinar: ofrecer materiales para el pensamiento más que par un compromiso político. De esta forma, se presenta Weber en Munich ejemplificando al profesor que había definido en La ciencia como profesión: un profesor que estaría sirviendo a un poder “moral”, al deber de crear claridad y sentido de la responsabilidad. Weber quiere suministrar a sus oyentes la necesaria claridad para que éstos, a la vista de lo que la acción política es y de las cualidades que requiere, puedan comprobar si efectivamente están llamados a dicha profesión.

Lo único que caracteriza con propiedad al Estado es el instrumento que utiliza para la realización de las distintas tareas o fines que pueda proponerse: la fuerza. Así, nos define el Estado como “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama para sí (con éxito) el monopolio de la violencia física legítima.

Los fundamentos de la legitimidad de una autoridad

Weber diferencia tres tipos:

– Tradicional: La autoridad de la costumbre consagrada por su inmemorial validez y por la actitud habitual de respetarla. Es la que ejercían el patriarca y el príncipe patrimonial de viejo cuño, la propia de los imperios y las monarquías absolutas.

Carismática: La autoridad de la gracia personal y extraordinaria. Una entrega  enteramente personal y la confianza personal en las revelaciones, en el heroísmo o en otras cualidades del individuo. Correspondería a la que ejercen el profeta, el jefe guerrero elegid o el gobernante plebiscitario, el gran demagogo o los dirigentes de partidos políticos.

Legal: Autoridad en virtud de la confianza en la validez de los preceptos legales y de la competencia objetiva fundada en reglas elaboradas racionalmente. Es la propia del moderno Estado democrático legitimado por la Constitución.

Apunta que el Estado moderno es una asociación de dominación de carácter institucional, que ha intentado, con éxito, monopolizar la violencia física legítima dentro de un territorio como medio de dominación y que, para este fin, ha reunido todos los medios materiales de funcionamiento en manos de sus dirigentes, pero expropiando a todos los funcionarios estamentales que antes disponían de esos medios por derecho propio y poniendo a sus propios dirigentes en la cúspide en vez de aquéllos.

Los políticos

Weber ensaya tres criterios para dar cuenta de la variedad de la experiencia política como profesión y vocación. Habla de la existencia de políticos profesionales, que pueden dedicarse plenamente a sus tareas, y tenemos entonces a los funcionarios, que están en los orígenes del Estado moderno occidental y de otros Estados ajenos a Occidente; o bien pueden mantener una vinculación a tiempo parcial como los diputados y delegados de los modernos partidos.

Según otro criterio de tipo económico, los políticos profesionales pueden vivir para la política, cuando proceden de la plutocracia (de las clases aristocráticas y pudientes) o vivir de la política: prebendados o servidores del Estado por un sueldo o una retribución en especie. Weber observa que los modernos partidos políticos de masas funcionan atendiendo más a los repartos de cargos que a las diferentes ideologías o concepciones del orden social. Esto lleva a la corrupción política, como ha sucedido, según el propio Weber en el juego de partidos típico de la Restauración española. Finalmente, y desde hace quinientos años, los políticos profesionales se han especializado apareciendo cuerpos o castas de expertos en finanzas, militares, juristas o validos (cuya función era la de asesorar/sustituir, ejecutivamente, a príncipes, monarcas o emperadores).

En otra larga digresión, enumera y caracteriza otros tipos de políticos profesionales en diferentes culturas y civilizaciones, desde los clérigos medievales hasta los humanistas, los mandarines chinos, la nobleza cortesana del absolutismo, la Gentry (nobleza rural) británica, los abogados, periodistas, magnates de la prensa y funcionarios del Partido. En todo caso, la nueva figura del estadista es fruto de las modernas democracias constitucionales.

Con detenimiento y acidez crítica, explora el carácter mercantil ya mencionado del moderno funcionamiento de los partidos políticos que compiten entre sí por los votos en un gran mercado electoral. Después de un breve y corrosivo análisis histórico del sistema político británico (desde la aparición del líder carismático Gladstone), el spoils system americano (controlado por el boss local que compra votos) y el modelo alemán, con un parlamento tan rígido y formal en sus procedimientos como obsoleto y aburrido, Weber constata el creciente poder de los aparatos de los grandes partidos dominados por burocracias al servicio del líder llenas de prebendados y arribistas a la búsqueda de cargos públicos. Un aparato controlado por empresarios de la política y cuyo dominio se impone sobre parlamentarios y notables del partido.

Según él tres serían las cualidades decisivas para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y sentido de la distancia. La pasión, entendida en el sentido de entrega a las cosas, a una causa. Es enemiga de la vanidad, que no toma en cuenta a las cosas, sino que se recrea en el puro goce personal del poder en vez de ponerlo al servicio de las cosas o la causa. Pretende distinguir al político apasionado del mero aficionado “estérilmente excitado”.

Esta pasión, entrega apasionada a la lucha por el poder, tiene que ir acompañada de una capacidad de distanciamiento respecto a las cosas y a las personas, de un cierto frío sentido de la distancia, que le dará al político la tercera cualidad: el tomar en cuenta la realidad tal como es, el sentido de la responsabilidad. Ser consciente de las consecuencias de las propias acciones, que debe guiar toda la actividad política. La peor deformación del poder como tal es para Weber la adoración del poder como tal, la complacencia vanidosa en el sentimiento del poder, que acabará desembocando en lo que para Weber son los pecados mortales de la profesión de político: el no volcarse en las cosas y la falta de responsabilidad.

La ética del político

El último problema, además, uno de los problemas centrales de los que se ocupa Weber en esta conferencia es el de la relación existente entre la política y la ética. Weber se pregunta si no tienen nada que ver entre sí o si existe una sola y misma ética que regule todas las distintas situaciones personales y profesionales de los hombres o si, por el contrario, existe una ética específica para la actividad política que tome en cuenta el hecho específico de que ésta opera con el poder y con la violencia que está detrás de él.

Nos dice Weber que debemos tener claro que toda acción que se oriente éticamente puede estar bajo dos máximas que son radicalmente distintas y que están en una contraposición irresoluble. Así, distingue entre acciones guiadas por “la ética de las convicciones de conciencia” o por “la ética de la responsabilidad”. Continúa su explicación matizando ambas posturas, y nos dice que si las consecuencias de una acción realizada desde una pura convicción son malas, no será responsable de esas consecuencias, según él, quien haya realizado la acción, sino el  mundo, la estupidez de los otros hombres o la voluntad de Dios que los creó así.

Sólo se siente “responsable” de que no se apague la llama de la pura convicción. Quien, por el contrario, actúa según la ética de la responsabilidad, toma en cuenta precisamente esos defectos de los hombres; no tiene ningún derecho a presuponer que los hombres sean buenos y perfectos, no se siente en situación de poder cargar sobre otros las consecuencias de sus propias acciones en cuanto que pudo preverlas.

La eterna pulsión entre el bien y el mal

Por otro lado, añade Weber que ninguna ética puede evitar el hecho de que la consecución de buenos fines vaya unida en numerosos casos a tener que contar con medios moralmente dudosos, o al menos peligrosos, y a tener que contar con la posibilidad, o incluso con la probabilidad, de que se produzcan consecuencias colaterales malas; y ninguna ética del mundo puede demostrar cuándo y en qué medida un fin moralmente bueno “santifica” los medios éticamente peligrosos y sus consecuencias colaterales.

En este problema de la santificación de los medios por el fin, cree Weber que parece que tiene que fracasar realmente la ética de las convicciones de conciencia. Para Weber, alguien que se guía por una ética de las convicciones se transforma súbitamente en un profeta quiliástico; aquellos que predicaban el “amor en vez de la violencia” invocan acto seguido la violencia, la violencia última que habría de traer la destrucción de toda violencia. Quien se guía por esta ética no soporta la irracionalidad ética del mundo. Es un “racionalista” de una ética extramundana.

Más adelante rechaza la tesis de F. W. Foerster, que opina que del bien sólo puede resultar el bien y del mal sólo el mal. Weber expone rotundo que no sólo el transcurso entero de la historia universal dice lo contrario, sino que también un examen imparcial de la experiencia cotidiana, es más, el desarrollo de todas las religiones de la tierra descansa precisamente en que es verdad lo contario. El problema más viejo de la teodicea es precisamente la cuestión de cómo es posible que un poder, que se presenta al mismo tiempo como todopoderoso y bueno, haya podido crear este mundo irracional del sufrimiento inmerecido, de la injusticia no castigada y de la estupidez incorregible.

Lo importante para Weber es que todo político firma una alianza con el diablo y ha de asumir hasta el fondo el resultado de sus decisiones responsabilizándose de ellas. En esto consiste el destino trágico de la política: en su inseparable vinculación con la administración de la violencia y, en su caso, de la muerte. Denuncia especialmente, por ello, la irresponsabilidad de los que quieren hacer política guiados por el Sermón de la Montaña. Cometen el error de creer que las buenas acciones conducen necesariamente a un aumento del bienestar socio-político. No soporta que posteriormente, cuando se evidencien las consecuencias catastróficas o criminales de algo semejante, echarle la culpa al hombre en general, al mundo o al diablo.

La naturaleza de la política profesional tal como la dibuja Weber está en abierta tensión y contraposición con el ideal cristiano del amor y con los ideales del socialismo o el pacifismo internacional, pero lo que pretende transmitir a los oyentes de Munich, por lo tanto, es que los individuos asuman la responsabilidad de sus actos sin buscar coartadas teológicas, económicas, sociales, psicológicas o de cualquier otra índole que les justifique. La ética del convencimiento absoluto o de las convicciones absolutas es tanto una cobardía como una pereza intelectual para extraer las consecuencias de sus propios actos.

Muy por el contrario, el político de vocación que sigue una ética de la responsabilidad, sabe que su pacto con el diablo le exige afrontar “viril” y apasionadamente las consecuencias de sus actos sin refugiarse en la cultura de la queja o en la tentación de la inocencia. En esto reside la modernidad de Weber: en la exigencia de sentirse responsables no sólo de nuestras acciones, sino de la propia condición humana con todo su esplendor y miserias.

Finalmente, sin embargo, dice Weber que la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad no están en una oposición absoluta, sino que ambas son complementarias y sólo juntas hacen al auténtico hombre de puede tener vocación para la política. De este modo, aunque teniendo en cuenta todos los matices expuestos anteriormente, Weber se acoge a una de las ideas básicas de la Ilustración, el de que la virtud se encuentra en el justo medio.

Al final de la conferencia, Weber contrasta lo que expone Shakespeare en su Soneto CII, con su pronóstico de futuro político, donde la noche polar y la oscuridad glacial son los elementos que simbolizan la situación venidera, rompiendo por completo con el paisaje que poetizó Shakespeare siguiendo los patrones del tópico del locus amoenus.

(Tomado de páginas culturales: Le Miau Noir)

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