Trump se va, se queda lo que lo trajo

Por Jorge Zepeda Patterson

Un video grabado en las calles de Nueva York, minutos después de que se anunció el triunfo de Biden, registró un grito de gozo que salía por las ventanas y recorría las calles de Manhattan. Me temo que no era una expresión de arrebato por Biden, como podría haber sido el caso con Obama, sino de alegría por la derrota de Trump. La pesadilla llegaba a su fin.

Personalmente Joe Biden no es un hombre que despierte pasiones, su mayor virtud, si no es que la única es que no es Donald Trump. En circunstancias normales no habría mucho que celebrar con el arribo al poder de un político gris que hizo un arte de la tarea de nadar de muertito durante cinco décadas de vida política en Washington. Seis veces senador, no se le recuerda por haber encabezado un proyecto político que lleve su impronta; simplemente se aseguró de sobrevivir de una época a la otra, manteniéndose cerca de la cresta del poder a fuerza de apoyar la corriente en boga y no hacerse de enemigos formidables. Pero siempre estuvo allí, cuando se necesitó de un candidato de conveniencia que no levantase demasiadas olas.

Podría parecer demasiado poco, pero eso le ha bastado para convertirse en el Presidente número 46 de los Estados Unidos. Sin embargo no habría que escatimar el mérito: es el héroe del momento. Fue el artífice para deshacerse de Donald Trump y eso no es poca cosa. Un respiro para el mundo. Si los primeros cuatro años del empresario neoyorquino ya fueron un factor de desestabilización económica y política mundial, un riesgo para el entramado de instituciones internacionales a las que les dio la espalda y un retroceso de la agenda ambientalista en el planeta, un segundo período podría haber sido aún más terrible. Nunca sabremos cómo habría sido en el poder un Donald Trump en versión aún más desatada, pero por desgracia lo que lo trajo al poder y lo que él desencadenó podrían instalarse entre nosotros por un largo trecho.

De entrada tres preocupaciones de fondo:

Los ciudadanos y el voto de odio. Quedará en el aire la pregunta: ¿cómo es posible que 70 millones de ciudadanos, prácticamente la mitad, votaron esta semana para mantener en el poder a un hombre que se convirtió en epíteto de la mentira, el bullying, el odio, la ignorancia, el narcisismo, el autoritarismo?. Y todavía peor, ¿que aún sabiéndolo tantos estadounidenses lo hubiesen preferido? La única respuesta posible es concluir que Trump es reflejo del ascenso de esos atributos (mentira, odio, narcisismo, autoritarismo) en la conversación pública, en los usos y costumbres de hoy. Celebridades excéntricas y absurdas como Donald Trump siempre han existido, pero el hecho de que una de ellas llegue a ser Presidente significa que millones de personas han abrazado estos valores o, mejor dicho, la ausencia de ellos. Una virtud de Trump es que nunca escondió su amoralidad; fue elegido porque esa amoralidad cínica y egoísta es también la de multitudes. Trump es una mera expresión de algo más profundo y preocupante.

Encrucijada del partido republicano. ¿Qué hará el partido de Lincoln, Eisenhower o John McCain que renunció a códigos no escritos de civilidad y responsabilidad institucional para prostituirse al vaivén de los caprichos y arrebatos antidemocráticos de Trump, a cambio de los votantes que podía atraer? ¿Buscarán al siguiente payaso carismático capaz de capitalizar el fanatismo y el resentimiento o intentarán recomponer una imagen profesional y responsable de cara a los auténticos valores cívicos de la historia estadounidense?

Los ciudadanos y el voto de odio. Quedará en el aire la pregunta: ¿cómo es posible que 70 millones de ciudadanos, prácticamente la mitad, votaron esta semana para mantener en el poder a un hombre que se convirtió en epíteto de la mentira, el bullying, el odio, la ignorancia, el narcisismo, el autoritarismo?. Y todavía peor, ¿que aún sabiéndolo tantos estadounidenses lo hubiesen preferido? La única respuesta posible es concluir que Trump es reflejo del ascenso de esos atributos (mentira, odio, narcisismo, autoritarismo) en la conversación pública, en los usos y costumbres de hoy. Celebridades excéntricas y absurdas como Donald Trump siempre han existido, pero el hecho de que una de ellas llegue a ser Presidente significa que millones de personas han abrazado estos valores o, mejor dicho, la ausencia de ellos. Una virtud de Trump es que nunca escondió su amoralidad; fue elegido porque esa amoralidad cínica y egoísta es también la de multitudes. Trump es una mera expresión de algo más profundo y preocupante.

Encrucijada del partido republicano. ¿Qué hará el partido de Lincoln, Eisenhower o John McCain que renunció a códigos no escritos de civilidad y responsabilidad institucional para prostituirse al vaivén de los caprichos y arrebatos antidemocráticos de Trump, a cambio de los votantes que podía atraer? ¿Buscarán al siguiente payaso carismático capaz de capitalizar el fanatismo y el resentimiento o intentarán recomponer una imagen profesional y responsable de cara a los auténticos valores cívicos de la historia estadounidense?

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