“El imperialismo de E.U más terrible que de la Corona española en México”

CARLOS SALINAS MALDONADO

Con poco más de 400 páginas, Ni siquiera los muertos (Sexto piso), novela del escritor español Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), lleva al lector por un viaje de cinco siglos a través de la historia de México. Seguimos a Juan de Toñanes, un soldado de la conquista venido a menos que espera aburrido en una polvorienta taberna a que las autoridades reconozcan su servicio a la Corona, cuando el virrey de México le encomienda una última aventura: cazar a un indígena rebelde, también llamado Juan, que va por las tierras conquistadas predicando herejías entre los suyos.

En las páginas –con una narrativa que recuerda a El Quijote, las Crónicas de Indias o los cuentos de Rulfo– llenas de cadencia y también humor aparecen la epidemia de 1545 que aniquiló a millones de indígenas, las crueldades de la conquista española, la insurrección contra el conquistador, la revolución mexicana, la migración, la violencia de Ciudad Juárez y sus mujeres desaparecidas, hasta los días de Trump, con su discurso de odio contra quienes intentan llegar a su país en busca de mejores horizontes.

Es una proeza narrativa con la que Gómez Bárcena afirma que quiere demostrar que la historia es cíclica y que los seres humanos parecemos condenados a repetir los mismos errores. “Me interesa el análisis del pasado como vía para comprender al ser humano”, afirma el escritor en esta entrevista realizada por zoom entre Ciudad de México y Madrid.

Pregunta. Su novela ha sufrido, como muchísimos proyectos en este año, el golpe de la pandemia. Salió justo en marzo, cuando Europa y América se cerraban a cal y canto. ¿Cómo ha llevado esos meses de encierro con un proyecto que pedía a gritos ser conocido y reconocido?

Respuesta. No conocíamos el alcance de esto. Yo, y algunas personas a mi alrededor, teníamos la ficción de que duraría unas semanas. Daba rabia que coincidiera justo con la salida del libro. Luego, cuando vas viendo la gravedad de la situación, empiezas a pensar menos en la literatura y más en la vida. Desde luego fue muy duro, porque es el trabajo de tres años. Esto revela lo que vivimos en el mundo editorial, porque si un libro no despega durante los dos primeros meses casi está condenado al desconocimiento absoluto.

Por suerte, y no sé cómo ha sido en México, aquí los libros han gozado de un recorrido diferente, porque los libros de marzo, el mío entre ellos, continúan apareciendo en los escaparates. Ha habido una comprensión por parte de las librerías y el mercado de que estos libros debían tener una vida diferente.

P. Uno de los capítulos más duros relata precisamente la epidemia que aniquiló a millones de indígenas en México durante la conquista. Ahí está el primer guiño de actualidad en una obra crítica con lo que ocurre en nuestros tiempos.

R. Ese guiño fue absolutamente azaroso, porque cuando yo escribí la última línea de la novela allá por noviembre [de 2019] ni siquiera conocía la existencia de este virus. Si escogí tratar la epidemia de 1545 es porque me parece muy sorprendente lo catastrófica que fue, porque está entre las epidemias más graves del mundo, con el añadido de que extermina casi por completo toda una cultura.

Y sin embargo esto no se trata casi en libros, apenas hay fuentes, apenas hay un acercamiento historiográfico a la cuestión. Hoy día ni siquiera estamos del todo seguros de qué fue lo que mató a tantos indígenas en 1545. Hay quien ha hablado de la salmonela, pero no está probado. Y eso me resultaba un desconocimiento muy flagrante, que al final tiene que ver con el sesgo racista de la historia, porque en la medida que no afectó a los europeos me parece que no hubo demasiado interés en tratarla. Y entonces a mí me interesaba mucho tratar la epidemia y al mismo tiempo usarla como símbolo de la destrucción del mundo indígena.

P. La novela es un viaje a ese pasado que vivió México con la conquista. ¿Cómo debemos acercarnos a aquella historia? ¿Simplificarla? ¿Verla bajo la lupa de buenos y malos, conquistados y conquistadores, saqueados o saqueadores?

R. Al final todos estamos simplificando un poco la cuestión y a mí lo que me gusta a la hora de acercarme a la historia, que es algo a lo que está muy vinculada mi obra literaria, es ser lo más profundo y riguroso posible, porque tratar con simplicidad el pasado nos lleva a tratar con simplicidad nuestro presente. Muchas veces escogemos mirar el pasado de una manera para justificar políticas de hoy.

Siempre me he encontrado una posición un tanto difícil dentro de las lecturas de la conquista, porque hay quien ve la conquista como un genocidio sistemático, como un proyecto español de destruir las culturas indígenas. Creo que las fuentes prueban que esto no es cierto en lo absoluto, que al mismo tiempo existieron proyectos humanistas dentro de la conquista, lo que pasa es que no podemos esperar de ellos una sensibilidad contemporánea.

Por otro lado, lo que observo desde España, por lo menos en ciertos sectores, es un intento de ver la conquista como la llegada de la luz a América, como casi un regalo de civilización que concede Europa a los pueblos primitivos. Esa visión me parece terrorífica, porque no podemos obviar las inmensas matanzas, la despreocupación por las epidemias, la esclavitud de facto que vivieron millones de indígenas. Yo con esta novela quería demostrar una posición un tanto intermedia, no por aquello de la equidistancia, sino porque el análisis de las fuentes nos lleva a una posición más matizada.

P. ¿Personalmente cómo la ve ahora?

R. El problema es que creo que la estamos usando con fines políticos de manera muy clara y creo que a veces es una manera, desde México, de apartar el foco de problemas contemporáneos que puede tener, por ejemplo, la población indígena, que es algo de lo que a mí me gustaría que se hablara más. Y desde España, por supuesto, es una forma muy indulgente de ver el propio pasado y también una manera de despertar cierto nacionalismo español que yo por lo menos creía más mitigado, pero que el ascenso de partidos de ultraderecha como Vox claramente me demuestra que me equivoqué.

P. Su novela es un viaje por cinco siglos: Conquista, revolución, la Bestia, migración, Ciudad Juárez y sus desaparecidas, proxenetas, violencia… Es un trabajo que lleva al lector –entre el horror y el humor—por la historia de México, pero también que da la idea de que la historia se repite en sus mismos errores.

R. Sí. Corresponde exactamente a mi visión del mundo. Tengo la sensación de que permanentemente hay ciertas ideas y ciertos discursos que adoptan diferentes máscaras y formas, pero que en realidad van coteando entre épocas de tal modo que muchas veces el análisis del pasado, cuando es profundo, nos da claves para comprender el presente. Me interesa mucho ese proceso de repetición en la medida que seguimos siendo los mismos seres humanos, teniendo unas emociones semejantes, con luchas de poder iguales. Me interesa ese análisis del pasado como vía para comprender al ser humano.

P. Uno de los momentos cumbre de la novela es el que relata el mitin de Trump y la parábola de la serpiente que muerde a quien le ayuda, la oposición entre un Estados Unidos bueno y los migrantes malos. ¿Trump se presenta como la enésima tragedia mexicana?

R. Sin duda. Ese discurso de la serpiente es auténtico. Lo que Trump seguramente ignora es que es una fábula que viene de Esopo. Creo que lo que está haciendo Trump, seguramente sin saberlo, es un nuevo aderezo a partir de ciertos discursos simplistas, de odio, racistas, que llevan siglos funcionando y estableciendo una nueva jerarquía de denominado y opresión basada en una supuesta idea de libertad, relacionada con el liberalismo económico y con el capitalismo galopante en que vivimos. Me interesaba mucho demostrar cómo a través de toda esa tradición finalmente Trump, en ciertos elementos, es una vuelta al origen. Con esto jugaba ya no solo a lo que decíamos antes de que el pasado se repite, sino que la historia tiene una cierta querencia por lo circular.

P. ¿Puede haber un paralelismo en la historia entre aquella conquista española y la opresión que ha intentado imponer a los migrantes mexicanos el presidente de Estados Unidos?

R. Sin duda. Y era uno de los objetivos de la novela, comparar el imperialismo español con el imperialismo estadounidense. Por supuesto presentan muchísimas diferencias, pero hay ciertos elementos en los que el imperialismo estadounidense es más terrorífico que el que sufrió México con la Corona española.

P. ¿Terrorífico en qué sentido?

R. Ya no solo introduce una dominación física, sino ideológica, crea una cárcel del pensamiento en la que el migrante en último término tiene que pelearse con su propia identidad cultural, establecer un grado cero al llegar a EE UU, renunciar y rechazar sus raíces, lo que me parece una amputación de la peor clase.

P. El fin del libro recuerda aquella frase atribuida a Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

R. Efectivamente. Me parece una frase estupenda. Y claro, parte de la tragedia de México es su vecino.

(Tomado de: El País)

 

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