Biden y Francisco: nueva geopolítica de dos imperios en decadencia

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- A pocos días de la jornada electoral estadunidense, el papa Francisco habló por teléfono con el virtual vencedor, Joe Biden, para expresarle sus “felicitaciones y bendiciones”. Con la llamada, el papa apuesta a legitimar a un presidente católico frente al desagrado de Donald Trump, con quien llevó una relación conflictiva.

Biden y Bergoglio guardan profundos paralelismos: ambos sortean circunstancias apremiantes, las crisis estadunidense y católica. Dos fenómenos de naturaleza diferente que están ligados a cierta decadencia. Sin embargo, a pesar de las disimilitudes los dos tienen la misma oposición político-religiosa férrea desde el territorio norteamericano.

La derecha religiosa supremacista, homofóbica y antiderechos ha conspirado contra Francisco, a escala internacional, con recursos cuantiosos y guarda sesgos cismáticos. Esa misma derecha religiosa, de evangélicos y católicos blancos, ha cerrado filas en torno a Trump y se enfila a convertirse en una férrea oposición al nuevo gobierno demócrata. No olvidemos que dos tercios de los evangélicos blancos y la mitad de los católicos votaron por el candidato republicano; incluso se formó en las elecciones un frente católico trumpista.

A pesar de sus diferencias, Francisco y Biden se necesitan mutuamente, enfrentan el mismo enemigo que fue alimentado por el trumpismo. Si bien la disputa político-ideológica tiene su epicentro en la geografía de Estados Unidos, el argentino sabe bien que los combates son globales y se librarán en diferentes puntos del planeta. Por ello, desde el inicio Biden tendió puentes con el papa e intercambiaron agendas. Así manifestó el contenido de la llamada: “El papa expresó su deseo de trabajar juntos sobre la base de una creencia compartida en la dignidad y la igualdad de toda la humanidad en temas como el cuidado de los marginados y los pobres, abordar la crisis del cambio climático y acoger e integrar a inmigrantes y refugiados en nuestras ­comunidades”.

Biden es un devoto católico, mucho más de lo que lo fue Kennedy. Acude regularmente a misa, tiene una honda vida espiritual y su fe es escrupulosa. Le ha ayudado a asimilar las graves pérdidas de su primera esposa e hija en un trágico accidente en 1972 y la muerte en 2015 de su hijo mayor, Joseph, a causa del cáncer. En diferentes oportunidades ha expresado que se identifica con la línea progresista de Juan XXIII y es simpatizante de las aperturas del Concilio Vaticano II.

Biden es afín a temas morales que incomodan la ortodoxia del Vaticano. Aprueba el aborto y tiene apertura a disyuntivas éticas, como la eutanasia, los derechos de las minorías sexuales y los matrimonios igualitarios. Dicho posicionamiento le ha traído durísimas críticas de católicos conservadores que lo han combatido con furia. Ahora, el presidente electo necesita de la legitimidad del papa. Ha incorporado lo religioso en su discurso político como fórmula para encontrar unidad en una nación polarizada y en una democracia en crisis.

Biden invoca a Dios, sabe que la elección ha dejado una nación escindida. Plantea con fuerza alcanzar la unidad, según él, como objetivo sagrado: “Restaurar el alma de América”. Con la ayuda de la fe, quiere reconciliar al país con nuevos pactos. Y ante todo, la sanación de la pandemia, la reactivación económica y la convivencia social. Así lo esbozó en su discurso de triunfo en Delaware, que por la cantidad de conceptos religiosos se asemejó a una homilía ­política.

Para Francisco, el ascenso de Biden va a significar un reacomodo y mayor posicionamiento en la llamada eclesiosfera o geopolítica de la Santa Sede, la que Emile Poulat, sociólogo francés, definió como campo de intervención de la Iglesia católica que pretende inducir, negociar y condicionar al conjunto de los Estados y actores internacionales para favorecer su agenda e intereses religiosos y éticos, así como consolidar la presencia de sus iglesias ­nacionales.

En Europa las posturas de Francisco en materia social se han ido quedando sin resonancia. En especial, la migración es un tema de controversia. Por el contrario, se germina un frente de conservadores católicos europeos que cada vez se acercan a la derecha religiosa estadunidense. Con Biden en la Casa Blanca, sin duda la agenda de Francisco encontraría nuevo empuje en materia de sus posturas sociales, cuidado de la naturaleza, migrantes, mayor atención a los derechos humanos y, sobre todo, su interés por neutralizar e inhibir los ataques golpistas de los católicos conservadores estadunidenses. Seguramente Biden no acompaña el antineoliberalismo del papa ni sus posturas altermundistas en apoyo a los movimientos populares. Y menos la apertura vaticana hacia China.

Conviene recordar las desavenencias y roces entre Francisco y Trump. A principios de 2016 el primero calificó el proyecto del muro con México como una “locura”. En plena campaña de Trump, el papa dijo durante su visita a México: “Una persona que piensa sólo en construir muros y no puentes, no es cristiano”, en respuesta a una pregunta específica sobre los puntos de vista del candidato republicano. “Esto no está en el Evangelio”.

Por su parte Trump respondió con una declaración áspera: “Que un líder religioso cuestione la fe de una persona es una vergüenza”. Las encíclicas de Francisco Laudato Si (2015) y Fratelli Tutti (2020) han causado incomodidad y hostilidad en círculos empresariales tradicionales y amplios sectores republicanos. A pesar de las visitas de Trump al Vaticano, la relación Washington-Santa Sede ha sido muy tensa. El jesuita Drew Christiansen, exdirector de la revista América, señala que el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, utilizó la embajada en la Santa Sede como plataforma para hostigar al papa Francisco. Sobre todo, impugnó públicamente el acuerdo de 2018 entre el Vaticano y Beijing sobre el nombramiento de obispos, ignorando la unidad de la Iglesia y su gobierno interno.

Bajo la administración Trump y desde Roma se ha alentado la disidencia católica a Francisco. Los operadores supremacistas Steve Bannon y Breitbart News han alentado la rebeldía no sólo de la derecha radical católica estadunidense, sino las alianzas con sectores de la curia romana. El centro de maniobras ha sido la embajada en la Santa Sede, a cargo de Callista Louise Bisek de Gingrich, esposa de Newt Gingrich, otro complotista contra Francisco, republicano, expresidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

La Iglesia estadunidense sigue en shock. Sumamente dividida, aún no ha superado los escándalos de pederastia que minaron su credibilidad. Y ahora presenta un preocupante deslizamiento a la derecha en alianza con los evangélicos conservadores. Más de 15 obispos son abiertamente rebeldes al papa Francisco y reniegan de la catolicidad de Biden.

Además de la crítica situación abierta por la pandemia, cuyas repercusiones son económicas, Biden enfrenta la crisis de la democracia estadunidense. La sombra de fraude electoral sembrada por Trump erosiona la legitimidad del inicio de su mandato constitucional. La crisis política de Estados Unidos y la crisis cultural de la Iglesia católica acercan a Biden y a Francisco. ¿Sabrán convenir sus diferencias? ¿Serán capaces de unir fuerzas para enfrentar al enemigo común? Nos referimos al fundamentalismo político-religioso que está cobrando una inmensa fuerza a escala internacional. Lo veremos pronto.

(Tomado de: Proceso)

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