El pasado como rencor y anacronía

El mismo error conceptual de AMLO de meter a los pequeños empresarios en el mismo saco de los grandes magnates gestó la aberración de tratar al personal de salud que labora en farmacias, clínicas u hospitales particulares como si fueran los dueños de la industria farmacéutica u hospitalaria.

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El presidente López Obrador cometió en días pasados una injusticia: regateó la vacuna anti covid a los médicos particulares. En medio de las usuales descalificaciones a sus “adversarios” –la más reciente le tocó a Roger Bartra, a quien le negó el certificado de pureza izquierdista– relegó en el programa de vacunación a los trabajadores de salud de instituciones privadas, al tratarlos como si no lo fueran de primera línea y no corrieran el máximo riesgo. Permítaseme analizar ahora, a propósito de este acto de discriminación, una vertiente de la ideología de AMLO –el estatismo– en la inteligencia de que en el tema de la congruencia los hechos son más importantes que los dichos.

Lo escribí hace seis años: la esencia de la izquierda es el igualitarismo. “Cuando es ineluctable optar, la izquierda favorece la igualdad a costa de la individualidad y la derecha privilegia la individualidad por encima de la igualdad”, y por ello la izquierda exige la acción igualadora del Estado (La cuarta socialdemocracia, Catarata, 2015).

Pero el diablo está en los detalles. Tomo el caso de la política energética como bastión estatista de la 4T. Para combatir la desigualdad es imperativo reivindicar la cosa pública, alevosamente denigrada por el neoliberalismo; ¿por qué rayos se ata lo estatal a las energías sucias y se deja a la iniciativa privada la bandera de las energías limpias, si eso nos aleja de esa reivindicación? En vez de haber gastado tanto dinero en Pemex, AMLO lo pudo haber invertido en una empresa productiva del Estado en el modelo de la noruega Statoil –algo así como Elimex, Energías Limpias Mexicanas–, capaz de competir con productores privados de energías solar y eólica, que representan una apuesta sostenible y ambientalista y ante las cuales México tiene una posición privilegiada.

Voy más allá. Si de igualar se trata, es más útil una reforma fiscal progresista que mil golpes de voluntarismo casuístico. Cierto, al empresariado le disgustan los aumentos de gravámenes, pero los preferirían a la incertidumbre provocada por un presidente proclive a jugar vencidas y a cambiar discrecionalmente reglas previamente establecidas.

Una izquierda seria –dejémosla en ese adjetivo– no presiona a los empresarios para que compren boletos de una rifa, ni los zahiere si recurren a instancias legales para defenderse, ni los trata bien o mal según se plieguen o no a sus designios. En buena tesis socialdemócrata los más grandes contribuyentes pagan más para financiar un Estado de bienestar, pero saben a qué atenerse y corroboran que sus impuestos se emplean de manera transparente.

El problema es que, mientras algunos izquierdistas buscan igualar, otros quieren vengarse. Unos apoyan a las mipymes en la pandemia para amortiguarles el golpe de la crisis y evitar que se rompa la cadena productiva, otros les niegan recursos. El mismo error conceptual de AMLO de meter a los pequeños empresarios en el mismo saco de los grandes magnates gestó la aberración de tratar al personal de salud que labora en farmacias, clínicas u hospitales particulares como si fueran los dueños de la industria farmacéutica u hospitalaria.

¿Tan difícil es entender que quienes atienden pacientes en esos centros privados no son parte de “la minoría rapaz” y que también se juegan la vida? Sólo en la lógica del viejo binarismo marxista –el que, por cierto, Bartra abandonó en buena hora para pasarse a las filas de la socialdemocracia– se puede poner en el mismo compartimento a la clase alta y a la clase media, a la cual se cataloga como pequeña burguesía y se le viste con el uniforme del enemigo a vencer.

Regatear vacunas a médicos, enfermeras y camilleros que no trabajan en el sector público es una mezquindad que sólo puede explicarse por la obnubilación que suscita el resentimiento. Las mismas extrañas razones que, consciente o inconscientemente, llevan a AMLO a no distinguir a los changarreros de los banqueros beneficiados por el Fobaproa –parece que ya no quiere saber quién se la hizo en 2006 sino quién se la pague– lo llevan ahora a discriminar al personal hospitalario de instituciones privadas.

Para evaluar la congruencia de un gobernante de izquierda no se necesitan ver más credenciales que sus resultados. ¿Está o no forjando una sociedad más igualitaria? ¿Está gobernando para todos los ciudadanos o está marginando a quienes desea castigar por haber detentado algún privilegio o por ser parte del gremio que se opuso a su candidatura? ¿Es justicia o es venganza? Y en el ámbito ideológico, dicho sea de paso, ¿se quiere reeditar el politburó de uno? Roger Bartra, un hombre de izquierda que se volvió socialdemócrata por la vía de la reflexión y en medio de un debate de ideas –de esos que eran caros al izquierdismo–, ya fue anatemizado. No importan sus extraordinarias aportaciones académicas ni su honestidad intelectual: criticó al “primer izquierdista de México” y fue linchado en redes sociales.

¿Y si dejamos el pasado en paz, como fuente de rencor y como abrevadero de anacronías? Mi propuesta es esta: aceptemos que el Estado es la sociedad políticamente organizada, recordemos que vale lo mismo la vida de un médico público que la de uno privado, hagamos a un lado la geometría política y analicemos qué agenda legislativa y de políticas públicas produce menor desigualdad y mayor bienestar social.

Nos daremos cuenta de que mirar al futuro sirve más para resolver los problemas del presente que aferrarse a ayeres dolorosos y a tiempos caducos.

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