La ruptura Sheinbaum-López Obrador
Cuando Claudia Sheinbaum asumió la Presidencia de la República le recomendaron separarse de Andrés Manuel López Obrador, “correrse al centro”, al mismo tiempo que la acusaban de someterse a su antecesor, y con el paso del tiempo inventaron un alejamiento entre ambos que, en estos días del fugaz regreso de Rubén Rocha Moya y la visa de Andrés López Beltrán, se dio como rompimiento, una fantasía que —otra vez— ha tenido como correlato la misoginia y la nostalgia autoritaria.
Los autores de tales insidias provienen del rancio conservadurismo prianista y más específicamente de los adictos a Carlos Salinas de Gortari, los mismos que dominan los espacios informativos de México y que se potenciaron en el sexenio de este personaje marcado por el fraude electoral, la alta corrupción y la represión política, incluyendo la desaparición y el asesinato.
No porque Salinas de Gortari haya dejado la Presidencia que se robó en 1988 significa que haya dejado de tener poder e influencia, que ejerce en los ámbitos económicos, políticos, académicos e intelectuales, y cada vez con menos eficacia a través de sus medios y opinadores, que miran la realidad nacional con las viejas categorías de análisis, la escuela priista del verticalismo, el presidencialismo exacerbado y la corrupción en serio, no tonterías.
Son estos ejemplares del salinismo, y sus aprendices, los que invocan una ruptura entre Sheinbaum y López Obrador, como la que hubo entre Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo en 1994. Nada más que no hay paralelismos, ni tiempos ni circunstancias ni personajes análogos.
En primer lugar, en la actualidad no hay una crisis económica tan devastadora como la que estalló en diciembre de 1994, que arrojó a la pobreza a millones, que despojó de su patrimonio a otros tantos y que endeudó al país con el Fobaproa por el rescate de banqueros, empresarios y políticos. No hay ni crisis.
Zedillo rompió con Salinas de Gortari por haberle entregado la economía de México pendiente de alfileres y luego él se los quitó, como le respondió el otro irresponsable, en una diatriba que devastó a la Nación y que arrojó a ambos al basurero de la historia. No se olvide que la inaudita corrupción de Raúl Salinas también los enfrentó.
En segundo lugar, Sheinbaum triunfó con el 60 por ciento del electorado, que contrasta con la condición fraudulenta de Salinas y del propio Zedillo. Si el primero inició con acciones espectaculares, fue por su condición espuria y el segundo se abrió a una Reforma Electoral precisamente por la inequidad de su elección y por el daño que hizo a la economía de México.
¿Por qué habría Sheinbaum de distanciarse o de romper con López Obrador si ambos gozan, juntos y por separado, de un respaldo popular que Salinas y Zedillo jamás tuvieron, ni siquiera Vicente Fox y menos Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto? ¿Qué gana la Presidenta de México apartándose de su antecesor? Nada.
Los nostálgicos del autoritarismo priista, los que abrevan del salinismo que llegó al poder con crímenes y que lo ejerció como monarca —hasta regaló gubernaturas al PAN y corrompió intelectuales—, ven una golondrina y concluyen que es verano. De pronto, al deslenguado Rocha Moya le da la gana volver a la gubernatura de Sinaloa, y es la evidencia de que Sheinbaum no tiene poder y que quien manda es López Obrador.
¿Pruebas? Ni una sola. La sola palabra de los analistas, faltaba más, y que son los de la sucia escuelita de “la verdad ya es irrelevante”.
Los analistas del salinismo afirman también que hoy no hay Secretaría de Gobernación como cuando estaba “don Fernando”, el torturador y asesino Gutiérrez Barrios; no hay “mano dura” como con Calderón y el narcotraficante Genaro García Luna, con quienes esos analistas retozaban; no hay “oficio político” como con el PRI de Peña Nieto, que era muy corrupto, pero daba “apapachos”, y hasta extrañan al flácido Santiago Creel y su coordinadora de asesores, María Amparo Casar, que se hizo millonaria a la mala.
Desde su candidatura presidencial hasta su primer tercio de Gobierno, cuyo Segundo Informe presenta este martes 1 de septiembre, el prianismo misógino ha querido “calar” a Sheinbaum y se han ido llevado sorpresas.
Sheinbaum ha tenido que hacer a un lado a personajes que, impulsados por López Obrador, se volvieron disfuncionales para su proyecto sexenal: Adán Augusto López Hernández fue orillado a separarse de la coordinación de Morena en el Senado por el escándalo de La Barredora y el Fiscal Alejandro Gertz Manero dejó el cargo para irse de Embajador.
El pleitazo de Luisa Alcalde con López Beltrán en la dirigencia nacional de Morena, que ponía en riesgo la elección intermedia de la Presidenta Sheinbaum, implicó también la sustitución de ambos, en la lógica de la eficacia electoral, no de ruptura con López Obrador.
Y en los meses que siguen habrá, seguramente, más movimientos en el Gabinete presidencial, en la lógica también de eficacia como Gobierno en el segundo trienio y para preparar la sucesión con el suficiente margen de maniobra, en medio de tantas fuerzas y grupos con intereses legítimos y espurios que es la Cuarta Transformación.
La coalición de Morena con los partidos Verde y del Trabajo también implica una intensa negociación para la distribución del poder —esa es la democracia—, pero no hay ninguna racionalidad entre tener estos objetivos y romper con López Obrador, en lo que sería devastador para ambos, sobre todo por lo que les importa la historia.
¿Por qué López Obrador querría manchar su legado con afanes transexenales y de influencia indebida sobre Sheinbaum? ¿Por qué habría de querer imitar a Plutarco Elías Calles? ¿Por imponer a su hijo en la Presidencia de la República? Ya ni es secretario de Organización de Morena. Y aunque quisiera impulsarlo, el carisma no se hereda ni los mexicanos son súbditos de nadie.
En realidad, los analistas del salinismo que invocan una ruptura Sheinbaum-López Obrador, los que la anhelan sin base racional alguna, son quienes calculan políticamente que sólo un pleito podría darles una oportunidad para obtener lo que por sí mismos no han podido lograr, ni con Xóchitl Gálvez ni ahora con Ricardo Salinas Pliego, engendro del salinismo.
Finalmente, no es tan estúpido el razonamiento y la apuesta del salinismo: una ruptura entre Sheinbaum y López Obrador devastaría al movimiento que ambos fundaron y que ya triunfó dos veces de manera avasalladora. Los dos saben del inmenso costo histórico y eso es, precisamente, lo que la hace inviable…
(SinEmbargo)