La seguridad del fuerte es la carga del débil
Es obligado iniciar esta columna con un paréntesis luctuoso para reconocer el papel crucial que desempeñó el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas como detonante y líder de la movilización ciudadana de 1988 y que finalmente puso fin al largo ciclo del autoritarismo priista para abrir el camino que ya ha empezado a recorrer la democracia mexicana. Gracias ingeniero Cárdenas.
El que un país sea considerado por una gran potencia vecina como parte de su zona de seguridad suele implicar quebrantos para quienes la geopolítica coloca en esa situación. Ese costo puede ser tan alto como el que Cuba viene pagando desde los 1960 cuando el gobierno de Washington decidió que el cambio de régimen revolucionario en la isla era un factor de inseguridad.
En Europa hoy Ucrania está siendo convertida en un país inviable porque Rusia considera que a partir de 2014 la alianza de facto entre los gobiernos de Kiev y la OTAN convirtió a ese país en una amenaza a su seguridad y le ha declarado una guerra que puede llevarle a ser un país inviable tras pagar un gigantesco costo social. Ya antes Georgia, y tras un conflicto similar pero muy corto, optó por decir no a la invitación de la OTAN.
Desde 1955 Austria prefirió declararse formalmente neutral y negoció con éxito la salida de las tropas soviéticas que la habían ocupado tras su derrota en la II Guerra Mundial.
Veamos ahora con igual lente el caso de México y su evolución como el vecino débil de un país que al cierre del siglo XIX ya era una potencia y que hasta hoy se mantiene como la de mayor fuerza militar del mundo.
El México recién independizado fue visto por Estados Unidos como un espacio poco defendido y muy propicio para su proyecto de expansión territorial. Antes de apoderarse por la fuerza de la mitad norte de nuestro país e incluso antes de ser considerados una potencia, los norteamericanos aseguraron su frontera norte vía la guerra de 1812 con Inglaterra y más tarde la ocupación del Oregón.
La guerra angloamericana que se prolongó hasta 1815 no llevó a una victoria clara de ninguna de las partes – Inglaterra, más fuerte, estaba centrada en su guerra contra Napoleón. Sin embargo, dos cosas quedaron claras entonces: Londres no tenía interés en la reconquista de Estados Unidos ni éste podía expandirse hacia el norte. En cualquier caso, esa frontera entre la excolonia y su antigua metrópoli dejó de ser problema de seguridad para Washington.
El caso de la frontera con México fue diferente. En cuanto los norteamericanos concluyeron su guerra civil en 1865, Washington ejerció presión sobre Francia para que retirara de nuestro país la fuerza de ocupación que había respaldado el proyecto europeo de sostener a un príncipe austriaco como emperador pero que era visto como un riesgo por el país de la “Doctrina Monroe”.
Desocupado México por Francia y teniendo a los océanos Atlántico y Pacifico como defensas frente a Europa, unos Estados Unidos que ya habían iniciado su revolución industrial consideró que sólo necesitaban una marina poderosa y comunicada por un canal en Panamá (1914) para sentirse seguro frente al mundo.
Ya como gran potencia al despuntar el siglo XX, Washington aprovechó los efectos de la Revolución Mexicana y de la I Guerra Mundial para marginar de manera efectiva la presencia económica y política de las potencias europeas al sur de su frontera.
Victoriano Huerta primero y Venustiano Carranza después fueron presionados para que no intentaran repetir la política de Porfirio Díaz de balancear la influencia norteamericana con la europea. Por su parte, Europa ni siquiera intentó recuperar el papel que había tenido en la era porfirista.
Durante la llamada Guerra Fría entre la URSS y Estados Unidos (1947-1991) México resultó ser, por su estabilidad política y por la orientación conservadora de sus élites políticas y económicas, un eslabón ideal en la cadena de seguridad norteamericana. El factor soviético tuvo una importancia apenas marginal en la vida política de un régimen donde las ideas e instituciones ocuparon casi todo el espacio ideológico y cuyo aparato de seguridad neutralizaba de manera efectiva a la oposición.
El fin de la Guerra Fría en 1991 hizo innecesario que Washington se preocupara por la aparición del pluralismo político en México, pero entonces ya habían aparecido en el mapa de la seguridad del gobierno norteamericano dos amenazas mexicanas no ligadas a ninguna potencia externa: la migración masiva y el contrabando de drogas prohibidas en el mercado norteamericano.
El gobierno de Eisenhower recurrió entonces a la deportación masiva y el de Nixon a la “operación intercepción” como medidas para detener tanto el flujo migratorio como el narcotráfico. Esas políticas fracasaron, pero con diferentes modalidades e intensidad ambas se han mantenido y radicalizado.
Las amenazas reiteradas del Presidente Donald Trump de llevar al cabo ataques selectivos en territorio mexicano contra los carteles de la droga y las espectaculares redadas para capturar y deportar a miles de indocumentados en calles y campos norteamericanos han cargado de elementos muy negativos la actual relación de México con su vecino del norte.
Veamos el tono de una lista parcial de tales amenazas. Tan sólo en este año el jefe de la Casa Blanca ha hecho siete menciones de esa índole y que van del 3 de enero cuando señaló que “Los cárteles gobiernan México. Ella [la Presidenta Sheinbaum] no gobierna México”, a la del 7 de marzo donde aseguró que Estados Unidos no iba a permitir que la captura del Gobierno mexicano por el crimen organizado se consolidara, hasta la del 15 de octubre donde insistió en que “lamentablemente, los carteles controlan México” porque sus autoridades eran incapaces.
De no ser por lo errático de la conducción y discurso político de Trump, cualquiera de esas acusaciones pudría ser tomada como el preludio para una acción directa de la gran potencia en México, sobre todo porque ignoran las declaraciones de nuestra Presidenta en el sentido que una acción unilateral como la sugerida por Trump es inaceptable e ignoran también el empeño con que las fuerzas armadas y de seguridad mexicanas están enfrentando a las organizaciones criminales.
Aún más importante es que no se percibe en Washington un esfuerzo por resolver dentro de sus fronteras la otra parte de la ecuación del narcotráfico: la demanda de drogas en ese país ni tampoco hay una política vigorosa encaminada a cortar el contrabando de armas norteamericanas hacia México.
En esta coyuntura suponemos que los juicios y amenazas de Trump han sido en buena medida producto del caldeado ambiente electoral que a lo largo del año ha dominado en Estados Unidos, aunque, finalmente, con Trump nadie puede estar cierto que ese lenguaje amenazador no se convertirá en una acción violenta.
Conviene no olvidar lo acontecido en la sierra de Chihuahua en abril de este año, donde un accidente puso al descubierto un operativo contra un narco laboratorio y en el que participaron varios agentes de la CIA sin que el gobierno federal fuera informado pese a la advertencia explícita y reiterada de la Presidenta de que por nuestra legislación sólo con autorización y supervisión del gobierno federal podría efectuarse operaciones como la de Chihuahua.
La CIA fue creada al inicio de la Guerra Fría para actuar fuera de Estados Unidos sin tomar en cuenta las limitaciones de la soberanía de los otros. Justamente las misiones ilegales de esa organización son parte central de su razón de ser y México ha sido, es y será objeto de la vigilancia norteamericana legal o ilegal por estar situado en su zona de seguridad, al respecto véase el libro de Jefferson Morley, Our man in Mexico: Winston Scott and the hidden history of the CIA, [2008]).
En resumen, ninguna norma legal puede resguardarnos de manera efectiva de la realidad geopolítica. Sin embargo, estamos obligados a proteger al máximo posible nuestra identidad y razón de ser como Nación soberana y por principio debemos rechazar y deslegitimar las demandas o presiones norteamericanas que sean producto de la asimetría de poder, aunque sabiendo que en la práctica toda relación entre el fuerte y el débil en su zona de seguridad requiere de este último valor combinado con realismo y prudencia.