Un no rotundo a la discriminación
Armando Alfonzo Jiménez
Durante muchas etapas de la historia de la humanidad prevalecían las prácticas de la discriminación y se aceptaban como si fuera algo normal.
Recordemos en la antigua Roma como un número reducido de varones eran considerados personas. Los demás vivían oprimidos entre dominio arbitrario, esclavitud y vejaciones.
Hasta hace pocas décadas las mujeres han logrado ser consideradas con equidad y contar con un estatuto jurídico para que gocen plenamente de sus derechos. Aunque es mucho lo que falta por hacer para que alcancen niveles óptimos en el ejercicio de su dignidad.
En muchos países del mundo se alienta la xenofobia. Millones de migrantes, quienes se ven en la necesidad de irse de su lugar de origen a buscar mejor fortuna, suelen ser tratados como si fueran delincuentes.
Sin duda alguna, la discriminación ha sido germen del autoritarismo. La dignidad es el valor esencial de toda persona, lo que nos hace iguales y, por tanto, titulares de todos los derechos fundamentales y de todas las obligaciones cívicas.
A partir de nuestra dignidad, aspiramos a consolidar un proyecto de vida que nos colme en el sentido de nuestros anhelos y expectativas.
En el caso de México, en la Constitución mexicana, en su artículo primero, se prevé una prohibición absoluta contra todos los tipos de discriminación, sea por origen étnico o nacional, género, edad, discapacidad, condición social, creencia ideológica, opiniones, preferencias sexuales, estado civil o cualquier otra que lesione la dignidad humana y tenga como propósito anular o menoscabar los derechos y las libertades fundamentales de las personas.
Cabe llamar la atención que esta cláusula constitucional, en su versión primaria, fue incorporada en el texto de la Ley suprema en agosto de 2001, casi 10 años antes de la gran reforma constitucional en materia de derechos humanos, de junio de 2011.
El nuevo paradigma constitucional establece todo un sistema de derechos humanos y de garantías., incluidos principios y criterios de interpretación. En lo particular, todo esto fortalece al derecho a la no discriminación.
La diversidad, en todas sus manifestaciones, es el signo de nuestro tiempo. En una democracia, se deben mantener los brazos abiertos, con respeto y tolerancia, para cualquier expresión. Hoy en día, el pluralismo nutre a las sociedades.
Respetarnos tal y como somos tendría que ser un compromiso cotidiano y el reconocimiento de que todos somos dignos de vivir nuestra vida como queramos sin buscar pisotear a los otros.
Armando Alfonzo Jiménez es Constitucionalista
@ARMANDOALFONZO
(El Heraldo de México)