Un nazi en Teotihuacán
El pasado 20 de abril un sujeto de nombre Julio Jasso perpetró una balacera en Teotihuacán, ataviado con pantalones y botas tácticas y cubierto el rostro con un cubrebocas y lentes oscuros. En su crimen, el tipo asesinó a una persona y dejó lesionadas a varias, todas ellas turistas, en una barbarie que acompañó con una serie de bravatas en contra de los extranjeros y lanzaba amenazas mortuorias; y quien, luego de ser rodeado por agentes de seguridad que repelieron el ataque, se suicidó.
La versión oficial de las autoridades, expuesta por el Fiscal mexiquense Luis Cervantes, explica que el hombre padecía algún tipo de problema psicológico y que fundamentalmente su crimen fue una estrategia de imitación, que en inglés se conoce como copycat. Aunque Cervantes no especificó qué hecho copió Jasso, se intuye que se trata de la masacre de Columbine, perpetrada por dos adolescentes estadunidenses exactamente el 20 de abril de 1999, misma que el propio Jasso reivindicaba en sus perfiles de redes sociodigitales.
A pesar del suicidio del perpetrador del ataque, que en apariencia cerraría el caso, es necesario compartir algunas líneas sobre el aspecto ideológico que rodea al hecho. En primera instancia, en un detalle que no es menor, el crimen cometido por Jasso ocurrió exactamente la fecha de cumpleaños de Adolfo Hitler, cuestión que en Columbine resultó incidental, pero en el ataque en Teotihuacán podría ser reveladora, porque de entre lo poco que se sabe del tirador es que, efectivamente, era admirador de las ideas del nazi alemán.
Y aquí resalta un hecho. El nazismo en México ha sido un fenómeno marginal pero relevante cuya trayectoria incide en las derechas contemporáneas. Bien vale hacer un breve recorrido de ese fenómeno para tratar de entender al tipo de gente que interpela y las consignas y prejuicios que enarbolan.
En noviembre de 1922, poco después de la marcha de Roma de Mussolini, se fundó en México el Partido Fascista Mexicano, un grupúsculo irrelevante de fifíes decadentes, como los llamó el historiador y periodista Carleton Beals, cuya mayor preocupación era oponerse al proyecto agrario de la Revolución Mexicana y reivindicar el carácter religioso del país, al cual la Constitución Mexicana sentían había vulnerado.
Si bien ese partido no tuvo impacto político mayor, parte de su agenda religiosa asemejó mucho a la de los cristeros en el alzamiento estallado en 1926 en oposición a la ley Calles; en un grupo conformado por soldados religiosos donde algunos creían combatir un real anticlericalismo del gobierno posrevolucionario mexicano, pero una parte importante de los alzados estaba compuesta por fanáticos envilecidos y violentos que querían un retroceso antisecular en México y devolver el país a las catacumbas del oscurantismo.
La cristiada fue un vehículo y correa de transmisión de dos consignas. Una tenía que ver con el conservadurismo religioso mexicano debilitado desde la Guerra de Reforma de 1857, y otra tuvo que ver con importar, a través del respaldo que dio el Vaticano a los alzados cristeros, ideas del pensamiento reaccionario europeo; donde en ese momento el Papa, asustado por la reciente consolidación de la Unión Soviética, pensaba que se avenía una revuelta mundial comunista y que habría que hacerle frente a como diera lugar. Pensamiento que compartían personajes como Mussolini, y, luego de 1922, un austriaco mudado a Baviera de apellido Hitler.
Así, la cristiada reconfiguró el pensamiento de las derechas mexicanas, que tuvieron un derrotero antidemocrático en la creación de grupos armados, como los Camisas Doradas de Nicolás Rodríguez, opuestos también al agrarismo revolucionario, y en organizaciones secretas, fanatizadas, partidarias de la violencia, cuya consigna, al igual que los Camisas Pardas alemanes, era oponerse a una presunta conspiración judeo-masónica-comunista en el mundo.
Pero esta inercia fascista tuvo presencia también en grupos políticos protagónicos de la vida pública mexicana del siglo XX. Ahí resaltan dos. El primero de ellos fue el Sinarquismo, movimiento protopartidista numeroso en el centro del país que, si bien era una especie de cristerismo por la vía pacífica, entrañaba personajes reivindicadores del fascismo, como los publicados por la Editorial Jus de Salvador Abascal. Y el otro fue ni más ni menos que el PAN, partido cuya vena fundadora corrió a cuenta de intelectuales, abogados, clasemedieros ilustrados y más sectores demócratas. Pero también tuvo una raíz en una cauda de nazis declarados o franquistas furibundos, como Jesús Guiza o los panistas que escribían en la revista nazi La Reacción (?).
La consolidación de la Guerra Fría en la década de 1950 acrecentó la ansiedad de estos grupúsculos y corrientes que, pese a la derrota del fascismo en 1945, y alineados con la dictadura franquista, a la que como mexicanos se sentían cercanos, vivieron momentos de activismo y ansiedades permanentes bajo la idea trasnochada de que se avenía una revuelta comunista mundial y ya no había dique contra eso en Europa.
Con el paso de los años, esos grupúsculos fueron ganando presencia en partidos políticos como el PAN, en aras de tener participación electoral, y llegaron al poder en partes del gabinete de Vicente Fox en 2000, donde nombres como el hijo del sinarquismo Carlos Abascal o abiertos fascistoides como Ramón Muñoz, perteneciente a las organizaciones secretas como El Yunque, dieron identidad ultraderechista al que se pretendía como gobierno plural del primer Presidente panista en la historia.
En ese tránsito, el fascismo y las simpatías por Hitler, al igual que en Europa, se atrincheraron en grupúsculos automarginales o ínfimos, como el club de lectores de la literatura nazi del panfletista Salvador Borrego, biógrafo de Hitler y primer negacionista del Holocausto en lengua castellana; y en grupos juveniles de rock pesado o expresiones de la contracultura reaccionaria, como el Frente Nacional por la Familia de 2016, apoyado por una célula de neonazis que, haciendo más el ridículo que ruido, salieron a marchar en ese año en favor de la “familia natural” y en contra de los grupos LGBT.
Las ideas supremacistas, patriarcales y violentas de estos grupos se mantuvieron en varios personajes de la política, que en sus respectivas plataformas debieron verse obligados a enfrentar resistencias y matices a su proyecto dañino, mientras que los grupos marginales fascistas han padecido en México una saludable irrelevancia.
De ahí que resalte la importancia de un personaje como Julio Jasso, quien reivindicando esas ideas perpetró un crimen indecible que se asemeja al de los múltiples que ocurren en Estados Unidos cometidos por hombres blancos llenos de incertidumbres en sus vidas. Es quizá la primera vez que con estos indicios ideológicos se comete un crimen motivado por la patraña fascista en el país y se hizo contra turistas extranjeros, cuya nacionalidad resulta más relevante que el escenario, un sitio arqueológico del cual el perpetrador no hizo ninguna reivindicación. Así, no es que Jasso resaltara su identidad mexicana, más bien sólo explotó su xenofobia.
Y justamente con eso en mente, bien valdría la pena poner en la mesa dos reflexiones: la primera de ellas, resaltar a los responsables que han hecho del discurso de odio o de la banalización del fascismo en el debate público, como los orcos iletrados que creen que el fascismo es simplemente la estética militar o alguna otra sandez.
Y también debemos preguntarnos qué consecuencias tiene en el país la precariedad y la ausencia de cuidado de la salud mental. Porque hay que decirlo, si bien es injusto decir que todas las derechas son nazis, es verdad que todos los que perpetran discursos de odio en México son de derechas fascistoides. Y nunca está de más exigirle cuentas al odio y mentiras que este sector completo del espectro político esparce, y que luego sólo sirve de insumo para radicalizar a las peores minorías de este país.
(SinEmbargo)