10 August, 2026
Ri-dí-cu-los
Columnas 1

Ri-dí-cu-los

Ago 9, 2026

Alejandro Páez Varela

Uno

En 1959, el Ministro de Economía Alvaro Alsogaray, uno de los padres fundadores argentinos del llamado “ajuste transitorio” (pedirle a la población sacrificios), prometió a su nación: “Hay que pasar el invierno” y después nos recuperamos. México tiene historia en eso; unos casos más patéticos que otros, sobre todo de las tres décadas malditas: 1970, 1980 y 1990.

En 1995, con millones de mexicanos atropellados por la miseria súbita, Ernesto Zedillo recurriría al clásico lloriqueo de “apretarse el cinturón” y de que viene la “medicina amarga”, pero es para curar. Mentiroso. Mentirosos todos. Nunca nadie debería olvidarlo. Fueron 14 millones de mexicanos los que cruzaron en meses hacia la pobreza. Los jóvenes deben entenderlo: las familias lloraban de angustia. No pasó hace mucho. Hubo suicidios entre los que perdieron todo.

¿Y saben a quiénes no les fue mal? A los políticos; a empresarios e intelectuales; a dueños de los medios. Para las élites, todo bien, todo chido. “¡Es un demócrata!”, aclamaban a Zedillo en aquellos años, y todavía lo entrevistan y le besan la mano al mismo tiempo. Ridículos. Lo amaban y lo siguen amando porque les regaló un paracaídas mientras millones nos íbamos al vacío en una aeronave en llamas.

Argentina va hacia allá. Otra vez. De la mano de neoliberales, ultraliberales, iliberales o libertarios, como quieran llamarle. De la mano de una bola de vendedores de humo con contactos en Washington y cómplices del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, capaces de venderle su madre al Presidente gringo a cambio de “cash”.

Que no se olvide. Argentina no aprendió su lección y acá, si se olvida, pueden repetirlo. Aprovechándose del olvido, pueden repetirlo. Presidentes de PRI y de PAN, en complicidad con élites que se enriquecieron en la fiesta macabra del saqueo, bailaban mientras millones arrastraban su desesperanza. Lo he visto, no lo olvido. Argentina toca en bucle una misma canción: la canción de la desesperanza. Escucho la tonada cómo toma fuerza y siento escalofríos.

Dos

Trump trata de una manera especial a la Presidenta de México. Y es porque ve lo que no le gusta, pero también ve lo que es innegable. Ve que tiene niveles que él no tiene en popularidad, y ve que está haciendo su tarea y lo que allá, para lograr ese trato especial, se le pide. Aunque le duela a periodistas, intelectuales, académicos, dueños de medios.

Hay muchas maneras de medir a Trump frente a otros mandatarios, afortunadamente, además de a Claudia Sheinbaum. Y de adivinar el rumbo de las cosas.

El 4 de octubre próximo, Lula le dará una lección inolvidable al Presidente de Estados Unidos porque pensaba que los brasileños se doblarían al ver brillar la moneda en el piso, como lo hicieron, por desgracia, muchos votantes argentinos. No sucederá. El promedio de encuestas dice que Lula está arriba por entre ocho y 10 puntos del junior Bolsonaro, y él no sube mucho, pero el ultraderechista trumpista baja fuerte. Hay tiempo para echarse al mediocre ultraderechista en la primera ronda. Hay tiempo para una picanha.

Ora lo otro: Argentina. Le dará otra lección a Trump, porque el curso que lleva ese barco es el desfiladero. No veo solución que no duela. El peso argentino en su peor nivel; regalan y regalan concesiones y la industria se diluye; la deuda en niveles récord. Ojalá no arrastre a la región cuando truene. Fue la directora gerente​ del FMI, a ver a Milei a Buenos Aires. Le dio un trato indigno en público. Le daba órdenes, harta del payaso a su lado. ¿Sabe qué hubiera pasado con esa mujer frente a AMLO o frente a Sheinbaum? ¿Imagina algo así?

Si en noviembre pierde Trump, tendrá que dedicar su tiempo a defenderse. Las payasadas de Milei no le harán gracia, estoy seguro. Pero tampoco puede hacer más: le regaló 20 mil millones de dólares en swaps y otros 20 mil millones limitados por Ley. Ahora tendría que ir al Congreso (el Congreso que perderá) para volver a rescatar a Argentina. No pasará.

Pero en México, Sergio Sarmiento llora conmovido con sólo imaginarse a un Milei en el poder e intelectuales como Héctor Aguilar Camín quisieran que adelantaran las elecciones para que su Salinas Pliego fuera Presidente, con el resultado que sea.

No les importa México. Les importan sus intereses. Y no se dan cuenta que el trumpismo se desmoronará antes que derrotar un proyecto anclado en la Nación.

Dijo Demetrio, tirando una piedrecita barranco abajo: “Mira esa piedra como ya no se para”.

Ojalá hubiera dicho: Ri-dí-cu-los. Ri-dí-cu-los y pa-té-ti-cos.

Tres

Cuando llegué a esta ciudad desde el desierto, me asombraba que creciera musgo en las banquetas. Me enamoré de la capital de mi país: a qué paraíso he venido, me repetía. Imágenes que no olvido, como no olvido mi urgencia por conocer gente. Cubría las marchas para acercarme a reporteros; iba a conferencias para aprovechar el café y sacarle plática a alguien para encontrar un empleo fijo. Vendía texto por texto, pero estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa dentro de la Redacción con tal de no pasar hambre. Alguien me descubriría, pensaba.

Fui mandadero, esquemador, reportero, editor; estuve en el archivo, en el telex, tomando llamadas, en la guardia, en la madrugada. Conozco mi oficio desde la escoba hasta el voceo. Conozco la Caja California y las prensas planas, desde las Chandler hasta las piratas y es porque los viejos vendaban a mi padre adolescente porque podía armar y desarmar a ciegas un linotipo.

Ahora leí de un señor que dice que “un clima de censura” en México lo dejó sin trabajo. Ridículo. Gente ridícula: ¿de dónde salen tantos así? Un malentendido le permitió brincar a las páginas editoriales de Reforma y pensaba que ya era periodista. Creía que sus textos woke-descremado lo volverían la fascinación. Me refiero a un tal Lecona; me deshonra hasta googlear su nombre.

No dejo de pensar en lo que mi madre contaba de don Carlos, mi abuelo, líder sindical en la mina, que murió de silicosis pulmonar en un catre después de años de resistirse, sin dejar de huir. Don Carlos se guardaba trozos de hamburguesa en la cocina donde trabajaba, en El Paso. Lo habían despedido de la mina y lo que pudo hacer, fue migrar.

Con lo que dejaban los clientes en El Paso simulaba pequeñas hamburguesas para sus hijos en Ciudad Juárez. Hamburguesas para los años del hambre.

No puedo dejar de pensar en millones de compatriotas escondidos y sin dinero, hoy, allá, en Estados Unidos, y acá este tipo lloriqueando porque “un aire de censura” lo dejó sin trabajo. Deshonestos. Ridículos. Busquen un oficio serio y empiecen desde abajo.

Cuatro

El Puente Internacional Gordie Howe debe ser uno de los pocos puentes del mundo que hayan sido inaugurados para confirmar la división de dos naciones hermanas. Es una masa de concreto y hierro que abrió este 2026, con 850 metros de largo y diseño que evoca (como el nombre) al hockey, el deporte favorito de la región.

Del lado canadiense está Windsor, Ontario, y del lado estadounidense queda Detroit. El puente se hizo para sus seis millones de habitantes –la mayor zona conurbada transfronteriza de Norteamérica– y para permitirle al progreso circular sin aranceles.

Ese puente, sin embargo, quizás funcione o quizás no. Más bien no, en el corto plazo. Y en el mediano. Trump odia a Mark Carney y odia realmente a Canadá. Digo, también odia a los mexicanos, pero hay diferencias. Trump trata de una manera especial a la Presidenta de México, como les digo.

Hace justos 100 años, en 1926, Canadá y Estados Unidos formalizaron su relación comercial plena cuando Reino Unido reconoció la autonomía canadiense. Se crearon mecanismos para resolver, entre otros, los graves problemas de contaminación de las minas fronterizas (sí, su industria ha sido sucia e inconsciente por muchas décadas ya) entre otros.

Y hace 100 años, en 1926, las exportaciones de México eran casi iguales a las de hoy. Hasta 80 por ciento iba para Estados Unidos; eran minerales, petróleo y productos agrícolas. El resto se lo quedaban Reino Unido, con hasta ocho por ciento (carbón, minerales y metales preciosos); y Alemania, con hasta cuatro por ciento: materias primas y bienes agrícolas.

Aunque en 1926 Estados Unidos significaba casi todo para nosotros, México no pintaba para ellos. Esto habla del minúsculo tamaño de nuestra economía en ese momento. El socio proveedor principal de los estadounidenses era Canadá, con 10.7 por ciento del total; le seguía Japón, con 9.4 por ciento; luego Reino Unido, con 8.6 por ciento; Malaya Británica (Malasia, pues), con 8.3 por ciento; Cuba, con 5.6 por ciento; y Brasil, con 5.3 por ciento. México en el fondo.

Pero hoy México es el socio principal y el comprador principal de la más grande economía (o la segunda) del mundo. En eso nos convertimos con López Obrador, y con Sheinbaum simplemente se disparó ese flujo entre ambas naciones y sucedió algo más, algo que ni siquiera el Gobierno ha sabido vender: superamos nuestra etapa de armadores de autos; ahora proveemos servidores para el futuro: somos la base de la Inteligencia Artificial, según los últimos números.

A finales de mayo de 2026, vino el Representante Comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, a Ciudad de México. Lo recibió un muy feliz Secretario de Economía, Marcelo Ebrard. Estuvo con la Presidenta en Palacio Nacional.

Hubo unas escenas nada raras para quien conoce a Greer: señalaba con un dedo y como que gruñía. Nombre. La prensa mexicana pidió a la población buscar la costa y echarle en lanchas al Pacífico o al Golfo porque las ciudades serían arrasadas con bombas nucleares. Otros, los más ridículos, dijeron que “le habían advertido a Ebrard que si no le entregaba a Rocha Moya seríamos invadidos”. Ridículos.

“Las cosas van bien con los mexicanos. Son bastante pragmáticos”, dijo Greer el 15 de julio.

Juan Pablo Spinetto, enviado de Bloomberg a la capital mexicana, narra lo siguiente en una columna que se llama “La hospitalidad, el arma comercial secreta de México”:

“Todo esto deja al Gobierno mexicano con una táctica de negociación sencilla: mantener bajas las tensiones, conservar abiertas las conversaciones y permitir que las exportaciones sigan fluyendo hasta que Washington recuerde por qué era que quería, en primer lugar, un acuerdo comercial para América del Norte”.

Pienso y pienso en mi abuelo Carlos mientras escribo. Escupía sangre al final, como el final de casi todos los mineros, excepto lo que morían aplastados o atrapados en un tiro. Pienso y pienso en él porque era discreto y preparaba café a las cuatro de la mañana; porque nunca se quejó de un dolor y se fue como un pajarito: se recargó en una rama y ahí exhaló, con el rostro duro y sus manos llenas de callos. Su honestidad sin fronteras lo mantuvo grande siempre, aún en las peores adversidades que un padre puede enfrentar, como tener hijos chiquitos y verse obligado a dejar su Patria para sobrevivir.

México tiene muchos problemas y uno de ellos es la deshonestidad. Un periodista pierde su espacio por la razón que sea y acusan censura, y él no lo niega para que parezca censura. La sociedad civil ha pedido por décadas una reforma para defender a las audiencias de Televisa y TV Azteca, pero como el Gobierno de izquierda lo propone, es censura. La Presidenta levanta un dedo: censura.

Nexos publica un texto asqueroso de Ezra Shabot, y gritan que qué asco de revista y que qué asco de Aguilar Camín, como si una semana antes no fueran ya asquerosamente de ultraderecha. También eso es deshonesto.

Pero no se cansan de hacer el ridículo, ri-dí-cu-los.

(SinEmbargo)

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