26 September, 2026
Los estilos imperiales
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Los estilos imperiales

Sep 25, 2026

Lorenzo Meyer

No hay “imperialismos buenos, pero sí los hay de simplemente nocivos a peores. Sin embargo, en la práctica la diferencia entre ellos pudiera ser significativa para quienes viven a la sombra de alguna potencia hegemónica.

Al menos eso es lo que se desprende de una discusión que actualmente tiene lugar entre dos teóricos de una potencia imperial -Estados Unidos- ambos académicos de gran renombre examinan la naturaleza del fenómeno de la hegemonía en el contexto internacional actual y hoy coinciden en su crítica -demoledora, por cierto- de la política imperial del Presidente Donald Trump, lo mismo en Irán como en Ucrania.

Los dos consideran que, pese a que Washington se niegue a reconocerlo, Estados Unidos y sus aliados -Israel en Irán y la OTAN en Ucrania- van camino a fracasar en sus objetivos políticos y militares originales. Los dos enfoques no difieren mucho en sus conclusiones, pero si en su concepción de la naturaleza de la política imperial norteamericana posible en Irán y en Ucrania si la Casa Blanca hubiera estado habitada por un personaje menos inmoral e ignorante que su actual ocupante.

Los académicos de referencia son John J. Mearsheimer –R. Wendell Harrison Distinguished Service Professor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago- y Jeffrey D. Sachs –University Professor de la Universidad de Columbia y director en esa universidad del Centro para el Desarrollo Sustentable.

Como el concepto de soberanía está en el centro de visión de ambos académicos, no está de más recordar que la definición actual de soberanía emergió de un conflicto terrible: de la llamada “Guerra de los 30 años” y que en 1648 desembocó en la llamada “Paz de Westfalia”. Ahí, tras el fin de un conflicto religioso y político particularmente sangriento dentro del Sacro Imperio Romano-Germánico, se propuso que para evitar un nuevo choque de poderes en el corazón de Europa, los firmantes -monarquías y principados en que se había dividido el otrora gran imperio- se comprometieran a observar una regla en su relación: el respeto de las fronteras ya establecidas y el abstenerse de intervenir en los asuntos internos de los demás, es decir que se respetaran la soberanía de cada estado. 378 años después de la “Paz de Westfalia” es claro que ninguno de los dos principios se respetó, pero en cambio ambos sobreviven en la Carta de las Naciones Unidas.

Para examinar la naturaleza de la política entre naciones Mearsheimer parte de la concepción realista del ejercicio del poder. Se trata de una visión donde el ser y el deber ser suelen no coincidir, una donde principios y acuerdos entre estados en torno a fronteras y soberanías internas valen sólo en la medida en que se tiene poder para defenderlas.

Este autor sostiene que la competencia incesante entre las grandes potencias es una realidad estructural e histórica del sistema internacional y que producto inevitable de la desigual distribución mundial del poder.

Por su naturaleza el internacional es un sistema competitivo donde el ideal del componente más poderoso es lograr la hegemonía mundial o al menos que en la realidad sus rivales no acumulen poder ni consoliden alianzas que puedan menoscabar su seguridad y prosperidad.

En cualquier caso, la evolución de un sistema de esta naturaleza es impredecible y siempre estará cargada de inseguridades porque en ese ámbito no existe ninguna instancia supra nacional efectiva a la que las naciones puedan apelar cuando sus intereses chocan intereses. La política del poder es la única instancia verdadera y efectiva.

Mearsheimer constata como, en cualquier época, las potencias se han empeñado a sangre y fuego en construir, mantener y ensanchar sus respectivas esferas de influencia, es decir de constreñir la soberanía de aquellos otros actores nacionales más débiles que constituyen “su” zona de dominio geopolítico.

En contraste, el profesor Sachs sin negar las conclusiones de Mearsheimer y sin proponer una explicación alternativa al realismo del profesor de Chicago, elabora una teoría normativa para las grandes potencias centrada en el concepto de las esferas de seguridad.

En este caso, la gran potencia podría y debería abstenerse de intervenir en el juego interno de los actores políticos de cada país dentro de lo que la geopolítica le permite considerar como “su” zona natural de seguridad, y limitarse a impedir en ella la presencia militar de otra potencia.

Un ejemplo de que tal política es posible se tiene en el examen de las condiciones aceptadas por Austria en 1955. Ahí y entonces se materializó la aceptación de la neutralidad explícita de ese país derrotado en la II Guerra Mundial y ocupado en 1945 por sus vencedores.

Tras la derrota del régimen nazi, Austria fue ocupada por los aliados vencedores pero diez años más tarde pudo recuperar la esencia de su soberanía a condición de formalizar su compromiso de no unirse a la OTAN (aunque si a la Unión Europea) y mantener una neutralidad militar a cambio de recuperar la libertad de decidir soberanamente su régimen político y hoy Austria este integrada económica y política con Europa Occidental pero no militarmente.

Desde la perspectiva de Mearsheimer y de Sachs, Ucrania es un país que tiene frontera con Rusia que por razones geopolíticas el Kremlin considera que es un país que debería quedar claramente dentro de la esfera “natural” de influencia y de seguridad de Rusia, pero donde poco a poco la OTAN y quien le domina o dominaba entonces -Estados Unidos- se propuso intervenir en sus procesos internos para llevar al poder a un gobierno anti ruso favorable a ingresar a la OTAN para terminar como parte activa de una alianza militar básicamente antirrusa.

Para la OTAN y sobre todo para Estados Unidos, Ucrania no es un país cualquiera sino uno particularmente estratégico. En 1997 Zbigniew Brezezinski, un teórico de la política internacional muy influyente en el diseño de esa política en Washington publicó The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives.

En ese libro, Brezezinski propuso que Washington debería seguir una política que convirtiera a Ucrania en lo que ese teórico de origen polaco definió como un “estado pivote” de Occidente, es decir convertir a Ucrania como un país que por sí mismo era irrelevante para Estados Unidos pero que por su posición geoestratégica podría ser transformado en un estupendo instrumento para desde ahí promover una serie de políticas y acciones que debilitaran aún más a una Rusia que ya había dejado de ser la gran potencia que había sido la URSS, dividirla y eliminarla definitivamente como competidora de Estados Unidos.

Pues bien, Zbigniew Brezinski ya murió, pero su propuesta fue puesta en marcha y sigue vigente, quizá con menos entusiasmo por parte de Washington, pero sí de Berlín, Londres o París, aunque cada vez pareciera tener menos posibilidades de materializarse y Ucrania cada vez parece un Estado menos viable.

Quizá a Ucrania le hubiera convenido seguir el camino de Georgia y no el que le marcó Brezinski. Sus muertos y destrucción no tendrían las enormes dimensiones que hoy tienen.

Como se recordará, en 2004 el Presidente de Georgia Mijaíl Saakashvil se propuso acabar con movimientos prorrusos en dos provincias fronterizas, Osetia del Sur y Abjasia, y negociar su ingreso a la OTAN para protegerse de Moscú.

El proyecto se vino abajo tras una invasión rusa en 2008 para apoyar a los rebeldes de Osetia y Abjasia, y transformar a ambos territorios en estados independientes respaldados por tropas rusas. Finalmente, aunque Georgia dice mantener su aspiración a ingresar a la OTAN en la práctica esa posibilidad ha desaparecido y todo indica que el Kremlin ya no ve a Georgia como una amenaza para la seguridad rusa.

En este caso y en el de Austria, lo propuesto por Sachs puede funcionar: un país en la zona de seguridad de una gran potencia puede salvaguardar su soberanía interna a condición de no jugar el papel de “país pivote” de los rivales de esa potencia.

Mearsheimer y Sachs por la vía de dos conceptos diferentes pero emparentados –“zonas de influencia” en el primer caso y “zonas de seguridad” en el segundo-, llegan a un punto de confluencia: Rusia perdió su estatus de gran potencia hegemónica de la Europa del Este al desaparecer la URSS en 1991 pero perdería aún más si dejara que Ucrania se convirtiera en el “estado pivote” de Occidente que vislumbrara Brezinski.

¿Y cómo concluir esta columna desde México? Para Estados Unidos y para el mundo nuestro país está en una de las zonas definidas por los conceptos de Mearsheimer y Sachs.

Imposible evitar el que Estados Unidos no lo considere como parte de su “zona de seguridad” pero dirigentes y sociedad debemos esforzarnos por no caer en la condición de “zona de influencia” es decir en un país como es el caso de varios en América Latina donde las políticas y procesos internos son determinados o condicionados por Washington.

La Presidenta Sheinbaum debe tener todo el apoyo para mantener el máximo espacio posible para el ejercicio de nuestra soberanía que la natural dureza de la política entre naciones permite a quienes vivimos a la sombra de un imperio.

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