7 January, 2026
No, Trump no quiere derrocar a Maduro por el petróleo
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No, Trump no quiere derrocar a Maduro por el petróleo

Ene 5, 2026

Estados Unidos busca derrocar a Nicolás Maduro como parte de su imposición en América Latina frente a China. Controlar el petróleo venezolano es un incentivo para facilitar un Gobierno afín en Caracas, pero no explica por sí solo la presión militar


El petróleo no es lo que Donald Trump busca en Venezuela. Esta hipótesis ha ganado fuerza en diciembre después de que el presidente venezolano, Nicolás Maduro, acusara a Estados Unidos en una carta a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de querer apoderarse de sus reservas petroleras. A ello se ha sumado la orden del presidente estadounidense de bloquear los barcos petroleros que entren y salgan de Venezuela. Trump ha apelado a la lucha contra el narcotráfico para justificar la presión militar de los últimos meses contra Caracas. Sin embargo, Venezuela tiene un papel secundario en las rutas de las drogas hacia Estados Unidos. Además, Trump ofreció un indulto al expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, condenado por la justicia estadounidense en 2024 por narcotráfico.

Ni el petróleo ni mucho menos el narcotráfico explican por sí mismos la presión militar de Estados Unidos contra Venezuela. La estrategia de Trump forma parte de una agenda política más amplia: además de controlar recursos, busca acabar con los regímenes de Venezuela, Cuba y Nicaragua, reafirmar el dominio estadounidense en América Latina, contrarrestar la influencia de China y fortalecer su posición interna.

Estados Unidos no necesita el petróleo de Venezuela

Estados Unidos ha sido históricamente el principal comprador de petróleo de Venezuela. Washington llegó a importar más de treinta millones de barriles de crudo venezolano al mes de media entre 1993 y 2010. Pero Venezuela ya no está entre los principales proveedores de petróleo a Estados Unidos. De hecho, una petrolera estadounidense, Chevron, sigue operando en territorio venezolano gracias a que Trump revocó la decisión tomada en mayo de cancelar su licencia. La mayoría del petróleo importado por Washington procede de Canadá, México, Arabia Saudí, Irak y Brasil.

El punto de inflexión fue el embargo de la primera Administración Trump al petróleo venezolano en 2019. Washington bloqueó su exportación a Estados Unidos y prohibió a las refinerías estadounidenses pagar a la petrolera estatal venezolana, PDVSA, por procesar el crudo venezolano en las propias instalaciones estadounidenses. El embargo dificultó la capacidad de Venezuela para exportar petróleo, ya que al ser crudo pesado dependía de las refinerías de Estados Unidos en el golfo de México para tratarlo y venderlo a gran escala. Como resultado, la producción y las exportaciones de petróleo venezolano se desplomaron.

Por el contrario, Estados Unidos no depende del petróleo venezolano. De hecho, es el principal productor mundial de petróleo y acaba de alcanzar máximos históricos de producción con cerca de catorce millones de barriles de crudo al día en septiembre. Esta realidad contrasta con la de Venezuela. La producción de crudo venezolano apenas alcanza ahora el millón de barriles diarios, un tercio de lo que se llegó a producir con Hugo Chávez en el poder entre 1999 y 2013.

La caída de Maduro: un objetivo principalmente político

Lejos de una mera lógica extractivista, las motivaciones de Trump para tumbar a Maduro son políticas. El presidente estadounidense busca impulsar un nuevo intervencionismo en América Latina. Considera que asegurar el papel de Estados Unidos como potencia global pasa por reafirmar el dominio en su hemisferio: América y el Pacífico. Esta visión conecta con la política exterior estadounidense de finales del siglo XIX, basada en el imperialismo, el proteccionismo económico y la amenaza del uso de la fuerza.

Para ello, Trump pretende alinear a los Gobiernos latinoamericanos con los intereses de Estados Unidos y contrarrestar la influencia de China en la región. En este sentido, la presión militar contra Venezuela se enmarca en un plan más extenso. Esta línea dura incluye las amenazas de apoderarse del canal de Panamá, el cambio de nombre del golfo de México a “golfo de América”, la retirada de la ayuda a Colombia, los aranceles a Brasil por la condena al expresidente Jair Bolsonaro o el rescate a Argentina para apoyar al presidente Javier Milei.La caída de los regímenes de Venezuela, Cuba y Nicaragua ocupa un lugar prioritario en esa agenda regional de Estados Unidos, en gran medida debido a la influencia del secretario de Estado, Marco Rubio. Para Trump, estos Gobiernos representan los últimos vestigios del socialismo en América Latina. Acabar con ellos escenificaría la hegemonía de Estados Unidos en la zona y fortalecería su imagen entre los conservadores republicanos y los latinos de origen cubano y venezolano en Florida, liderados por Rubio, un cubanoamericano de Miami. Además, al propiciar un cambio de régimen en Caracas, podría reforzar su candidatura al Premio Nobel de la Paz, que ganó este año la líder opositora venezolana María Corina Machado.

El petróleo no es prioritario, pero sí es importante

Sin embargo, que la prioridad de Trump no sea el petróleo de Venezuela no significa que sea irrelevante. Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo: casi una quinta parte de las reservas mundiales. Además, el petróleo venezolano es especialmente útil para Estados Unidos porque, a diferencia del petróleo ligero producido en territorio estadounidense, el crudo pesado de Venezuela resulta crucial para productos como el diésel, el asfalto y los combustibles para fábricas. La escasez de diésel, la cercanía geográfica de Venezuela y la disminución de la producción de petróleo pesado en México aumentan los incentivos de Washington para controlar el petróleo venezolano.

Otro factor que explica la importancia del petróleo venezolano para Trump es su mentalidad transaccional. La política exterior del presidente estadounidense está muy marcada por los negocios. Prueba de ello han sido los acuerdos de minerales críticos que ha intentado impulsar en Ucrania y República Democrática del Congo, sus conversaciones con Rusia y los negocios inmobiliarios de su familia en el golfo Pérsico. Además, Trump lamentó hace unos años que Estados Unidos no se quedara con el petróleo de Irak tras la invasión en 2003, y aceptó mantener tropas en Siria en 2019 para asegurar los pozos petrolíferos.

Consciente del interés de Trump por los negocios, el Gobierno de Maduro le ofreció a lo largo de este año una participación dominante en el petróleo y en otras riquezas minerales de Venezuela. El presidente estadounidense rechazó la propuesta, posiblemente tentado por la opción de que sus empresas aumentaran la producción y los ingresos con un Gobierno afín en Caracas. De hecho, Machado ya había prometido en junio una riqueza aún mayor para las petroleras estadounidenses: 1,7 billones de dólares en quince años.

Pero incluso aunque a Trump no le interesara el negocio petrolero de Venezuela, controlarlo tendría ventajas estratégicas para Estados Unidos. Sobre todo, le permitiría asfixiar a Cuba, que depende del petróleo venezolano para paliar su escasez de combustible, lo que facilitaría el colapso del régimen castrista. También sería un golpe para China, el principal importador de crudo venezolano. Pekín no depende de ello, pues Venezuela no está entre los primeros quince exportadores de petróleo a China, pero su importación de crudo venezolano ha crecido un 200% entre 2023 y 2024, prueba de la creciente colaboración entre ambos regímenes.

https://elordenmundial.com/trump-petroleo-venezuela-maduro/

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