Golpes de Estado, invasiones, saqueo, apoyo a dictadores…
Obed Rosas
Ciudad de México, 8 de enero (SinEmbargo).- “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”, expuso desde 1971 el escritor Eduardo Galeano en su célebre obra Las venas abiertas de América Latina, un texto imprescindible para entender el por qué el imperialismo europeo y ahora estadounidense han extendido sus intereses fuera de sus fronteras hasta cada uno de los rincones del cono sur.
Galeano sostenía hace medio siglo cómo América Latina “se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”. Desde entonces refería que la región continuaba “existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan, consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos”.
La descripción no puede ser más fiel al momento actual que atraviesa América, en donde los golpes de Estado, las invasiones “quirúrgicas”, el saqueo de recursos estratégicos y el apoyo a dictaduras han marcado la agenda de la política exterior de Estados Unidos en los últimos dos siglos, una agenda que con Donald Trump ha encontrado una actualización en la llamada “Doctrina Donroe”, el nombre con el que el mandatario estadounidense reivindica una versión sin maquillaje de la vieja Doctrina Monroe de 1823: el hemisferio occidental como zona de dominación estadounidense.
El despliegue militar de EU por el mundo
La reciente operación militar y secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela no sólo abrió una nueva fase de tensión regional; también dejó al desnudo una manera de ejercer el poder que América Latina conoce desde hace siglos.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Washington ha sostenido una red de bases militares que permite esa proyección global. Las cifras oficiales hablan de 128 bases militares en el extranjero en al menos 51 países diferentes. Pero cifras del Instituto Quincy para una Gestión Responsable del Estado refieren que en realidad son 750 bases militares en el extranjero, distribuidas en 80 países y territorios.
No sólo son plataformas logísticas, sostienen una presencia permanente que condiciona decisiones internas, apunta a recursos estratégicos y permite intervenciones rápidas. Diversos estudios coinciden en que esas bases han facilitado guerras como Afganistán, Irak, Libia, Siria o Somalia y que su existencia ha alimentado conflictos, desplazamientos y crisis humanitarias.
La historia muestra el patrón: invasiones abiertas —México, Panamá, Granada, Irak, Afganistán—; operaciones encubiertas y golpes de Estado —Irán en 1953, Guatemala en 1954, Brasil en 1964, Chile en 1973, el Cono Sur bajo la Operación Cóndor—; y una lista de intervenciones que supera las cuatrocientas desde 1798. Las consecuencias se han sentido en toda la región: dictaduras militares, desapariciones, persecución política, privatización forzada de sectores estratégicos y apertura de economías bajo presión externa.
Una revisión a los casos de uso de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en el extranjero, 1798-2023, un reporte del Congreso de EU, refiere cómo Estados Unidos ha lanzado al menos 251 intervenciones militares entre 1991 y 2022. A estos casos se suman otras 218 intervenciones militares estadounidenses entre 1798 y 1990. Es decir, el Gobierno de EU reconoce un total de 469 intervenciones militares estadounidenses desde 1798 que han sido reconocidas por su Congreso.
Los halcones de Trump dan vuelo al Imperio
Apenas el fin de semana, durante la conferencia en Mar-a-Lago tras el secuestro de Maduro, Trump celebró la capacidad de “proyectar nuestra voluntad en cualquier lugar, en cualquier momento” y reivindicó el control estadounidense sobre el petróleo venezolano. Sus principales colaboradores, los halcones de Washington, han mantenido el mismo tono. Stephen Miller resumió la filosofía de esta doctrina: “el mundo real se rige por la fuerza”, mientras que el Secretario de Guerra Pete Hegseth lo convirtió en consigna: “Con el Presidente Trump, Estados Unidos ha vuelto”.
Para Silvina Romano, coordinadora del Observatorio Lawfare, lo ocurrido en Venezuela y la doctrina impulsada por Donald Trump no puede leerse únicamente como el secuestro de un Presidente o el derrocamiento de un gobierno, sino como un capítulo más de una disputa geopolítica por recursos clave.
“Hoy Trump no solamente cuenta con apoyo electoral, sino con el consenso de los grandes grupos económicos, particularmente del complejo industrial-militar. Eso es lo que nos preocupa, porque cuando una presidencia estadounidense tiene detrás a las corporaciones que se benefician directamente de la guerra y de la militarización, los incentivos para intervenir de manera directa aumentan muchísimo. No estamos frente a un presidente aislado: estamos frente a un proyecto de poder que tiene financiamiento y estructura.”
Romano explicó que el foco mediático sobre Maduro funciona como una cortina que oculta la verdadera discusión. “Los medios logran encuadrarlo todo en la figura del ‘enemigo’: el narcotraficante, el dictador, el corrupto. Entonces el debate público termina siendo si Maduro es bueno o malo, si merece ser detenido o no. Pero eso no es el punto central. Tenemos que cambiar el enfoque. Lo que está en disputa es quién va a administrar los recursos estratégicos de Venezuela —petróleo, gas, minerales— en un contexto de crisis del capitalismo global y de transición energética. No se trata de una persona: se trata de recursos y de poder.”
En el mismo sentido, advirtió que Estados Unidos aplica su legislación fuera de sus fronteras con el argumento de seguridad nacional. “Estados Unidos tiene la capacidad de aplicar su ley de forma extraterritorial. Eso significa que puede juzgar, sancionar o presionar a actores de otros países como si estuvieran en su territorio. No lo hace porque el derecho internacional lo autorice, sino porque tiene la fuerza necesaria para imponerlo. El derecho se vuelve, entonces, un instrumento político. Lo jurídico se usa como una herramienta de guerra en un sentido amplio.”
Romano sostuvo que el intervencionismo actual expresa un momento de declive imperial, pues ha empezado a ser superado por otras grandes potencia como China.
“Estados Unidos ya no es una potencia en ascenso; es una potencia en decadencia que está perdiendo capacidad de liderazgo económico y tecnológico frente a China y otros actores. En esa situación, en lugar de retraerse, reacciona con mayor violencia. Tiene petróleo en su propio hemisferio y lo quiere ahora. Lo que vemos no es una acción aislada, sino una movida de guerra prácticamente convencional para asegurarse recursos y posiciones estratégicas en un momento de transición global.”
La investigadora advirtió. que la “guerra contra las drogas” y el discurso anticorrupción han funcionado como justificación para ampliar la injerencia estadounidense.
“Los propios think tanks de Estados Unidos reconocen que la guerra contra las drogas fue un fracaso si se la mide por los objetivos declarados: disminuir producción y consumo. Pero fue un éxito absoluto si se la mide como excusa para expandir bases militares, capacidades de inteligencia y control territorial en América Latina. Lo mismo ocurre con el discurso anticorrupción: se aplica selectivamente. Se persigue a algunos líderes mientras se protege a otros que son funcionales a la agenda de Washington.”
Silvina Romano señaló que esta batalla se vuelve mas compleja debido a que también es cultural y simbólica.
“Hay una especie de naturalización de la guerra. La población mundial consume series, películas y discursos que presentan la intervención militar como inevitable o incluso como necesaria para ‘restaurar el orden’. Eso reduce la capacidad de reacción social frente a hechos gravísimos como una invasión o un golpe. Por eso digo que no sólo estamos frente a un conflicto militar o jurídico, sino también frente a una disputa cultural por el sentido común.”
Finalmente, Silvina Romano habló de las posibles salidas, que van desde generar mayor articulación regional, fortalecer bloques alternativos, hasra presión desde dentro de Estados Unidos.
“La salida no es sencilla. Puede venir por una mayor articulación regional y por el fortalecimiento de bloques alternativos, pero también desde dentro de Estados Unidos. Hoy, paradójicamente, quienes podrían frenar esta escalada son los propios ciudadanos estadounidenses que reclamen sensatez a su gobierno y se opongan a que su país siga apostando a la guerra como mecanismo de resolución de crisis.”