¿Un escritor nazi en la revista Nexos?
El dos de agosto pasado, la revista Nexos, que dirige Héctor Aguilar Camín, publicó un artículo firmado por Ezra Shabot titulado “Genocidio”. En él, el autor pretende poner en duda que sea ese crimen del título de su libelo el que hoy se perpetra en contra del pueblo palestino. No es la primera vez que esto se hace. Pero la novedad del texto recae hoy en que rebasa límites que no pueden pasar desapercibidos.
Cuando algún autor o autora, sobre todo desde octubre de 2023 a hoy, pretende negar que exista un genocidio en Gaza, lo hace con la trampa de llevar una atrocidad meramente al terreno de los conceptos. Y ni siquiera se hace esto para tratar de entender la atrocidad y con ello buscar resolverla, sino más bien para cambiarle el nombre y con eso restarle gravedad. O a veces, para legitimarla.
Los que niegan el genocidio en Gaza entrampados en una presunta discusión conceptual, en el fondo parecen querer quedar bien con su conciencia, al reducirle responsabilidades al ejército invasor colonialista; y asumir que hay acciones criticables en la decisión de Israel, pero nada más, porque el sufrimiento y las muertes por ese ejército desatadas son inevitables en cualquier guerra.
Los que niegan el genocidio en Gaza, pues, parecen recurrir a un autoengaño semántico para quedar bien consigo mismos cuando cierran los ojos ante lo que está plenamente documentado por todos lados y que desde hace tiempo está fuera de toda discusión: todas las instituciones serias -el informe independiente de la ONU; Human Rights Watch; Amnistía Internacional; la Asociación Internacional de Expertos en Genocidio; la Relatora especial de Palestina- coinciden plenamente en que el crimen inenarrable que comete Israel hoy en Palestina, luego de evaluar la evidencia, no es otra cosa que un genocidio.
Pero el artículo de Shabot tiene una particularidad. El tipo no parece querer negar el genocidio para estar bien con su precaria conciencia y seguir sintiéndose bueno a pesar de negar acciones innegables de criminales. Más bien el señor Shabot da un giro que parece tener otros perversos fines. Si bien su texto está pletórico de mentiras siniestras, aquí sólo vamos a desmontar algunas de ellas.
1. Shabot inicia su texto con el dicho de que hoy muchos banalizan el término de “genocidio” al aplicarlo a situaciones que no lo ameritan porque no tienen una intención sistemática de exterminar a toda una población. Media línea después, el tipo se traga sus palabras porque banaliza él mismo el concepto cuando acusa que el atentado de Hamás el 7 de octubre de 2023 es “genocidio”, cuando la evidencia actual indica que Israel tenía información preventiva al respecto que decidió ignorar y que el ataque único se dio en una franja cercana a la ilegítima ocupación territorial israelí.
2. En su texto, el señor Shabot dice, textualmente, sin matices de ningún tipo, que cuando ocurrió ese ataque, “la franja de Gaza lo celebraba”. Así lo planteó, insinuando que todos los gazatíes celebraron, sin excepción. En ese momento, había poco más de dos millones de gazatíes vivos en la zona. Dudamos mucho que el señor Shabot haya ido a contar uno a uno cuántos celebraron el hecho para de ahí poder hacer una generalización abusiva que, en el fondo, implica decir que al celebrar tal atentado, todos los gazatíes -hombres, mujeres y niños- se merecen la reacción criminal del ejército israelí que vino después.
3. Quizá la mentira más grave entre las muchas que escupe el señor Shabot está la de decir que en Gaza hay alrededor de “50 mil personas muertas”. Poco importa que el autor trate de matizar o fingirse ético al aceptar que entre esos miles puede haber inocentes. Lo resaltable es lo siguiente: en octubre de 2024, es decir, hace ya casi dos años, la prestigiosa revista científica The Lancet expuso que en Gaza había 75 mil personas asesinadas en las acciones invasoras del ejército de Israel. Pero ojo: la cifra de 50 mil aparecía exclusivamente como resultado de los registros de los asediados sistemas de salud gazatíes. Las muertes aún no registradas -de personas en escombros, desaparecidas o fulminadas- podrían hacer que la cifra fuera de 76 mil muertos. Y de este conteo a hoy han pasado ya 22 meses. Miremos un ejemplo: el 5 de agosto pasado fueron sepultados 112 niños gazatíes hallados en los escombros y que escapan a la estadística mortuoria de The Lancet. En suma, es previsible que la cifra de muertes sea mayor a 76 mil.
A eso, añadamos el hecho de que 80 por ciento de los asesinados son civiles y en su mayoría son mujeres, niños y adultos mayores. Pero lo más grave de todo, es que el señor Shabot crea que reducir mañosamente la cifra de muertos le quitará lo grave a la situación. Aunque el número de 50 mil asesinados que usa el miserable panfletista fuera la real, tendría que ser más que suficiente para tenerlo asqueado y denunciando tal atrocidad. Pero no es así, y las intenciones reales del sujeto se aclaran cuando observamos su siguiente mentira.
4. En una parte de su texto, el libelista sin escrúpulos dice, textualmente, lo siguiente: “entre los muertos… encontramos desde miles de combatientes fundamentalistas hasta civiles inocentes pasando por menores transformados en yihadistas, o sea mártires en potencia dispuestos a morir para llegar así al paraíso islámico…”.
El señor Shabot está, abiertamente, justificando el asesinato en masa de menores. Así como los nazis usaban eufemismos malévolos como “solución final” para referirse a un exterminio; el señor Shabot emplea palabras como “menores”, para evadir decir “niños” y los acusa de “mártires en potencia” para evitar decir lo que realmente piensa de esos niños, y es que éstos son terroristas del futuro. No hay forma de justificar esta vileza. Cuando alguien piensa que es válido o entendible o esperable asesinar infantes para evitar lo que hagan en el futuro es un punto de no retorno. Quien lo cruza, se exhibe como un nazi.
5. Como corolario a las bajezas originales del señor Shabot, concurre un par más. En su libelo nauseabundo, el señor Shabot concluye que “la eliminación de la entidad judía conlleva la eliminación de la vida judía”. Así, el autor confunde a judaísmo, una cultura milenaria y diversa, con Estado de Israel, enclave colonial y abusivo de apenas poco más de setenta años, a cuya existencia, por cierto, también se oponen amplias corrientes judías, tanto por razones culturales-religiosas (como la de que el judío es un pueblo diverso y cosmopolita que no requiere de un estado); como la de sectores humanistas e ilustrados de esa cultura que denuncian las atrocidades sistemáticas y coloniales que comete desde su fundación ese enclave.
6. Como no podía faltar, el señor Shabot recurre a una canallada añeja, que es la de sugerir que denunciar al genocidio que perpetra Israel hoy ayuda a “avivar el antisemitismo”. Como siempre, los fascistas son victimarios con discurso de víctimas. En primera instancia, el pueblo palestino pertenece al tronco semítico -donde confluyen los pueblos árabes y hebreos-. Excluir a ese sector árabe de sus raíces y pensar al pueblo judío como monopolio del semitismo es una canallada excluyente que deshumaniza a todo un grupo humano. Además de falsario, en este punto el señor Shabot ni siquiera es original: ese lloriqueo indigno de acusar de antisemitas a los críticos de las atrocidades de Israel es tan viejo, tan falaz y tan incongruente que incluso a intelectuales judíos se les ha endilgado esa etiqueta de antisemitas, como es el caso de Gregorio Selser, Norman Finkelstein, Ilán Pappé, y un larguísimo etcétera.
El texto del señor Shabot es un libelo inadmisible. Al igual que los eufemismos de los nazis, busca restarle gravedad a las cosas renombrándolas u omitiéndolas. Al igual que los nazis, apela a primitivos sentimientos de odio al diferente al identificar a todo el mundo islámico con el atraso y el terrorismo. Al igual que los nazis, ve en “menores” a peligros en potencia; razón por la cual es necesario o inevitable o entendible asesinarlos desde hoy. Quizá sólo Herodes o Hitler dirían atrocidades semejantes. Al igual que la propaganda nazi, el señor Shabot debe recurrir a engaños que tienen meses desmentidos para poder mantenerse en su peligrosa postura.
Con base en lo anterior, es muy ingenua la idea de que el texto de Shabot desató un debate sobre la libertad de expresión. Shabot insinuó tal cual que es comprensible asesinar niños si son terroristas futuros y rodeó esta aseveración repugnante con mentiras añejas. Si no podemos convenir que esto no es parte de la pluralidad sino que es una bajeza peligrosa, estamos en una crisis civilizatoria sin marcha atrás.
Aquí resalta una cuestión. No es la primera vez que se niega un genocidio. Pero hay formas distintas de negacionismo. Por ejemplo, los panegiristas y panfletistas nazis eran mentirosos envilecidos, pero partían de la idea de que un exterminio judío era algo tan moralmente inadmisible, que se dedicaron a esconderlo y negarlo. Su tesis mentirosa parecía ser algo así como “un genocidio es algo muy malo, los alemanes nazis serían incapaces de cometerlo”.
Libelistas sádicos como Shabot envilecen aún más la situación, porque su negacionismo es de otro tipo, ya que su tesis es algo así como “sí hay un exterminio humano en Gaza, pero de algún modo los gazatíes se lo buscaron”. O ya en el colmo del autoritarismo mustio, parecen decir “Sí hay un exterminio en Gaza, pero de algún modo la víctima soy yo”.
Entre todo lo vil del texto de Shabot, su revictimización de los niños asesinados es la más grave de todas. Con ello, la catadura moral de este pobre ser se parece, así, a la de los sacerdotes diabólicos que restaron gravedad a los casos de pedofilia en su iglesia, diciendo que hay niños que provocan a los sacerdotes; como en alguna ocasión dijo el obispo de Tenerife Bernardo Álvarez en 2007; o como seguramente pensarían los fanáticos del criminal Marcial Maciel. Pensar que esas canalladas cercanas a la apología de los peores delitos son parte de la pluralidad, convierte en cómplices a todos los personajillos que salieron a darle espaldarazo al texto repulsivo de Shabot, y con ello defienden no la libertad de expresar ideas inherente a la democracia sino que defienden la libertad de mentir y de criminalizar que pretendería Joseph Goebbels.
Que hoy victimicen a ese personaje supremacista, racista y canalla y lo hagan mártir de la presunta censura es un gesto de complicidad con lo peor del género humano en la actualidad. Pero quizá en algo tienen razón estos agresores con discurso de agredidos. No es conveniente censurar a ascos como Shabot, quien con su texto no sólo le escupe al pueblo palestino, sino que también le escupe a sus ancestros. Es mejor que, al publicarse los señalemos, los desmintamos y los exhibamos. Porque somos nosotros los que tenemos que protegernos de esa gente sádica y sin escrúpulos. Y para ello, siempre será mejor visibilizarlos, para saber de qué son capaces y qué limites éticos quieren seguir quebrando.
(SinEmbargo)