María Izquierdo…
Por: Elena Poniatowska
Hay algo en la obra de María Izquierdo que me recuerda la canción popular De colores, aquella que interpretaban columpiándose acompañadas de mandolinas, panderetas, cascabeles, castañuelas, laudes y bandurrias llenas de folklor vivo: “De colores / de colores se visten los campos en la primavera. / De colores / de colores son los pajaritos que vienen de afuera…”
El 30 de octubre se cumplen 124 años del nacimiento de la pintora mexicana María Izquierdo, originaria de San Juan de los Lagos, Jalisco. La conocí en 1953 en su casa en la calle de Puebla 272, en la colonia Roma. Se peinaba y vestía como Frida Kahlo; cinco años antes había padecido una hemiplejía que paralizó el lado derecho de su cuerpo. Con ella vivía su hija Amparo, quien la promovía y en cierto modo la obligaba a tomar con mucha dificultad sus pinceles.
–¿Qué le gusta pintar, doña María?
–Lo que más me nace es la naturaleza. No exagero, me gusta toda. Lo que siento trato de trasportarlo al lienzo, me gustan sobre todo las cosas sencillas, los juguetitos de barro, las palmas tejidas, los saltapericos.
Un mundo de juguete se abrió con las pinceladas de María Izquierdo desde que la llevaron a una función de circo en su natal San Juan de los Lagos y sus juguetes fueron los caballitos de feria que giran guiñándonos un ojo, así como maromeros y acróbatas, trapecistas, bailarinas sobre la cuerda floja, saltimbanquis, perritos danzantes, cebras y leones.
En aquella visita, María me dijo que los colores que más le importaban eran el rojo, el bermellón, el carmín, el ocre, el blanco, el rosa, el chicle, el tezontle y la tierra quemada de Michoacán.
María Izquierdo llegó a México en 1923 con su marido, el militar Cándido Posadas, y sus tres hijos, Carlos, Amparo y Aurora, a la colonia San Rafael. Estudió en la Academia de San Carlos, donde aprendió de sus maestros Diego Rivera, Germán Gedovius y Manuel Toussaint, quienes al reconocerla como buena artista, paliaron la cólera de los estudiantes de la academia que le echaron cubetazos de agua.
Margarita Nelken, crítica de arte exiliada en México en 1939 por la guerra civil española, dio testimonio: “Diego Rivera pasó sin detenerse ante las obras de los alumnos mejor calificados y, al tropezarse de pronto con la pintura de María, declaró rotundo: ‘esto es lo único’”.
El México de María Izquierdo fue también el de las imágenes captadas por la lente de Edward Weston y de Tina Modotti, que conservaron los geniales juguetes de las ferias y mercados: los silbatos, pistolitas, espadas de cartón, coronas de papelillo, atrapanovios; mientras Dr. Atl publicó el libro Arte popular en México, que entronizaba las fiestas a los santos en los pueblos, las tradiciones, la cerámica de Patamban y Metepec, el barro negro de Oaxaca, las lanas de Chiconcuac, las sillitas de tule y bejuco de los mercaditos, las muñecas de cartón de nombre Juanitas, aderezadas con plumas y diamantina que superaron el encanto de las europeas.
Los colores de María Izquierdo no se hicieron esperar, y en 1930 llegaron a Estados Unidos para exponerse en el Art Center de Nueva York. En la “capital del mundo” María mostró sus retratos, paisajes y estudios, siendo la primera mujer mexicana reconocida en el país del norte, lo que impresionó a los gringos por su carácter popular y un estilo primitivo logrados con base en sencillas líneas llenas de color.
Así, sus pinturas viajaron a Buffalo, Hollywood, San Francisco, Santiago de Chile, Guatemala, Panamá, Lima, La Paz, Río de Janeiro y Tokio.
La chaparrita de trenzas María Izquierdo sedujo a Tamayo y se lo llevó a su casa; también sedujo la lente de su amiga, la fotógrafa Lola Álvarez Bravo, quien declaró: “María era una mujer muy alegre y popular, muy provinciana como un jarro lleno de agua de manantial: fresca y pura”. Lola y María también aparecen juntas en una fotografía en la primera Exposición Femenina de Carteles Revolucionarios, en Guadalajara, en 1935.
También Manuel Álvarez Bravo la fotografió en 1932 con una pícara mirada y su boina ladeada. Años después, en 1942, el médico Ignacio Millán captó una foto de su rostro sobre una mesa al lado de un caracol gigante. Con el tiempo, María también pintaría retratos de sus amigos Juan Soriano, María Asúnsolo (con un vestido de infinitos holanes), Henry Chatillon y Rosalba Portes Gil.
El talento de María Izquierdo era festivo, como un rehilete que gira contento; sin embargo, no escapó a las envidias, al “yo puedo hacer lo mismo”, a la burocracia, a la deslealtad y la decepción. En 1945 hizo el bosquejo de un mural para el entonces Departamento del Distrito Federal en el que pintaría La música y la tragedia, en un espacio de 150 metros cuadrados, pero una junta evaluadora compuesta por Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros desechó su proyecto, y el contrato que María ya había firmado se canceló.
La autora de las alacenas y los altares, que había sido integrante de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), se sintió traicionada por sus antiguos compañeros de la lucha. “Es un delito nacer mujer y tener talento”, escribió en sus memorias inconclusas.
María Izquierdo murió el 2 de diciembre de 1955 a causa de una cuarta embolia, en su casa de la calle de Puebla. Después de años de luchar por su salud, y sin dejar de pintar, fue sepultada en el panteón Jardín en la Ciudad de México; 57 años más tarde, sus restos fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres en el Panteón Civil de Dolores. Sobre su tumba yace un monumento que representa a una de sus obras: Sueño y presentimiento.
En el centenario de su nacimiento, en 2002, se publicó un hermoso librito que cabe en la palma de la mano y honra su legado artístico: María cumple 100 años: Retratos memoriosos de los amigos de María Izquierdo, publicado por ediciones Tezontle.
En esta obra se leen los testimonios de quienes la conocieron: Federico Gamboa, Margarita Nelken, Diego Rivera, Carlos Pellicer, Lola Álvarez Bravo, Andrés Henestrosa, Ermilo Abreu Gómez, Octavio Paz, José Gorostiza, Elías Nandino, Rafael Solana, Antonin Artaud, Margarita Michelena y Pablo Neruda. Este librito que recopiló e investigó la editora Claudia Burr, es un relicario que todos los mexicanos deberíamos llevar muy cerca del corazón.
En ese mismo año, el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes publicó el catálogo María Izquierdo. Una verdadera pasión por el color”, con motivo de la exposición que se llevó a cabo en diciembre de 2002, en el Hospicio Cabañas de Guadalajara, Jalisco; después se expuso en el Museo del Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México. En este libro arropado por una camisa con la obra Naturaleza muerta con dominó (1939), Luis-Martín Lozano, entonces director del Museo de Arte Moderno, escribió en el prólogo:
“Con justicia podría decirse que el prestigio del que actualmente goza María Izquierdo se debe, antes que nada, a los méritos de su pintura. Felizmente para la historia del arte, las vicisitudes de su vida personal no han sido la razón para continuar investigando su trabajo; si bien habría que señalar que son varias las pinturas que se refieren a pasajes de su propia existencia, lo hacen siempre de manera metafórica y nunca en forma autobiográfica”.
Para alegría de los mexicanos, en ese mismo año la obra de María Izquierdo fue declarada Monumento Artístico, según se estableció en el Diario Oficial de la Federación del 24 de octubre de 2002. Esto se debió a que 90 por ciento de la obra de María Izquierdo estaba en manos de coleccionistas particulares y algunas instituciones extranjeras; la declaratoria protege la obra de la artista para su localización y préstamos fuera del país.
La obra de María Izquierdo no se quedó en publicaciones conmemorativas, sino también en las portadas de los libros de texto gratuito de la Secretaría de Educación Pública (SEP). En la última década del siglo XX, los niños que cursaban primer año de educación primaria llevaron consigo las obras de Mis sobrinas y La alacena, viernes de juguetería.
Tristemente los libros de la SEP dejaron de ser los portadores de las grandes obras de los artistas mexicanos del siglo XX. En ese tiempo, los niños llevaban en sus mochilas las piñatas de Diego Rivera, la vendedora de frutas de Olga Costa, las mujeres indígenas de José Chávez Morado, las aves de Juan Soriano acompañadas por la poesía de Octavio Paz, Amado Nervo, Rosario Castellanos, José Martí y Gabriela Mistral, entre muchos otros.
Otro de los homenajes que el siglo XXI hizo a María Izquierdo fue la exposición Teodora Blanco y María Izquierdo, en el Ex Palacio de Iturbide con apoyo del Fomento Cultural Banamex, de octubre de 2023 a febrero de 2024. Nuevamente, los colores de María iluminaron el recinto con 31 pinturas en las que se encontraban El mantel rojo (1940), Adán y Eva (1945), Alacena (1942), Payaso (1945) y Suertes de circo (1940), entre otras, montadas en muros de tonos ocres y rojizos que maravillaban a la pintora.
La obra de María Izquierdo abarca las técnicas óleo, acuarela, gouache, lápiz, xilografía y aguafuertes; pintó paisajes con árboles, cerros, milpas, coscomates que resguardan el maíz, autorretratos, bodegones, naturalezas muertas (más vivas que nunca), escenas de circo con trapecistas, domadores con aros de fuego, bailarinas, leones y caballitos.
Sus alacenas son un verdadero antojo a los sentidos cuando nos paramos frente a ellas, y se nos hace agua la boca al ver sus naranjas, peras, frutas en melcocha, cocadas, dulces de leche, camotitos, alegrías adornadas en papel de china de color rosa mexicano.
María Izquierdo pintó Altares de Dolores con sus cortinas que protegen las lágrimas de la Virgen rodeada por naranjas, limas, banderitas de papel de china color morado y la planta de la chía que florece en macetas y en el cuerpo de borreguitos de barro.
A poco tiempo de celebrar el Día de Muertos en México, los altares que pintó María Izquierdo son imágenes obligadas en todos los rincones del país, porque para los mexicanos la muerte también está hecha con el color naranja de la flor de cempasúchil, moreno del pan de muerto, brillante de la melcocha de la calabaza en tacha. De colores es el papel de china sobre las chisporroteantes veladoras que indican el camino a los muertos. De colores, el agua en las jarras de jamaica, limón con chía y tamarindo.
De colores, los jarritos de pulque y café. De colores, todos los pinceles de María Izquierdo que honran su vida y obra como canción de estudiantina: “De colores / de colores es el arcoíris que vemos lucir. / Y por eso de muchos colores los grandes amores me gustan a mí”.