Un castigo para Taddei
Vale la pena analizar el tránsito de Taddei hacia su propia ruina. Deja lecciones para los ciudadanos y para los servidores públicos. Partamos de su egoísmo…
Uno
El martes 27 de octubre le escribí a Guadalupe Taddei Zavala. Le dije que queríamos entrevistarla en Los Periodistas. La exconsejera presidenta del Instituto Nacional Electoral (INE) me respondió: “Buen día. Muchas gracias Alejandro. Con mi reconocimiento a su trabajo siempre. Reciba un abrazo. Me reporto con usted en otro momento”.
Hizo pausa y luego de unos minutos, agregó:
–Es momento en lo personal de reflexión.
Por supuesto que le respondí:
–Como usted decida, pero el momento parece más público que personal, y más de dar la cara que de reflexión. Si usted quiere, abierto el espacio en Los Periodistas. La primera entrevista que dio como presidenta fue allí. Le invito a que sea su primera entrevista fuera del INE para responder acusaciones. Quedo atento.
Su respuesta estaba tan mal escrita y tan fuera de lugar que daba a múltiples interpretaciones. Si Taddei define su situación como un “momento personal para la reflexión” entonces me dijo, o intenta decirnos a todos, que no entiende un carajo el daño que ha provocado.
Ese “momento personal para la reflexión”, una especie de “retiro espiritual”, no existe para un exservidor público que está acusado de corrupción, de traicionar sus principios y de violentar las reglas de vivir en sociedad. Slavoj Žižek reflexiona, mientras viva y mientras vivamos. Jürgen Habermas reflexionaba, hasta principios de este 2026 en que murió. Los demás hacemos disecciones ocasionales de ciertos temas, en el trayecto de la casa al trabajo y en el instante entre que cierras lo ojos y caes en el sueño profundo. ¿De qué habla Taddei cuando dice que está en un “momento en lo personal de reflexión”?
La respuesta de la exconsejera, obvio, es arrogancia. Una arrogancia que viene de malentender lo que alguna vez pudo ser. Su forma de hablar, su manera de conducirse en público habían cambiado apenas llegó al poder y parece que arrastra todavía algo de eso. Y no estábamos tan equivocados los que lo notamos porque, si analizamos los tiempos –y si todo lo que ha salido a la luz es cierto–, Taddei no tardó mucho en corromperse. Rápido hizo del INE su pequeño reino egoísta y corrupto.
Si hay que definir puestos públicos en los que no tienes derecho a defraudar, uno de esos es el que Taddei ocupaba en el INE. Demasiado poder sin ser votada. Demasiado poder personal para ser malinterpretado.
A ella se le entregó confianza en un momento clave, de transición política y social; en una época histórica donde las mujeres han conquistado el poder que merecían tiempo atrás. Se suponía que Taddei llevaría principios éticos y morales a ese instituto después de un largo periodo de simulación. Lo que hizo es, sin más, traición. Sobre eso debería reflexionar, si es que tiene el tiempo para hacerlo.
Dos
Vale la pena analizar el tránsito de Guadalupe Taddei hacia su propia ruina. Deja lecciones para los ciudadanos y para los servidores públicos de hoy, y los que vengan. Partamos de su egoísmo. Porque se necesita ser profundamente egoísta, como suelen ser los corruptos, para defraudar a millones a cambio de ganancias podridas; se requiere ser muy egoísta para defraudar (con un encargo clave para la democracia mexicana, en este caso) sólo porque quieres riqueza.
Si estás dispuesto a pisotear las reglas de una sociedad e incluso la leyes para satisfacer tu impulso insano de ganancias, entonces te convertiste de un defraudador vulgar. Si se comprueba apenas una parte de lo que Taddei parece haber hecho, es una defraudadora vulgar que intentó hacerse pasar por otra cosa.
Es interesante razonar cómo Taddei se convenció a sí misma de que podría corromperse; el cómo-se-lo-justificó es importante. Porque tuvo que convencerse a sí misma de que “merecía” los privilegios que le ofrecía el imbécil con el que se enredó, José Alfredo Hernández Casillas, y los que ella misma y por su cuenta obtenía para ella y para sus cercanos. Eso pasa, por supuesto, por una pérdida de empatía hasta por el cargo. Ya no importan tanto las tareas del INE, conducir elecciones, los votantes; ya no importa la misión democrática o el espíritu del servicio público.
Hay un punto en el que importa beneficiarse, sacar dinero, usar el puesto para encumbrarse socialmente. Obvio Taddei sopesó ser descubierta, pero la ansiedad por ganancias personales le permitió superar ese temor. Obvio Taddei entendió que violentaba la confianza de millones de mexicanos, pero le ganó el pacto deshonesto que tuvo que hacer con su entorno y con ella misma. Sobre eso debería reflexionar y sobre eso debería hablar ahora.
Thomas Hobbes, uno de los padres de la filosofía política moderna, decía que los individuos somos egoístas por naturaleza y que incluso en actos aparentemente altruistas estamos calculando nuestras ganancias. También decía –hace unos 350 años– que no había maldad en ello; simplemente somos así. Y como la moralidad y el deseo de justicia no son naturales en los individuos sino adopciones artificiales, lo que imperaría en nuestra sociedad sería el egoísmo si no nos poníamos freno.
Por eso redactamos leyes y construimos sistemas, para moderarnos unos a los otros y disfrutar una especie de armonía social antes de que el mundo fuera de los depredadores y poderosos del tipo Ricardo Salinas Pliego o Donald Trump, gente sin compromiso social y que ve el servicio público como una oportunidad de servirse en lo personal o de servir a las élites que representan.
Claro que millones quisieran ser como Salinas Pliego: no pagar impuestos, escupir el rostro del que se le venga en gana, tratar a patadas a los de abajo o simplemente usarlos para aumentar la riqueza personal. De eso habla Hobbes. Los individuos como él suelen referirse al “bien común” de distintas maneras, aunque mienten: creen en la pirámide del éxito, es decir, en que, por diseño del sistema, se permitirá a un puñado estar arriba y para que estén arriba, como en una pirámide, se necesita que la base sea ancha.
Hobbes decía que no hay “maldad moral intrínseca” en estos individuos: son como son; por eso hay que obligarles a cumplir contratos sociales que, pues sí, restringen lo que quisieran hacer pero al mismo tiempo permiten a los otros vivir.
Espero que durante sus “reflexiones personales” o su “retiro espiritual”, Taddei piense algo en Hobbes y, sobre todo, que razone sobre el daño que le ha hecho a una sociedad que la consideró alguien de fiar; que le entregó poder temporal para que sirviera al bien común. Ella –y hay mucha vulgaridad en eso– utilizó esa confianza en su beneficio personal, como ya sabemos.
“Es momento en lo personal de reflexión”, me respondió en su mensaje. En ocaciones, un egoísta y defraudador de la confianza suele cometer errores y enfrentar las consecuencias legales de sus actos; en ocasiones enfrenta rechazo social y hasta aislamiento. Que se guarde sus reflexiones para ese momento “espiritual”.
Creo que el momento de Guadalupe Taddei es uno muy distinto al que imagina. Que le explique a los mexicanos con sinceridad qué hizo del cargo que se le encomendó, primero. Que regrese el producto de las ganancias ilegales de las que se le acusa. Y luego, si le quedan ganas y tiempo, que se entregue a la reflexión.
Tres
Guadalupe Taddei gozó de un poder que no construyó sola. Morena le ayudó porque las fuerzas políticas opositoras representadas en el INE buscaron boicotearla. No la dejaban ni hacer nombramientos y fue un error, porque entonces hubo que empoderarla. Pero Taddei malentendió ese poder y lo usó en su beneficio. Lo obtuvo de manera legítima para circunstancias muy concretas, y luego ella lo torció en su beneficio.
Taddei salió ganadora de la tómbola de la Cámara de Diputados en marzo de 2023, es decir, llegó en parte por buena suerte. Los que la acusan de ser 4T son maniqueos y deshonestos porque lleva más tiempo en las estructuras de José Woldenberg y Lorenzo Córdova que, si fuera tal, del lado de la izquierda.
Taddei acumuló más de 30 años de trayectoria en el servicio público electoral antes de asumir la presidencia del INE, en abril de 2023. Dicen que se hizo de la vista gorda cuando en el verano de 2023 se definió la candidatura presidencial de Morena. Todos sabemos que Xóchitl Gálvez se movía como precandidata presidencial desde la primavera de ese año, incluso desde antes y si alguien lo duda, le pongo como ejemplo la entrevista que le hicimos Los Periodistas ese mismo 2023.
Dicen que ella fue la que garantizó “la sobrerrepresentación de Morena, PVEM y PT” y “el uso de acordeones en la Elección Judicial de 2025”, y abiertamente mienten porque si hubo una irregularidad sigue en debate y en todo caso no fue ella la que decidió sobre ambas materias, sino el Tribunal Electoral.
Y la acusan de tener relación con Adán Augusto López Hernández cuando era Secretario de Gobernación; no defenderé a una y al otro porque es público que no tengo respeto por lo que han hecho en sus carreras; apenas diré que hay una relación que es forzada por dinámicas institucionales.
Pienso que no debería usarse el caso Taddei para rasparse entre partidos. Y si los políticos así lo desean, que lo hagan, pero los ciudadanos debemos ver este caso como uno muy penoso de corrupción moral e institucional. Y debemos sacar conclusiones y lecciones.
De entrada, siempre cuestioné el poder de Lorenzo Córdova porque no conozco casos de directores o jefes o presidentes de instituciones electorales en el mundo que fueran tan poderosos. Eso por un lado. Por el otro, pienso que los mexicanos debemos estar más atentos de cada nombramiento de consejeros: quiénes son, de dónde vienen. El impulso democratizador que llevó a elegir jueces, ministros y magistrados debió alcanzar al INE para que las consejerías fueran electas por voluntad popular sobre ciertas ternas, con todos los candados habidos y por haber, y nunca permitir un Lorenzo Córdova o una Guadalupe Taddei, poderosos y perversos ambos, y reconocer el trabajo de un cuerpo colegiado donde los nombre sobran.
Sobre la persona de Guadalupe Taddei ya dije mucho. Apenas agregaré que la desconfianza institucional que ha causado y la desmoralización colectiva que provocaron sus debilidades sólo pueden ser superadas con un castigo ejemplar. ¿Y qué es un “castigo ejemplar”? Hay muchas teorías e interpretaciones al respecto, pero yo diría que su caso debe sancionarse como escarmiento para disuadir a otros.
Robar es una cosa; robar y traicionar la confianza de la gente es otra cosa. Cualquier decisión sobre ella debe tener dimensión pública: debe notarse, debe ser socialmente perceptible. Si no se hace, se provocará todavía más decepción. De corruptos sin castigo está lleno México. No necesitamos un ejemplo más de impunidad.
(SinEmbargo)