Días de furia. Brasil, México y Colombia resisten a la ira de Mr. Trump
Historia de Marco Teruggi
DOMINGA.– “Ay chico, qué mundo es este que nos toca vivir, no me lo imaginaba”, dice una amiga desde Caracas al ver las noticias de otra represión policial frente al Congreso en Buenos Aires. En su ciudad, mientras tanto, funcionarios estadounidenses de alto nivel desembarcan semana tras semana en el Palacio de Miraflores con alfombra roja, en una teatralidad impensada hace poco tiempo. Tanto como que cayeran bombas de madrugada sobre una capital sudamericana y el presidente fuera secuestrado, como ocurrió el 3 de enero pasado.
Recibo su mensaje desde la Ciudad de México donde el invierno (relativo) queda atrás y el aire es tan seco como contaminado. Claudia Sheinabum acaba de terminar su conferencia Mañanera desde el Palacio Nacional, donde anunció otro récord de inversiones extranjeras privadas en el país, y mostró estadísticas que dicen que la gente vive mejor, lo que se debe a los aumentos de salarios y la estabilidad de la moneda.
Hablo con mi amiga que narra sobre los heridos en la represión policial en Argentina (otra más), dice que cómo puede ser que Javier Milei siga como presidente, que hasta cuándo, que no lo entiende. Me pregunta si vi que en Chile acaba de asumir ese tal José Antonio Kast, el pinochetista, y otra vez me dice que cómo puede ser. La escucho mientras camino por la Ciudad de México con su caos habitual de vendedores de tacos, organillos, millones de carros que intentan avanzar y no pueden, y otras millones de personas que entran y salen de las bocas del Metro.
Le cuento de México, de su gente, que acá redescubrí lo que es tener buenas noticias políticas, una sensación que millones de latinoamericanos ya no conocemos (algunos nunca la conocieron). No existe, le explico, esa sensación o certeza de que mañana será peor, algo que se volvió costumbre en tantos países nuestros; peor porque se rifó otra empresa del Estado, peor porque se redujo el poder adquisitivo de los salarios, se tomó otra enésima deuda impagable o porque el presidente volvió a firmar una orden de entrega nacional.
Deberías venir, le digo, esto parece por momentos una isla en el continente, al menos la Ciudad de México, que no es todo el país, pero es gran parte de él (pienso, mientras le hablo, en los contrastes con Jalisco o Sinaloa). En el transcurso de la mañana me llegan otros mensajes desde Argentina con el listado de heridos, me escribe un amigo de Ecuador para contarme el último narcoescándalo del presidente Daniel Noboa, y una amiga me pregunta si iré a Cuba, necesita varios productos con urgencia. Una pila de malas noticias a contracorriente con los anuncios en México.
Veinte años atrás en México y Colombia
Hubo un tiempo en que no fue así. La matemática política no era entender por qué avanzaba la derecha mutando hacia la ultraderecha, cómo funcionaba la ahora llamada “Doctrina Donroe” que dice que todo lo nuestro es de ellos, los estadounidenses, por derecho divino, o cómo el progresismo en chanclas reculaba y desilusionaba. Ese tiempo fue ayer (o parece) y se debatía entonces sobre cómo democratizar la democracia, la economía, la cultura, y poner en pie un edificio de integración continental, el primero en doscientos años de independencia.
El tango y sus “veinte años no es nada” no aplica en la política latinoamericana: un país puede volverse irreconocible en veinte o apenas años. Para bien o para mal. Pongámoslo en fechas: en 2006 el continente vivía su expansión progresista, con una agenda antineoliberal compartida por varios gobiernos. Pasaba en casi todos los países, salvo en algunos pocos, como México, donde comenzaba la mal llamada “guerra contra el narco” encabezada por Felipe Calderón, que convirtió al país en una gran fosa común. O como Colombia, gobernada por Álvaro Uribe, que sumaba capas de muertos sobre los ya tantos muertos: jóvenes pobres asesinados por el Ejército que los disfrazaba luego de guerrilleros para cobrar bonificaciones (en total fueron 6 mil 402 asesinados, conocidos como falsos positivos).
Veinte años después, 2026, la situación es inversa: la mayoría del continente está bajo dominio de alguna derecha siempre más retrógrada, y ocurre una nueva expansión neoliberal en sus ideas y medidas económicas. Un neoliberalismo cada vez más autoritario que busca vías de clausurar la democracia liberal que le resulta un estorbo para su acumulación de riqueza. La derecha logró interpretar a su favor el espíritu de frustración de la época, exacerbarlo y volverlo ira política: produce crisis, desigualdad, resentimiento y lo factura. No es patrimonio latinoamericano, aunque el continente tiene algunos de los mayores exponentes, como el propio Milei.
México en cambio, donde veinte años atrás se reclamaba el fraude presidencial, está ahora gobernado por el progresismo con la Cuarta Transformación, que lleva más de siete años, seis con Andrés Manuel López Obrador y otro más con Sheinbaum. Y Colombia, donde en ese tiempo el Ejército asesinaba a jóvenes campesinos para hacerlos pasar por guerrilleros, es gobernada desde hace casi cuatro años por Gustavo Petro, el último de los oradores presidenciales quijotescos.
Los destiempos de México y Colombia durante la década progresista de inicio de siglo juegan ahora a su favor. Y mientras en el sur del continente se narra cómo fue el mundo de ayer (como decía Stefan Zweig en su novela sobre la destrucción europea), acá y en Bogotá se ensaya un futuro que no sea el de la entrega y el reino del mercado. Aunque no todos en el sur cuentan derrotas: Brasil siempre vuelve y baila samba.
Islas de millones de latinoamericanos
La población de Brasil, México y Colombia juntas suman más de 400 millones de personas. Esto es 59.6% de toda la población de América Latina y el Caribe. Visto en ese cálculo conveniente, puede decirse que la mayoría en el continente vive bajo gobiernos progresistas. Una formulación para tranquilizar la percepción de la tendencia derechista que viene abriendo las puertas de cada palacio presidencial, como se vio en 2025 con las elecciones en Ecuador, Bolivia, Chile y Honduras.
Puesto en términos de Producto Interior Bruto, los tres países suman 68.2% del total de la región. Y en extensión, son 57% de todo el continente. No hay duda de que es mucho cuantitativamente. Pero de la cantidad a la política existen abismos, así como los puede haber entre la potencia y la realidad. La historia de América Latina y el Caribe es en gran parte la de “lo que podría ser” y nunca termina de serlo. Somos una gran promesa que pocas veces se materializa.
Lo cierto es que ahora se encuentran tres potencias progresistas, cada una de su lado, aunque existan voluntades de acercamientos bilaterales: México-Brasil, México-Colombia, Colombia-Brasil. Cada quien lidia con su realidad. México con su geografía que le da un lugar único, con un comercio bilateral de 872 mil millones de dólares en 2025 con Estados Unidos, que son 307 mil millones de dólares más que todo el comercio bilateral entre China y América Latina y el Caribe en 2025. La suerte económica de México está atada a su vecino del norte.
Brasil por su parte juega sobre toda la cancha: con los BRICS, con Estados Unidos, sin su socio natural en Sudamérica que es Argentina, y una región latinoamericana desintegrada. Con Luiz Inácio Lula da Silva a la cabeza, el gran encantador de serpientes que busca estar bien con los dioses y los diablos. En cuanto a Colombia, Gustavo Petro busca la llave para abrir las relaciones internacionales de su país más allá del alineamiento que siempre tuvo la diplomacia económica, política y militar con Estados Unidos. Modificar el cauce de un río profundo es complejo.
Son tres islas de millones de latinoamericanos a contracorriente en el momento político que domina América Latina y el universo heterogéneo llamado Occidente. Porque el progresismo en esta época no sólo es minoría en cantidad de gobiernos en la región, sino también al radiografiar el mapa europeo, donde la izquierda no conecta el lenguaje de unas mayorías fragmentadas y asustadas. No hay hacia dónde mirar que no sea hacia nosotros mismos.
El ajedrez político: el que no come es devorado
Lo bueno de este momento es que todo es muy explícito. El presidente de Estados Unidos lo dice, repite y escribe: quiere el control completo de América Latina y el Caribe, y tiene presidentes latinoamericanos dispuestos a aplaudirlo voluntariamente, como se vio en la Cumbre Escudo de las Américas realizada a principios de marzo en su club de golf en Miami.
Avanza con el estilo emperador de Donald Trump, asesorado por los crazy cubans de Florida, con el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Guerra, Peter Hegseth, a la cabeza de la cruzada. Una política con packaging militarizado que incluye entrenamientos en Panamá, reactivación de la base en Puerto Rico, ataques a lanchas en el mar Caribe y el Pacífico, secuestros de barcos petroleros o de presidentes –Nicolás Maduro–, desembarco de tropas en Ecuador, como vimos durante todo el 2025 y este inicio de año.
Y Washington mueve sus fichas: victorias electorales de aliados en Sudamérica, en Honduras (esa gran base militar estadounidense), bombardeo en Caracas, asedio sobre Cuba, salvataje de Milei, respaldo a Noboa. Como un pacman que avanza sobre un continente que se encuentra en su momento de mayor desintegración en lo que va del siglo veintiuno. Por eso Estados Unidos puede jugar como lo hace, rodeando a quienes quedan.
Los tiempos son también evidentes. El 2026 es año de elecciones en Colombia, con la primera vuelta presidencial en mayo, y Brasil con las urnas en el mes de octubre. Y si algo dejó claro Estados Unidos el año pasado es que las formas ya no importan: si puede intervenir, lo hace, aunque sea explícito y se denuncie injerencia. Esta no es época de denunciantes y dubitativos, sino de depredadores. El que no come es devorado.
¿Qué pasará en esas elecciones? Los candidatos de izquierda, Iván Cepeda en Colombia, y el propio Lula en Brasil, están bien posicionados según las diferentes encuestas. Pero nada está dicho hasta el minuto noventa o los penales. En cuanto a México la presidencia está asegurada hasta 2030; aunque, se sabe, el poder es más que el Ejecutivo, y Estados Unidos despliega la estrategia del desgaste permanente. Golpea, recolecta, vuelve a golpear, intenta capitalizar. Así, una y otra vez.
En 2026 México puede quedar como isla en el océano, o mantener los dos grandes aliados con los cuales jugar espalda contra espalda, recomponer un diálogo regional y mantener un horizonte que no sea una distopía de motosierra argentina o megacárcel salvadoreña. Por lo pronto le digo a mi amiga que venga unos días a la Ciudad de México, esta “ciudad post-apocalíptica” como la describió Carlos Monsiváis, donde algunas mañanas amanece con buenas noticias, el futuro no asoma cada vez peor, y los jacarandas ya florecen.
GSC/ASG
(Milenio)